El final de la aventura escocesa

Hace más de 500 años tuvo lugar, un 18 de septiembre, una de las fechas más señaladas en la historia medieval de los reinos de Inglaterra y Escocia. La famosa batalla de Bannockburn supuso un freno a las ansias expansionistas de los leones por el norte de las islas y daba oxígeno a una Escocia que mantenía, por sorpresa y en el campo de batalla, su independencia hasta el Acta de Unión de 1707.

Otro 18 de septiembre la soberanía de Escocia volvió a estar en juego, pero esta vez de forma más civilizada, gracias a los acuerdos entre el parlamento escocés y el británico de llevar a cabo un referéndum de independencia. Además, este envite entre unionistas e independentistas ha sido capaz de revivir a los muertos, o por lo menos, a los políticamente muertos, y acercar a Reino Unido a un sistema más parecido a un modelo federal.

En primer lugar, a pesar de que los resultados han mostrado una derrota de la opción independentista, sería más realista decir que hubo una victoria de ambos bandos. Pírrica para unos, a medias para otros, e insuficiente para todos; pero una victoria a fin de cuentas.

Escocia ha ganado esa ansiada mayor autonomía. Esa “tercera vía” que en principio Westminster se negó a incluir en el debate y que debido a la casi imparable subida del “sí” en las últimas semanas se vieron forzados a ofrecer con una masiva transferencia de competencias, que entraría en vigor el año que viene, fue el gran botín de guerra de los escoceses. Con este final, Escocia, un país mayormente laborista y de corte socialdemócrata podrá proteger sus instituciones del alcance de los sucesivos gobiernos tories, ya que al norte del muro de Adriano apenas hay una decente representación conservadora en el parlamento de Holyrood. El motivo político fue uno de los tantos que dio lugar a la independencia junto a cuestiones económicas, o medioambientales. La propuesta secesionista ya había sido anunciada desde el principio por el Partido Nacional Escocés (SNP) cuando ganó las últimas elecciones por mayoría absoluta. Esa victoria de los nacionalistas por mayoría absoluta fue uno de los eventos tomados como referencia para determinar el empate técnico al cual llegaron las dos posturas a las elecciones, ya que en aquellas elecciones los sondeos no fueron capaces de predecir una victoria por mayoría absoluta que se antojaba casi imposible hasta la fecha y que resultó ser una sorpresa.

Referéndum Escocia

Notables diferencias entre los argumentos de independentistas y unionistas. Convencer vs. asustar. | Fuente: El Universal

Por el contrario no podemos decir que el resultado final del referéndum fuera una sorpresa. Desde el inicio de la campaña, la postura del “sí” llevó a cabo una mejor labor que la del “no”. Un mensaje más positivo, más cercanía a la ciudadanía y en general una mayor actividad a la hora de difundir sus ideas; les dieron posibilidades en un encuentro en el que partían con una derrota. Solo una encuesta de todas las publicadas, porque al final todos los partidos tienen sus propias estadísticas, dio la delantera al “sí” y por un margen muy estrecho. Ese fue el punto de inflexión que motivó a los tres partidos mayoritarios de Inglaterra, conservadores, laboristas y liberal-demócratas, a dar otra opción que aumentara esa ansiada autonomía escocesa pero que no supusiera una ruptura total con Londres.

Sin embargo, no fue solo ese cambio desesperado de estrategia en las concesiones políticas lo que dio la victoria al “no”, sino también un hombre que hasta el momento permanecía alejado de la escena política. Gordon Brown, ex primer ministro laborista que fue derrotado por David Cameron en las últimas sucesiones; volvió de entre los muertos para hacer una apasionada y convincente campaña por el “no”. De forma mucho más más emocional y convincente que la maquinaria desplegada por Londres, los discursos de Brown y su actividad sobre el terreno lo han devuelto a la primera política y quién sabe si le han dado suficiente presencia como para devolverle la posibilidad de dirigir el Partido Laborista, cuya dirección se encuentra ahora en manos de Ed Miliband.

Los discursos de Brown y su actividad sobre el terreno lo han devuelto a la primera política.

Ya que no podemos hablar de un derrota en toda regla para los escoceses, tampoco podemos decir haya sido una victoria total para Westminster. En el caso de David Cameron, primer ministro británico y líder del Partido Conservador, la victoria no ha sido probablemente lo que esperaba. Desde el comienzo del debate algunos sectores de su partido han estado en contra de la consulta y se han mostrado muy preocupados por la posible derrota. El avance de los independentistas en las encuestas hizo que llegaran a comparar a David Cameron con lord North, el primer ministro que perdió las colonias americanas en la Guerra de Independencia. Con el resultado final, Cameron obtuvo una victoria pírrica debido al desgaste sufrido por el debate, que se suma al ya importante desgaste por la gestión de la crisis en el Reino Unido. Lo que en principio debería de haber sido una victoria cómoda para los unionistas que dejara de lado la cuestión independentista durante un buen tiempo; se acabó convirtiendo en la posibilidad de ser el primer ministro que acaba con la Union Jack y se ve obligado a sacar el azul escocés y la cruz de San Andrés de su bandera. Eso sin olvidar de la pérdida del petróleo y el gas natural del mar del Norte, el desbarajuste del sistema de defensa Trident y la posible depreciación de la libra esterlina o incluso un caos bursátil en las semanas posteriores a esa derrota. Sin embargo, el miedo a lo desconocido, las amenazas con una crisis económica en Escocia, las nuevas ofertas de los tres grandes partidos y la tendencia en política a mantener el estatus quo; lograron que los indecisos laboristas escoceses apoyaran el mantener la unión.

Gordon Brown

Gordon Brown, el hombre que mantuvo el Reino Unido y volvió con fuerza al panorama político. | Fuente: The Guardian

De todo este encuentro, el inesperado vencedor ha sido Inglaterra, o mejor dicho, Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte. Esto se debe a que debido al aumento de la autonomía escocesa, Westminster puede aprobar una transferencia de competencias desde Londres a los parlamentos regionales de dichos territorios. De todas formas, esta cuestión todavía está en debate, ya que no todos son partidarios de igualar la situación escocesa a otras zonas del Reino Unido, lo que puede dar lugar a un fuerte enfrentamiento entre anteriores compañeros de armas: laboristas y conservadores.

En el caso de David Cameron, primer ministro británico y líder del Partido Conservador, la victoria no ha sido probablemente lo que esperaba.

Las consecuencias de este debate van más allá, por lo tanto, de lo que inicialmente se esperaba, ya que incluso podríamos empezar a estar más cerca de resolver la llamada West Lothian Question. Esto se refiere a cómo un representante electo puede decidir sobre cuestiones que afectaban a los ingleses que no le han votado, pero no puede decidir sobre asuntos que afectan a sus propios votantes, debido a la transferencia de competencias. Esta paradoja del sistema democrático británico, como muchas otras de las que encontramos en las islas, puede estar más cerca de acabar en un aproximamiento de Reino Unido a un sistema federal, algo innombrable antes del referéndum.

Los grandes acontecimientos políticos siempre sacuden el panorama nacional e internacional, además de tener, en muchas ocasiones, consecuencias imprevisibles y estar cargados de incongruencias. Casi seguro, David Cameron, no imaginó este agónico final y, es probable, que tampoco calculara la ruptura del estatus quo actual en las islas. En definitiva, la opción de cumplir con una demanda justa ante un colectivo con mayoría absoluta por parte de sus representantes políticos, actuando, de cara al público, como un hombre de Estado que garantiza las libertades democráticas y que escucha incluso a los que quieren romper con el país que gobierna; era una opción muy tentadora si así podía acabar con el problema de la secesión.

Referendum Escocia

Partidaria unionista. | Fuente: El País

Entre las incongruencias propias de estos grandes eventos está una que a alguno puede resultarle ciertamente llamativa. Durante todo el seguimiento de la campaña, uno de los ataques más presentes en los medios de comunicación y vertidos por fuentes europeas era el hecho de que estos referéndums, a pesar de ser una forma democrática de satisfacer las demandas de un amplio colectivo de la población, constituían un peligro para el sueño de la integración europea y la propia existencia de la Unión Europea. Estas acusaciones, generalizadas contra los sectores independentistas de las naciones sin Estado propio, eran curiosas en el caso escocés. Mientras que Escocia es un territorio no solo mayoritariamente de centro izquierda, sino también europeísta, el Reino Unido, con Inglaterra a la cabeza, recela en los últimos años del proyecto europeo. Esto se constata directamente con el anuncio de David Cameron de llevar a cabo en la próxima legislatura un referéndum sobre la permanencia de Reino Unido en la UE y el avance de los euroescépticos, tanto por parte del UKIP de Nigel Farage como dentro del propio Partido Conservador, en las instituciones británicas y europeas. Resulta curioso que se diga que la independencia de un territorio europeísta de uno cada vez más alejado de la UE es un peligro para la construcción de una Europa unida cuando quien amenaza este sueño es el propio integrante de la unión.

Los nacionalismos nos son por sí solos un peligro para la construcción de una Unión Europea más cohesionada, mientras que no sean excluyentes, sino una mera reafirmación por parte de un pueblo que quiere alcanzar una mayor autonomía y ser un actor con fuerza propio en la escena internacional. Los referéndums de independencia, como es el caso del escocés, son el escenario en el cual el pueblo decide su propia soberanía.  Se trata del sistema más justo de resolver una cuestión que hace años era resuelta por el poder de la fuerza y que conllevaba a la radicalización de ambas posturas y ambos nacionalismos, porque no podemos olvidar que, en esta clase de cuestiones, el nacionalismo lo practican las dos posturas.

Los nacionalismos nos son por sí solos un peligro para la construcción de una Unión Europea más cohesionada, mientras que no sean excluyentes.

Por otro lado, no fueron pocas las voces que también clamaron tanto por el caso escocés como por otros, el hecho de que este debate ha enfrentado a la población y creado un conflicto anteriormente inexistente. Aquellos que defienden este punto de vista no son conscientes de que la democracia no es más, en última instancia, que un sistema de resolver conflictos, empleando el voto y la palabra como las armas civilizadas y propias del s. XXI. El conflicto no se crea con la posibilidad de votar, el conflicto se resuelve con el voto. La única diferencia es que al menos con este sistema será un debate entre posturas enfrentadas la forma de resolverlo y no una batalla como lo fue la Bannockburn hace más de 500 años. Además de que el final de Alex Salmond vino con su dimisión como máximo mandatario escocés y de su partido, y no como la de William Wallace. Al final, no escuchar a un pueblo no hará que se calle. Darle la posibilidad de decidir, como fue el caso de Escocia, solo lo hará más libre y que se sienta escuchado. No solo a él, sino también a otros, como puede ser el caso de Inglaterra, Gales e Irlanda del Norte.

Imagen destacada: El País