La desilusión de la Lotería de Navidad

Manuel es un tío feliz. El bueno de Antonio le ha guardado en un sobre un décimo con el número del gordo de Navidad. Uno de los 1600 existentes con el mismo número. Pero nadie nos dice que la probabilidad de ser Manuel es de 1 entre 100.000, y que si jugásemos 100 veces en 85 de ellas nos habremos quedado con las manos vacías. Pero no sólo eso, sino que sólo una de cada diez veces obtendremos la “devolución”, con lo cual sólo el 5% de los décimos jugados tendrá ganancias de verdad.

Nos pasamos once meses al año quejándonos de que la desigualdad es muy alta y de que el que llega a rico no es por mérito, sino por enchufe. El restante mes del año jugamos a la lotería.

Visto así, resulta normal que Manuel sea un tío feliz. De hecho, si comprásemos todos los billetes para asegurar que así nos tocase, de cada veinte euros invertidos en comprar un décimo sólo recuperaríamos catorce. Un chollo, vamos. Y es que el argumento económico para comprar lotería no existe. Pero, ¿y si toca? Bueno, ¿y si no toca? Es diecinueve veces más probable que no toque o se obtenga devolución a tener ganancias netas. Dudo mucho que ese mismo razonamiento lo apliquemos a inversiones de otro tipo donde las probabilidades sean similares.

Pero tampoco es necesario hacer leña del árbol caído. Es obvio que la motivación económica no es un argumento que alguien mínimamente formado en estadística pueda tomarse en serio. Y, de hecho, no es lo que se nos vende en los anuncios de Navidad. El calvo de la lotería no nos ofrecía dinero a raudales de forma absurda, sino otra cuestión: la ilusión. Parejas que se conocen, familias unidas, buenas acciones… “Cada Navidad, tus sueños juegan a la lotería”. La lotería trata de representar ese ideal de buena fe. Pero si el argumento económico era un absurdo, este es incluso peor. Cuando se la analiza detenidamente la lotería no es ilusión, sino todo lo contrario: es profundamente injusta.

Vayamos por partes. Visto desde un punto de vista racional, la lotería no es más que una forma de redistribuir dinero, de la misma manera que lo hacemos con nuestros impuestos y gasto público. Pero hay una “pequeña” diferencia. Nos pasamos once meses al año quejándonos de que la desigualdad es muy alta, de que los ricos son cada vez más ricos y los pobres más pobres, de que el que llega a rico no es por mérito, sino por enchufe. El restante mes del año jugamos a la lotería. Y resulta curioso, porque precisamente atenta contra todo lo que nos quejábamos. Si el Estado trata de redistribuir de las manos de los más pudientes a las de aquellos con graves dificultades económicas y sociales, la lotería hace casi lo contrario: redistribuye dinero de todos hacia las manos de unos pocos en función de algo muy meritocrático: el azar (nótese la ironía). No importa si uno pertenece al top 1% de la población con más renta, si es panadero o apenas tiene comida en el plato. La lotería asignará a unos pocos agraciados parte del dinero del resto de participantes sin distinguir entre justo e injusto. La gran ilusión de la lotería de Navidad. Si nos hace ilusión dar dinero a alguien anónimo en función del azar, quizá deberíamos replantearnos los principios que tomamos como justos el resto del año. Y es que hoy serán repartidos 2240 millones de euros que podrían asignarse de una forma bastante más equitativa -aunque me temo que quizá esto minase la “ilusión” de algunos-. Y si bien es cierto que muchos de esos millones estarán gravados, el efecto neto total es igualmente injusto.

Por eso también el argumento de la ilusión es una farsa mayor incluso que el basado en el “¿y si toca?”. Si estamos dispuestos a redistribuir nuestro dinero tan fácilmente (recuerdo que el 85% de los décimos no estará premiado de ninguna forma), quizá sería mejor usarlos en ayudar de forma directa a alguien que de verdad lo necesite. De hecho, es difícil repartir dinero de una forma más injusta que como lo hace la lotería. “Cada Navidad tus sueños juegan a la lotería”. Por desgracia, muy pocos sueños la acaban ganando. Y por desgracia, muchos sueños más se quedan en la estacada por no haber visto parte de esa “ilusión” tan absurdamente gastada. Y es que si queremos llevar a cabo las buenas acciones que tanto se publicitaban en los anuncios del Calvo de la lotería, existen mejores opciones que comprar un décimo. Si queremos que Navidad e ilusión vayan de verdad de la mano, mejor hagámoslo bien.