Drogas: una guerra sin victoria

El primer escrito sobre drogas se calcula que data de tres milenios a.C. en una tablilla sumeria en la que el opio se representaba junto a términos que hacían alusión a satisfacción y plenitud; en el Antiguo Egipto se han encontrado referencias en múltiples jeroglíficos a esto mismo; los babilonios dibujaban en sus obras la planta de la adormidera —de la cual se extraen las diversas sustancias que componen el opio—; en América, ya desde tiempo de los aztecas, se ha venido usando para diversos fines el capullo del cactus mexicano llamado “peyotl”. Las drogas han convivido con el hombre desde que éste es hombre; las ha usado para paliar dolores físicos y mentales, para aumentar su energía o para conciliar el sueño; para desinhibirse o cambiar su estado de ánimo; para viajar a lugares remotos más allá de lo que su consciencia le permite, para huir a zonas que le aportasen mayor seguridad que la realidad presente, para matar demonios interiores o para el puro y llano gozo. En toda la historia, y en todos los escritos, no se nombra en ningún momento la palabra “adicto”; no existía la concepción de la droga como un elemento que albergase el mal en sí mismo. Solo, a raíz de un progreso —que en este campo es retroceso— y del transcurso del tiempo, se ha ido asentando la idea de que la maldad está en la sustancia, no en el usuario.

Estilo de tablilla sumeria, de escritura cuneiforme, donde se encontraron las primeras menciones al opio.

Estilo de tablilla sumeria, de escritura cuneiforme, donde se encontraron las primeras menciones al opio.| Ⓒexplayandose.zoomblog.com

Lejos de ser un episodio aislado la persecución a las drogas y sus consumidores, la historia y sus autoridades correspondientes han venido repitiendo el mismo despropósito de intentar interceder entre el hombre y sus deseos. Piensen que en ciertos periodos en Roma —y en las sociedades grecorromanas, en general— el consumo de alcohol de mujeres y jóvenes era condenado con pena de muerte y se intentó reiteradamente prohibir su consumo; por el contrario, el opio era consumido libremente y existían, calculan y escriben los expertos, que aproximadamente unas mil tiendas dedicadas a la venta de este bien. Básicamente, en este momento de la historia existía tanto miedo al alcohol como actualmente se le tiene a la cocaína o la heroína. Como símil, utilizando la actualidad como espejo de nuestro propio desconocimiento —quien no conoce la historia está condenado a repetirla—, analícense ciertos países orientales como Tailandia. En ellos ha existido la costumbre social, históricamente, de consumir cáñamo, hecho que probablemente se ligue con esa cultura y religiosidad basadas en la búsqueda de la paz interior, además de unas condiciones climáticas y geográficas muy óptimas para su plantación; en cambio, se daba un rechazo general hacia el alcohol, suponemos por ese componente irreverente y violento que conlleva su ingesta. Tras el inicio de la Guerra contra las Drogas que capitaneó ese país fundando sobre bases aislacionistas y liberales —acabando por convertirse en lo contrario— hubo una fuerte oposición a su prohibición. La realidad es que a día de hoy en Tailandia se condena con unas multas severísimas y hasta con pena de muerte el consumo, la plantación y su tráfico, mientras que en los Estados Unidos no; eso sí, hoy beben whisky. El juego ha sido siempre el mismo, lo único que se han ido modificando son las reglas que proponga el iluminado de turno: es el Imperio Romano 2000 años más tarde

Episodios como éstos, antiguos y actuales, demuestran esa costumbre tan humana de buscar chivos expiatorios para impartir dosis de moralina reseca a todos cuantos se pueda; existe una curiosa motivación para perseguirnos entre nosotros. Los siglos del XIV al XVII se dedicaron a las brujas; los siguientes a la libertad sexual —el siglo XX y la persecución de los homosexuales, por ejemplo—, a la religión, a la raza, o a la política y el librepensamiento que nos poseyó en el XIX. Pareciera que nos invade una profunda satisfacción a la hora de aislar a un grupo que no es de nuestro agrado y gozar así del señalamiento: una mezcla de ganas de mandar y, pareciese, que un terrible odio hacia los otros, hacia aquellos que se niegan a llevar nuestro modo de vida.

¿Cómo puede ser que, entonces, observando un mínimo nuestra reciente y no tan reciente historia, a la que se accede con un mínimo de curiosidad, hayamos sido cómplices de los afanes prohibicionistas en esta cruzada contra las drogas denominadas “peligrosas”? ¿Cómo han podido las sociedades abiertas, que tanto han avanzado en libertades sexuales, económicas o sociales, dejarse embaucar por ese Estado Terapéutico y la era fármaco-tecnológica, como los llamaba Thomas Szasz, que se disfraza de ciencia pero que no es más que el mismo cuento de siempre: extender el miedo para ofertar una inexistente seguridad? ¿Cómo puede darse la curiosidad de que en los debates donde se menciona como un principio inquebrantable la propiedad de nuestro propio cuerpo —entiéndase, por decir, los defensores del aborto libre—, sea innombrable, y hasta considerado un disparate y mal argumento, el plantear que como propietarios soberanos tenemos el derecho legítimo de consumir lo que consideremos oportuno bajo nuestro control y responsabilidad? ¿Educación, desconocimiento, pereza reivindicativa, propaganda o alimento de, como decíamos, el miedo? Probablemente todas y muchas más.

Propaganda anti-drogas. No hay información, simplemente di "no".

“Amárrate a la vida”| Ⓒ lasdrogasyadicciones.blogspot.com

Parece obvio que la educación y la propaganda antidrogas han tenido un fuerte calado social; basta con escuchar y leer los discursos de personajes importantes de este movimiento, de políticos o activistas de no hace tanto, en los que las drogas eran caracterizadas como el mismo lucifer, y no metafóricamente en algunos casos. Desde jóvenes ciertos fármacos son satanizados y se priva de la información útil para su uso, para conocer sus contextos o de las características psicológicas que debe poseer el consumidor; se arrebata de una fuente de conocimiento riquísima para usarlas, para predecir sus posibles males y bienes; de su composición, de su toxicidad, de sus efectos y de sus derivados. Pareciera que los toxicómanos —así se les bautiza— y las autoridades de la brigada antidrogas hayan hecho un pacto para otorgarse unos papeles que ellos aceptan con sumo gusto: el primero, de víctima social que no es culpable de una situación a la que él mismo se ha conducido; el segundo, de salvador benevolente y bondadoso de las causas perdidas, protector de aquellos que han tenido la mala suerte, completamente arbitraria, de caer en el peor de los mundos. Pero aunque bien sea cierto que ambos disfruten de su nuevo cometido, ninguno de los mismos va más allá de la pura ficción.

El primero de víctima social, el segundo de salvador benevolente

Las sociedades han sido cómplices de esta majadería. Es innato en nosotros, y bello, por otro lado, situarnos en el lugar del que padece la desdicha. Es pura empatía caer en este encantador cometido, pero, si bien nos coloca en buen lugar, nuestra labor no tiene siempre que llevarnos a buen puerto: la intención no cuenta si no trae consigo buenos hechos. Cuando vemos a alguien llorar nos ponemos nerviosos, no sabemos como actuar y hacemos todo cuanto está en nuestra mano para lograr que deje de hacerlo; aunque en realidad cuando alguien llora lo que tiene que hacer es llorar y no sentirse obligado a dejar de hacerlo. Cuando un niño se tropieza contra una silla y se hace daño, caemos en la tentación de culpar a la silla — “silla mala” — evitándole así al niño el asumir que ha cometido una torpeza. Les quitamos la responsabilidad de su consecuencia, y en el “problema con las drogas”, hemos tomado partido por alimentar el victimismo del que busca, consciente o inconscientemente, ser una víctima. Se crea un monstruo mental al que llamamos “inductor”, que actúa en contra de la voluntad de las masas introduciendo la droga a los jóvenes de todo el globo; y aunque en realidad la mayoría de personas comienza a consumir drogas con amigos, nos da igual. La historia encaja en ese esquema mental que tan cómodo resulta: tenemos a unos buenos y pobres y a unos malos y miserables. Ya ha sido encontrada nuestra propia serpiente del jardín del Edén. Culpabilizamos de la situación del toxicómano a la droga cuando, más que nos pese, solo tiene por responsable la ausencia de autocontrol sobre su ser. En las sociedades occidentales actuales adoramos de una manera especialmente curiosa a ese tipo de persona que encuentra en el locus de control externo su modo de vida: aquel que solo tiene respuestas para sus éxitos y —sobretodo— para sus fracasos fuera de sí mismo, creyéndolos de los demás.

El número de personas que acaban dependiendo de una sustancia es ínfimo en comparación con las que no. Además, la dependencia emocional, psicológica o física puede generarse prácticamente hacia cualquier aspecto cotidiano. ¿Es una enfermedad la “adicción” a comprar, al solarium, al deporte, al juego, a la familia o a una pareja; o el problema nace en una ansiedad que el sujeto necesita reducir acudiendo a estos espacios? Parece más lógico lo segundo: culpar al solarium de la tanorexia nos parecería absurdo y prohibirlo aun más. Pero con las drogas no. ¿Prohibimos los deportes extremos para evitar que los que encuentran placentero ese “subidón” de la adrenalina segregada no se “vuelvan adictos”? Sería un disparate, pero no con las drogas. Al final no parece más que mera proyección; nos aterra la idea de algún día ser nosotros y que nadie sienta lástima de ello, teniendo que hacer frente a los problemas con coraje, que es infinitamente más sano, pero mucho más costoso.

No consumas drogas, salvo las nuestras.

No consumas drogas. Salvo las nuestras. |  Ⓒ www.cienciaxplora.com

 

Pero que la sociedad lo transmita de este modo y que la ciencia se haya empeñado en crear un mito donde no lo hay, no logran que de la falacia florezca una verdad: la droga no es la culpable del mal del toxicómano; lo que marca la diferencia entre un uso correcto o no de las drogas es la persona, su contexto y su cantidad. A raíz de la guerra contra ellas hemos perdido estos tres referentes. La desinformación nos deja en tierra de nadie a la hora de saber, según las características psicológicas y físicas, que sustancia puede hacer bien o mal. Una persona de alto neuroticismo, o introvertida, o con un mundo interior que sea realmente tenebroso, no es consciente que consumiendo cierto elemento puede sufrir tal brote de ansiedad que le provoque un episodio muy doloroso. Ciertas drogas deben tomarse preferiblemente en grupo para controlar posibles efectos nocivos que necesitan de la supervisión de un tercero, o porque sus efectos son más placenteros si se toman en comuna, en lo referente al contexto. Y la ilegalización, que como se sabe trae consigo inevitablemente un mercado negro para proporcionar las demandas que al mercado legal se le han restringido, nos venda los ojos ante el control de su dosis, la cual sufre de adulteraciones y mezclas clandestinas. Dijo Casanova que “en manos sabias, el veneno es medicina; en manos necias la medicina es veneno”; el convertirlas en tabú nos acerca irremediablemente al veneno.

La prohibición nos deja en tierra de nadie a la hora de saber que nos puede hacer bien o mal

El miedo que han generado las drogas ha sido inducido siempre a raíz de imágenes concretas y desalentadoras de personas masacradas por el consumo masivo. Utilizaba antes la palabra propaganda porque justamente es lo que es. Una de las que más interés ha levantado y, con rotundo éxito, se ha venido utilizando en cine, literatura o televisión, ha sido la del toxicómano que ha desarrollado dependencia física de opiáceos en pleno trance fruto de su síndrome de abstinencia. Cualquier profesional, joven o experimentado, describe este singular momento como uno de los más desgarradores que alguien puede observar. Temblores, sudores, una mucosidad acuosa brotando de nariz y ojos, un insomnio insoportable, bostezos tan violentos que parecen desencajar su mandíbula, vómitos explosivos que pueden ir acompañados de sangre, y un largo etcétera, que se sintetizan en ese calvario personal. Pero no todas las drogas tienen estas características: el cáñamo no produce dependencia física; la cocaína tampoco, aunque sí de una dependencia psicológica que puede terminar evolucionando en depresión; tampoco los barbitúricos ni alucinógenos como el LSD, sin ir más lejos. Pero la imagen del síndrome de abstinencia del heroinómano es más impactante, más brutal, convence más que una charla pedante. Siempre se basa en satanizar la sustancia y no ahondar en la verdadera cuestión que no es otra que: ¿qué lleva a ese individuo que ahora agoniza y sufre tal colapso físico y mental a consumir antes de esto repetidamente una sustancia en fuertes y crecientes dosis? Ahí es donde entraríamos a cuestionar la causa, no el efecto.

El marco psicológico del toxicómano que se ha venido describiendo en publicaciones y trabajos tiene muchos puntos de concordia; el elemento central es que suelen tratarse de personas que sufren una profunda ansiedad. La ansiedad es ese mecanismo evolutivo e innato a nosotros que nos impulsa a la acción vital, a trabajar o a estudiar, a movilizarnos o a correr si hay peligro. En estos individuos nunca cesa. Se tratan, generalmente, de personas fáciles de herir, con un bajo autoconcepto y que sufren de la falta de esa autoestima necesaria para perseguir sus objetivos en la vida como impulsa a los demás. En lugar de canalizar esa ansiedad y hacer de ella algo adaptativo para generar el cambio necesario y reducirla, el toxicómano no puede concernir un cambio que no le produzca placer inmediato. A partir de ahí todo fluye: la droga reduce su ansiedad e inicia una habituación; en el fármaco encuentra una vía rápida de la que huir del dolor, un escape que le evita el sufrimiento. Esta exposición es simple, pero la droga le proporciona al que no encuentra su lugar en la sociedad ni tiene placer por vivir en el mundo que le ha tocado una alternativa real para paliar su dolor. No es la sustancia el elemento central de la ecuación, por tanto, si no la personalidad del que ya no puede vivir sin ella; y aunque se planteé hasta la saciedad el dilema de siempre, de si usan las drogas a la persona o la persona usa las drogas, la tendencia es a contestar lo segundo, pero sistemáticamente el comportamiento es como si creyésemos en lo primero.

Escudo de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA), creada en 1973.

Escudo de la Agencia Antidrogas de los Estados Unidos (DEA), creada en 1973. |Ⓒ insigniass.blogspot.com

Nos hemos autoconvencido tanto de nuestras teorías y de estudios “científicos” que no hacen más que relaciones causales simples —cuyas conclusiones están escritas ya antes de realizarlos— que es complejo admitir nuestra equivocación. Las múltiples notas que se han tomado entre delincuencia y drogas serían, en cualquier mente racional, una prueba evidente de cómo la prohibición ha aumentado el incentivo de quebrantar unas leyes absurdas. En cambio, se hace exactamente el contrario: se nos dice que son las drogas las que elevan la delincuencia. Para ello se hace una trampa común; se describe a los criminales y se recalca como consumidor de drogas para aportar tal evidencia: consumir drogas aumenta las acciones delictivas. Pero en cambio, poco se plantea la hipótesis —mucho más plausible— de que las características del delincuente sean, simplemente, las mismas que le conducen a su consumo; es decir, que la pulsión de delinquir vaya adherida a la pulsión por consumir: cosa que, por cierto, la ilegalidad ha hecho por convertir en la misma cosa. Por ejemplo, en ciertas épocas vitales que todos pasamos tenemos ciertas actitudes motivadas por un escepticismo hacia la autoridad y rebeldía cutre —véase la adolescencia—, por ello, al tratarse de un acto adverso a las normas establecidas, hacen de su consumo un aumento de atractivo considerable. Se le da a las drogas ese aura que tiene todo lo prohibido, un telón que tienta a mirar detrás. Estas relaciones que buscan confirmar hipótesis complejas con una simpleza de bajísimo nivel recuerdan a aquellos días en los que con mucha inquina —incluso a nivel institucional— se dijo que ciertos grupos musicales incitaban al suicidio a jóvenes a través de sus canciones. El humorista Bill Hicks respondía con cierta sorna a esto: “Es lógico. ¿Qué artista no querría a esa audiencia que lo ha hecho multimillonario y un ídolo de masas muerta?”

Se le da a las drogas ese aura que tiene todo los prohibido, un telón que tienta a mirar detrás

Al defender la postura de la despenalización real y la instauración de un mercado libre de drogas hay dos clichés que salen al escenario con especial frecuencia. El primero, la acusación de que pretender que las drogas se comercialicen como cualquier otro bien igual que en épocas anteriores es peligrosa y de psicópatas. La respuesta es la siguiente reflexión: ¿es más temeraria la idea de que las sustancias que han convivido con el hombre y que se han consumido desde hace más de 4000 años sean comerciadas por empresarios, farmacéuticos, o quien fuere en cada caso, o la de cualquiera que prefiera su ilegalidad y que, sabiéndolo o no, está defendiendo que se haga a través de un mercado negro? Pienso que en términos de temeridad el mercado negro se lleva la palma. Claro que también existe la tercera vía, que es la de aquellos que viven en esos mundos mágicos—curiosamente, como si hubiesen consumido algún tipo de alucinógeno— donde no existe la tentación, la curiosidad, o la búsqueda del placer a través de las sustancias. Obviemos a los terceros.

El segundo, y también muy extendido, es que las drogas llevan irremediablemente a la locura; se repite en todo tipo de medios, de todo credo y condición, que el consumo termina en la inesquivable pérdida de cabeza y cordura. Se comete el mismo error. Es el consumo masivo el síntoma de la mal llamada locura: no es la droga lo que lleva a la “locura”, es la “locura” la que lleva a depender de la droga. El reiterado uso de esa minúscula parte de la población ya muestra en sí un fuerte desorden de la personalidad, un inadaptada psique o una inconsciente pulsión hacia la autodestrucción, y no al revés. Se la relaciona con la esquizofrenia —el trastorno de la “locura” por excelencia— considerando al consumo un factor de riesgo sobre ella; y con ello, que la liberación de un mercado de drogas en el cual la prohibición partiese y acabase donde los individuos se impusiesen a sí mismos terminaría por provocar la salida de un porcentaje enorme de esquizofrénicos hasta de debajo de las piedras. Discutible.

Anteriormente hacíamos alusión al perfil psicólogico que presenta el clásico toxicómano joven y algunos de sus rasgos. Curiosamente —o no— tiene una semejanza más que notoria con la descripción de los pre-esquizofrénicos que el psiquiatra Ronald David Laing muestra en su libro “The divided self”. Las casualidades creo no son, en este caso, arbitrarias; son causalidades. El perfil del esquizofrénico se asemeja tanto al consumidor masivo de drogas en que ambos están potencialmente expuestos a ello. En el caso del primero, la intolerancia al dolor e incertidumbre, la ansiedad, la inadaptabilidad a la realidad, acaban por romper el mundo del joven y se convierte en esquizofrénico; en el segundo, la droga le aleja de una situación que no soporta y acaba encontrando en la dosis su espacio de serenidad condicionando así su dependencia. Peter Laurie, en un libro llamado “Las drogas”, expone lo siguiente: “No es imposible que los opiáceos, al acabar con la ansiedad que todas estas maniobras crean, salven al toxicómano de la esquizofrenia y le ayuden a superar los años de disociación interior”, y concluye: “aunque se dice a menudo, y probablemente con razón, que el uso de la droga en ningún caso incrementa la adaptación social inmediata o la eficiencia del toxicómano, se omite el hecho de que éste podría sufrir un lento e inevitable colapso de la personalidad si la droga no congelara sus problemas hasta el momento que resultara capaz de asumirlos.” Es cierto que el hecho es boomerang, ya que en cuanto decae el efecto termina por aumentar la culpabilidad y la frustración; pero es una hipótesis valiente que lleva tras de sí una interesante pregunta: ¿y si fuera la droga la que, en estos casos, proporciona los intermitentes viajes salvando a la persona del viaje eterno al que le acabaría transportando su propia mente?

Nixon y su propaganda.

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Analizando todo esto tenemos la obligación de preguntarnos: ¿ha traído la prohibición, la desinformación y su continua demonización algo positivo socialmente? ¿Ha traído consigo alguna consecuencia más allá de la pérdida de libertades y el aumento de la criminalización? La respuesta es, en mi humilde opinión, que no.

¿Ha hecho algo por nosotros la Guerra contra las Drogas?

Al igual que sucedió con la Ley Seca de 1919 —que acabó por derrogarse en 1933—, la gente no dejó de consumir alcohol; aumentó la delincuencia, la clandestinidad y la falta de conocimiento por parte del consumidor de qué es en realidad lo que estaba comprando. Creció exponencialmente el número de envenenamientos a causa de la edulcoración de la sustancia. Se incrementó el crimen organizado, los asesinatos, las persecuciones, y un terrible gasto de energía y productividad de hombres dedicados a una causa que no tenía ningún fin en sí misma más allá de los ojos del Estado. No sirvió de nada la Food and Drugs Act de 1906 ni la Ley Harrison de 1914, ni las múltiples convenciones y tratados firmados desde entonces, como la Convención de Ginebra de 1925. Tampoco con el empeño de los Estados Unidos y su fuerza institucional a partir de 1971 y la Convención Internacional de Sustancias Psicotrópicas. Todas han sido medidas iatrogénicas —el sanador ha acabado incrementando la enfermedad—. Han caído en la teoría de que para evitar las enfermedades venéreas hay que perseguir el sexo libre y no se dan cuenta que para evitar los cambios químicos de nuestro cuerpo habría que prohibir básicamente vivir: cualquier situación o noticia los genera de un modo natural. Simplemente, han creído que los problemas se solucionan prohibiendo tener problemas. Los que han querido drogas se han seguido drogando pero, eso sí, sin el amparo de la ley; y en parte se les ha blindado con la impunidad total de, en su creencia, ser unas víctimas de un sistema sobre el que ellos no tienen control. Al homogeneizar el mercado bajo la etiqueta de “drogas peligrosas”, el salto del cáñamo a sustancias con una toxicidad notoriamente más potente se ha trivializado, pareciendo que todas al formar parte del mismo saco tienen los mismos efectos y usos. Se ha enriquecido a los narcotraficantes de una manera notable, siendo ellos los más beneficiados por la prohibición al poder venderlas a precios mucho mayores fruto del riesgo que conllevan las posibles penas, incentivando así el atractivo por la profesión. Se han metido a inocentes en la cárcel por no haber cometido un delito real a causa de una legislación que mezcla moral con derecho. Se ha generado una red corrupta entre traficantes, ejércitos y cuerpos de seguridad. Han privado de la normalización, del aprendizaje y de la familiarización de su uso, como sí se ha hecho con el alcohol, el tabaco, y demás sustancias hoy legales. Y sobretodo, se ha hecho creer que, por un lado, somos lo suficientemente estúpidos como para no saber elegir qué consumir y qué no; y por el otro, que somos los óptimos para escoger a los que nos digan qué consumir y qué no. Es una paradoja tan absurda que da cierta lástima.

¿Por qué ha fracasado? Porque es una guerra que se fundamenta en poner a flor de piel nuestro miedo a la libertad; una libertad que tememos porque lleva consigo una responsabilidad obligatoria, y con ella la posibilidad de tomar la decisión equivocada. La Guerra contra las Drogas es un eufemismo banal para culpar a la consecuencia de la enfermedad; para concluir que las personas incapaces de vivir sin drogas están en esta situación por las drogas y no por su personalidad; para encandilar a una sociedad infantilizada que la dependencia es una enfermedad y no lo que realmente es: un síntoma. Y en tal caso, los problemas con las drogas se solucionarán en consultas de psicólogos, psiquiatras o en hospitales, no en los tribunales.

La Guerra contra las Drogas no tiene ni victoria ni vencedores porque es una guerra contra nosotros mismos y con nadie más.