Cuando ya nada se puede escribir

Ya no tiene remedio. Estoy hacinando palabras como el barrendero excrementos. Estoy superpoblando el tiempo de cadencias incendiarias, mientras la tinta llena de frases lánguidas el desierto hueco, como una axila pálida, del papel. Ya no recuerdo qué es una palabra: torpemente sitúo cuerpos y espero que se impregnen de su propia lógica o que me devuelvan el sentido pésimo de su existencia en forma de idea. Se suceden simbólica, impulsivamente, en busca de caricias y desprecios, de verbos y topónimos; no saben dónde están, apenas se adivinan, se apesadumbran y despiertan temblando como una polilla en un río que no comprenden, un río largo y gélido como un puñal.

A raíz de Queneau (o de Mallarmé, eso qué importa), estrujo sílabas arraigadas en lo esotérico, en lo intangible, en una extraña región nebulosa hecha de pactos y de proyectos. Responden a una teoría para nadie, a una estética para solitarios, y legitiman cualquier comunicado impostado. Así, puedo decir, por ejemplo: “Las guedejas sobre el albatros de alabastro se buscan con orgiástica vehemencia y, ceremonioso aprendiz, yo exprimo su deseo y contemplo sus polímeros, sin saber qué baliza hospedará sus amorfismos, o qué Shelley aunará estos residuos“. Y se produce un alud de divergencias en los receptores, un desesperado intento por apresar en un lógico comfort las pautas indivisibles del sonido.

Porque nada permanecerá cuando concluya su retirada el ejército del día. Ni tan siquiera el pesimismo.

Escribir sobre la vacuidad es hiriente. No hay nada más depresivo que superponer rítmicamente términos confiando en que las metáforas nazcan de los escombros como la azalea que osa nacer en el vertedero. La esencia es la palabra, dicen. La palabra es pírrica y resbala en la piel de la serpiente que baila abúlica hasta arrepentirse de su tacto. Asoma con sordina, exhibe su exuberancia y exhala su anhelo: “Dótame de significado”. Porque las palabras de mi tinta son despojos o cadáveres, mientras arrebato occisamente lo que en ellas hay de azul, o de grueso, o de sinergia. Mis palabras… como si la palabra fuera aliento o serrín. Como si no sonase a un vacío noctívago en el caso demostrativo de interrumpirme en discursos.

Stephane Mallarme Edouard Manet

Stéphane Mallarmé, retratado por Edouard Manet

Afilando la retórica de la nadería erijo la adulación de mi decadencia. Sostengo las palabras porque heredo convenciones y permito que me posea la arbitrariedad antitética de sus rumores; es el pacto de las relaciones, sujeto verbo predicado y a navegar de nuevo por las sábanas de Calipso en una odisea carnal, encontrando eso exactamente, feliz hallazgo que nombre nada, cuerpos enchidos de anonimato que en la devastación de su ignota identidad se persiguen y se desconocen, todos ellos ausencia invisible, lejos del mundanal esperpento de la especialidad y la espacialidad; abrumado por el ensueño del desconocimiento, un cuerpo amorfo y oscuro, se opta por tartamudear con el tambor del alma para evitar la terrible tentación del término tétrico.

Mi identidad, por lo tanto, es ninguna, y mi ethos es la reverberación de todos los remedos que me dan forma y figura, y me odio y te odio extrañamente porque no conozco otra manera de odiar.

Hay que tener miedo. Hay que llenar de pánico las manos y esparcir sus semillas alén de los confines de la almohada, confiando en la desesperación carmesí que nazca entre sus perfumes. Pero no basta con sumirse entre goteras y confiar que el alma de las palabras se recostará junto a tu cuerpo marchito y esquelético (detrás de tanta vigorosa sintaxis sólo queda el chasis letraherido que limita tus deseos). No; un texto ajeno a lo presente es carbón póstumo, un alimento para epicúreos disciplinados, una estéril doctrina para estetas. Al inscribirlo en el tiempo se dota su imagen de inevitable perdición; la época se apodera de sus idiosincrasias y su espíritu se derrite con el calor de las edades. Pero un texto como una campana de cobre, apenas figura donde late un único pensamiento, evidencia su futuro mortecino, y le asegura un ineluctable lugar como paradigma del uso de recursos literarios en determinados manuales para estudiantes distraídos, que ladean la cabeza angulosamente mientras el ejemplo se perpetúa como demostración de habilidad suficiente, como ingenio abstraído y obsoleto.

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Después de las vicisitudes amanece en su confinamiento. Se ha hecho una puerta falsa a ninguna parte; tan sólo apariencia, tan sólo impresión. Un espejo cóncavo que segrega terebrantes imágenes. Es en esta oquedad donde trazo mi obra; me retuerzo entre las palabras para empaparme de su destierro, pero el resplandor cándido de la intelectualidad sugiere castamente que me asfixie, que ceda en la animosidad y que me consuele con el político escaño de don nadie.

Es tácito el eclipse de la tarde en el intersticio del vapor de las botellas, con sus hilos translúcidos haciéndose genuinamente madeja confusa sobre el vértigo incansable de la pila de libros que acompasa con su exquisita pausa el caos de excepción del escritorio. Un incendio cabal que abarca imágenes ancladas en sus luces, aplacando súbitamente la alergia aletargada de su cérea determinación, construyendo alertas entre las cosquillas de sus títulos, a la sazón grietas o ruinas o gravilla, con el alarmante tedio de los desvanes maquinando su ventura ósea, cadente estructura del anhelo legítimo de una protesta literaria. Sobresale un navío veteado de alcantarillas, enunciando la experiencia ventruda del destierro, o abrazando en sus mandíbulas los finiquitos laicos del océano. Detrás de las cruces redentoras atrapa el reojo la osadía senil de un mercenario lírico, con una oropéndola de papel de liar batiendo resignadamente las alas, concretando el espacio de su tóxico presidio, medrando en las circunstancias grises de los meses; su cuerpo de arroyo podado se somete al deseo soez del presupuesto político de la sabiduría. Se visten de calamidad y proyectan una sombra erguida como un rábano, llevándose el desnudo por los tibios derroteros de la epifanía. Un desorden estruendoso eximía al esplendor de abdicaciones; se anulaba el efecto acreedor de los insomnios, reclamando cierzos de entre los postigos, aprovechando hasta los huesos las admoniciones. Germina un proverbio audaz de las bisagras animosas del silencio, taimando a los imberbes querubines del portafolio, acribillando periplos de metro con letanías, desdeñando la vanidad erudita del profeta; subsanará la codicia que convierte el pabellón en arena y el anillo en dispendio.

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Palabras que mañosamente fueron arrebatadas del mirador que muestra las cortezas del Aleph se hacinan sin misterio entre los sótanos del soliloquio. No están vivas ni muertas; no se sacuden la nieve de los pechos, ni hincan las rodillas en el atrio. Su aplomo rectilíneo nos instruye, y desde la efímera indulgencia de su canto hermanamos la obligación de conformarse con el vicio de isolarse: al fin y al cabo, todo cuanto se deforma merece su poesía, su melodía. Totalmente transidas de origen, se visten lenta, sugerentemente, con la promiscuidad sagaz de las edades; a menudo violadas, a menudo sacrificadas, en su abulia insistente crepitan las voluntades decrépitas de los poetas, que se inundan de términos y se ahogan en semióticas. Y la tinta exprime sus olas de tinieblas suficientes en la piel muerta de las musas, que consagran anodinamente proezas de héroes deshollados como telares, héroes infinitos de piezas caducas, que nimiamente redundan en el acento de las masas, consolándose en los azogues férreos mientras robustas, esquivas o lánguidas, las palabras se agolpan como brújulas en las papeleras. En su interior sólo gólgotas, solo solares; estéril sabana para infértiles propósitos. Aunque algunas veces llueve. Algunas insólitas veces polinizan con jadeos a Polichinela. Y brazos de trigo feroz sustituyen al monótono deseo de muerte. Las palabras de cebolla se detonan y se denotan. Y entonces ¿qué?, se alimenta Mallarmé.

Se sentó en cuclillas y pensó en la lástima hasta que la lengüeta de la brisa le encajó el miedo en los huesos.

Reitero y reitero la antología de tu ausencia, y los arabescos del cuadro reptan hasta mis falanges, emponzoñándome de una tristeza demagoga, y desde la vanguardia del sentimiento me precipito sobre los huesos del ocaso que se han apropiado del suelo de este betún alfombrado. Diario: nebulosa reticente, catarsis apoplética. Como el fruto de lo hierático escondo la actitud que me presenta en el pleno del ayuntamiento o de la bolera: el grotesco aire de hierofante precede mi destino de rebelde amaestrado y supone un exorcismo burdo para destilar lo viperino de mi oxímoron, lo laberíntico de mi saliva, apaciguando el oneroso dolor de la contrariedad. Jadeos que exánimes se lanzan a la hostilidad de la bahía. Se subvierten las coordenadas cuando el ánimo se erige dios potable, comandante escriba; rígido como un pedagogo se prolonga el renglón, y estipula barbudas orugas entre las verrugas de su lúcida curva. Nadie reconoce la presencia de tanta letra enferma: bastardilla. Cementerio de labios leporinos de donde sobresalen dientes de león, y suena el minué fúnebre del post-coitus interrupto para uno. Escribir es un onanismo prudente, ceñirse a un cinturón de arrecifes para eyacular zafios petirrojos conceptuales, que fecundarán la garganta del papel higiénico o el pecho preservado de adelfas.

Convertido el desamparo en residencia, en la tierra diurna transida de espíritus de casas huidizas, el ánimo se disfraza de sotana y en sus pliegues rectos desfallece mi salvación. Benditos sean los miserables ágrafos, enfermos de literatura.

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