La mascarada del periodismo

La infranqueable credibilidad del corporativismo, redundante en su sumisión y en su rigidez, sufrió un revelador revés el pasado viernes cuando un grupo de periodistas de TVE, insatisfechos con los derroteros de las nuevas directrices adoptadas por la dirección de la televisión pública, se amotinaron en las oficinas centrales en una inédita sentada con la que evidenciaban su desacuerdo con el despido de los principales directores de sección, al tiempo que demostraban, con su insubordinación, la apurada situación de los medios de financiación pública en España. Optaron por el respaldo y la lealtad en el momento más peligroso, habida cuenta de la consabida supeditación a los poderes fácticos que desde la cadena viene siendo santo y seña: el servilismo es garante de continuidad, no de profesionalidad, y en esta ambigua coyuntura hasta las más sutiles formas de manipulación, siempre despiadadas, ganan legitimidad para recibir el insulso galardón del aplauso seco de nuestros principales líderes democráticos. Hasta que se dice basta.

Porque la tolerancia del periodista público, el paradigma más grato de silenciador de revólver ideológico, roza sus límites por la turbación de enjuagar tinieblas en los márgenes de la deontología con tanta terca asiduidad. Ni siquiera la cuantía de una nómina parca merece la humillación diaria de una omisión pactada, cuando se vulneran de forma tan flagrante los principios elementales de la comunicación.

Plante

Periodistas de TVE durante su sentada. Fotografía de El País.

Trabajando en estos términos tan descorazonadores, a un periodista se le revuelven las entrañas como un nido de alacranes coléricos, y entonces la reflexión no se guía por la asunción de datos hilvanados con lógica sino por la vehemencia más afectada. Entonces, atrapado por una empatía fulminante, sólo se puede que compadecer esa situación de claustrofobia ideológica en una coyuntura hipotéticamente democrática. ¿Qué hacer, por lo tanto? Resignarse, claro: el anquilosante sistema de prestaciones gubernamentales blinda su inmunidad en lo periodístico y garantiza absoluta supeditación. Por lo tanto, estos periodistas, lastrados por la ominosa falta de criterios, volverán a casa, encenderán el televisor, verán una y otra vez la misma insípida proliferación de falacias que se han visto obligados a crear y después (¿por qué no?) se pondrán a ver The Newsroom con tácita envidia.

La integridad periodística constituye hoy una superchería fruto de la indolencia imperante

La serie, creada por el incontestable y fatuo Aaron Sorkin, regresó hace apenas dos semanas a la parrilla de la HBO para un úlitmo adagio en su tercera temporada, concluyendo un ciclo que arrancara (inhóspitamente) en 2012. El drama de Sorkin, con apenas tres episodios de esta última temporada ya emitidos, ha logrado recuperar la enjundia crispante de los profesionales de la comunicación que, en la ficticia cadena ACN pugnan por liderar la voz crítica en los siempre capciosos medios estadounidenses con un periodismo metódico y ejemplarizante. El problema está en su condición de privacidad: la integridad comunicativa no casa bien con un ecosistema donde la supervivencia estriba en lograr una cuota de pantalla suficiente como para subsistir con la dudosa contribución de los interesados inversores (bienvenidos al capitalismo), de modo que exhibir un periodismo crítico con determinadas facciones, lobbies cruentos y de impúdicos deseos no constituye una opción coherente.

La serie, protagonizada por un Jeff Daniels híbrido entre la megalomanía y la necedad, ha logrado en esta nueva etapa desprenderse de la ñoñería bisoña de la segunda temporada, más volcada en el romanticismo naïve que en la ferocidad de sus premisas. Porque, hay que admitirlo, el sostén principal de esta serie no es el carisma de sus personajes (si bien es un elemento imprescindible), sino el ostentoso ejercicio del periodismo con que Sorkin pontifica a los integrantes del gremio Ya es habitual que Sorkin garrapatee con genuina destreza en ámbitos de ligera clandestinidad (recordemos la sobresaliente The West Wing, con el infalible Martin Sheen al frente), pero en este caso la controversia se disparó más que de costumbre, porque el celebérrimo guionista se atrevió a cuestionar el cuarto poder norteamericano, a devaluar sus axiomas, y eso es entrar en el terreno de la apostasía y el desacato: ningún periodista, independientemente de la rama a la que pertenezca, renunciará a su endémica soberbia, perpetuando su condición de iluminado, y menos a manos de un redactor acostumbrado a la nimia rutina de la farándula.

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Jeff Daniels (el menos tonto de los dos) en su papel de Will McAvoy

La dramaturgia roza el ditirambo por lo inverosímil de las resoluciones: el inextricable y oportuno hilo de casualidades que entumece el argumento crea una atmósfera plúmbea, transida de lúgubres retales de realidad, superpuestos en un entramado que alcanza una cima para frívolos e incrédulos. El cinismo campa a sus anchas por las autopistas de la información en la serie de Sorkin, y ni el más nimio ejercicio de paciencia por parte de la audiencia logra (en fin) exhumar los cadáveres periodísticos que siembra el esquema de la tragicomedia. Porque, seamos sinceros: de actuar acorde los imperativos dictados por los profesionales del ACN, cualquier periodista se vería inmediatamente puesto a disposición judicial. O peor aún: recogiendo cortes de una rueda de prensa acerca del bienestar de las alcachofas estivales en Écija.

Considerado un intrusismo atronador, la inveterada crítica de Sorkin ha sido primordialmente golpeada por los profesionales de comunicación por su sabiduría a posteriori: en lugar de especular con hechos venideros, el guionista disecciona casos ya obsoletos y confecciona una ortodoxia de la cobertura, hiriendo la sensibilidad del periodista de inmediatez y facultando hasta el sedimento una perfección inalcanzable.

El cuarto poder se ve asolado por sus propias contrariedades internas: se deshace en elogios con sus principales detractores

Los dramas de Sorkin se han caracterizado siempre por una verborrea enfermiza, inequívoca y frenética: sus personajes jamás se podrán conceder el lujo de un leve balbuceo salvo que quieran verse despedidos ipso facto. De modo que, con esta sucesión irreductible de diálogos circulares, se alimenta la obvia componente ficciosa del relato de Sorkin, y se aletarga la realidad, alienada completamente en los términos huidizos de los personajes. Por ello no logro entender las críticas arrojadas hacia el show: en lugar de erigir un manual de ejemplaridad intachable, Sorkin disfruta expandiendo el cisma ingobernable que separa al periodista honrado del secuaz ladino, cuyo conflicto irresoluto ha puesto en entredicho las preceptivas universales del periodismo, cuestionado actualmente hasta sus más insignificantes consecuencias, permitendo que la suspicacia y el escepticismo reinen en el presente, donde la duda es reina de todas las verdades. Y perdonen esta burda licencia sentenciosa.

De modo que cuando uno piensa en los periodistas de TVE, fagocitando principios por mor de una retribución a cambio de su forzosa militancia, y también en los periodistas de Sorkin, cuya caricatura ha sido diseñada minuciosamente para que el esperpento resulte más atractivo, resulta cada vez más arduo dirimir cuál de los dos grupos está representando la mayor de todas las mascaradas, la más atroz de todas las ficciones. Y entonces apago la tele, me asomo por la ventana, y veo cómo el Pirulí arroja su pérfida sombra sobre los deteriorados ladrillos de mi fachada. Y asumo mi papel secundario dentro de ésta, nuestra querida ficción particular.

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