Lo normal como norma

Lo intentaste con el hardcore, pero aquella dilatación desencajada en medio de un pogo en el Resu te hizo ver que sería buena idea ir parando. Te pasaste al grunge y te diste cuenta de que la vida, sin las propinas de la abuela, es menos vida. Probaste con lo gótico y gracias a ello descubriste tu alergia a los gatos. Obviamente, tuviste que desistir. Ese verano, te plantaste en el Marisquiño con tu mejor rollito Old School. Si hubieses mantenido el longboard debajo del brazo, seguirías teniendo el diente. Aún así, bastó volverte hipster para pasar a llamarlo diastema y volver a ser lo más cool. Diademas de flores, filtros de Instagram… Eras feliz, pero de repente, todo empezó a resultar mainstream… Si aún así, sigues buscando esa opción que distinga tu modo de vida del que tienen el común de los mortales, continúa leyendo. El caprichoso mundo de las tendencias tiene el honor de darte la bienvenida a la corriente normcore.

Sábado, ocho de la tarde. En la despensa sólo hay latas, pero tu estómago no contempla la opción. Ha llegado la hora de hacer una excursión al supermercado más próximo. Un tejano, unos playeros y la propia camiseta del pijama. ¡Felicidades! Ya eres un normcore en toda regla. Nunca derrochar tanto glamour había sentado tan bien. Aún así, no te creas que será tan fácil. Ahora que estás en la élite de las tribus urbanas, debes aceptar una responsabilidad acorde con una corriente de tan mayoritarias dimensiones. Ante todo, tenlo claro: el normcore NO es grunge. Debes adoptar una actitud despreocupada, pero no hay por qué huir de la esponja y el jabón. El normcore medio es alguien simple, pero aseado. Si siempre le ves con esa camiseta blanca es porque tiene muchas  iguales, no porque sea la misma. Acuérdate de Pepper Ann. El pelo al natural, la cara sin maquillaje, la barba al gusto. Los calcetines, de esos modernos que te regaló la tía Concha en Navidad. El polo liso, la sudadera con capucha, la camiseta de la comisión de fiestas de tu pueblo. ¿Vestido o falda? Básico y de algodón, a poder ser gris o azul marino. Rescata del verano de 2008 aquellas zapatillas Victoria, te harán falta.

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Amigos del talle alto, únanse. Imagen: groarl.com

Para el normcore, todo son ventajas. Para empezar, no hay un perfil socioeconómico o de edad determinado. Además, puede permitirse el lujo de invertir en básicos de calidad y primeras marcas, pues los reutilizará un año tras otro. Del mismo modo, puede elegir comprar la ropa en Alcampo y, con lo ahorrado, irse a cenar al Muerde la Casta. Cuando una corriente la encabezan personas como Mark Zuckerberg o Steve Jobs, por algo será. El icono patrio es Emilio Aragón, que cambió el rumbo de la historia al combinar un día americana y zapatillas. En aquel momento, pidieron su cabeza, ahora, el hype lo aclama. El normcore no es un impostor. Impostoras son las celebrities que llaman look de oficina o de festival a lo que no lo es. No puedes ser hipster sin haber visto esa peli checa de los 70 en VOS, pero para ser normcore basta con haber nacido. En un mundo de postureo y apariencias, en el que Vogue nos dice cómo vestir y Tumblr cómo desordenar nuestra habitación, pronto la normalidad se impone. Lo original, ahora es mainstream. Basta ya de ir disfrazados por la calle. Basta ya de pedir por internet a China esas gafas Lennon supercool. Ordinario, pero auténtico. Como cualquier hijo de vecino.