Carta aberta dun catalán en Bélxica

Albert Nadal deitouse as dúas da mañá, ebrio de información, debruzado na súa fiestra en Bruxelas para ollar dende a distancia ese “país petit”, a Catalunya debuxada por Lluis Llach, onde dende o alto dun campanario “sempre es pot veure el campanar veí”. Nese seu día “histórico”, escribe esta carta aberta aos lectores de Compostimes logo de chegar de votar en Bruxelas: 

Ayer fue el gran día. No importaba que la primera propuesta de consulta pactada por la Generalitat hubiese sido vetada por el Ejecutivo español y el Tribunal Constitucional. Ni que algunos quisieran desvirtuar la alternativa final. La tónica general en Catalunya era que se quería votar y, finalmente, se votó. La valentía y la fe de un pueblo se impusieron a las negativas y amenazas que, en pleno siglo XXI, pretendían privar a todos los catalanes de la oportunidad de plasmar su voluntad –sea cual sea– en una papeleta. Un acto totalmente democrático que debería ser aplaudido y no prohibido. Más de 2 millones de catalanes votaron. Algo que el presidente del Gobierno catalán, Artur Mas, calificó de “éxito total” y como un “paso de gigante”.

La verdad es esta: el 9N en Catalunya fue todo un éxito. Pese a las amenazas, las cartas de última hora y algunos pequeños boicots, los centros habilitados para votar abrieron y registraron numerosas colas. Los puntos habilitados en otras ciudades (Londres, Milán, Bruselas, París…) también se llenaron de filas de votantes emocionados. La normalidad, según manifestó la Generalitat, acompañó la emotiva y festiva jornada. Mas dio un paso al frente para que los más de 40.000 voluntarios pudiesen hacer su trabajo con garantías. “Si la Fiscalía quiere conocer al responsable de que los colegios hayan abierto, que me miren a mí porque el responsable soy yo”, expresó después de asegurar que no mandarían al ente jurídico la lista con los nombres de los voluntarios. Junqueras y el conseller de Presidència, Franscesc Homs, actuaron como presidentes de mesa. Otros dirigentes como Josep Antoni Duran i Lleida, Joan Herrera o Joana Ortega también formalizaron su voto. Fuera del mundo de la política, personalidades como Pep Guardiola o Lluís Llach tampoco faltaron a la cita.

Por la tarde llegó mi turno. La delegación de la Generalitat en Bruselas era donde podría votar. Llegué a ella después de dejar atrás los inmensos edificios de las instituciones europeas a ambos lados de la Rue de la Loi e impulsado por el ritmo frenético de conocer cuanto antes qué se cocía allí. Había cola, pero no importaba. En verdad solo fueron unos cuarenta y cinco minutos, poco, en comparación con las tres horas que se habían registrado en algunos momentos durante la mañana y las primeras horas de la tarde. Al poco de entrar en la delegación la atmosfera me atrapó, la iluminación y la calidez del local combinaban amablemente con los voluntarios dando indicaciones y dispuestos a resolver cualquier duda, con las conversaciones paralelas protagonizadas por los distintos dialectos del catalán y con las senyeras y esteladas que algunos lucían con orgullo.  Estaba a quilómetros de mi casa y, sin embargo, me sentí como en ella. Eso es el sentimiento patriótico para mí. Pertenecer a un lugar que sientes como tuyo. Y ahora que puedes decidir por el futuro de la que es tu casa, nadie debería poder arrebatarte esa posibilidad.

Por fin, a las 18.47 estaba ya delante de la urna de cartón donde depositaría mi papeleta. Era el votante 1.166 que participó ayer en Bruselas. En ese momento los nervios me invadían, así son, fruto de la emoción, algo incontrolable y que solo los sentimientos pueden dictar. Un pensamiento me recorrió todo el cuerpo en el momento de formalizar mi voto. Era un día que me hubiera gustado estar en mi casa, para poder votar con los míos y vivir con ellos esta fecha que ya forma parte de la historia. Con el simple pero a la vez inmensamente simbólico hecho de introducir mi papeleta en la urna, sentí en mi interior el significado del término democracia como nunca antes lo había sentido. Nada de simulacro, nada de estéril.

Imaxe destacada: ©La Vanguardia