Drogas: seamos coherentes con lo que enseñamos

¿¡¿Qué es mala?!? ¿¡¿La droga es mala?!? Mira, aquí está la droga. ¿Te hace algo? ¿Te muerde? ¿Te pega? ¿Te araña? ¿¿Te salta y te coge de los huevecillos?? ¡Qué va a ser mala, hombre! 

José Luis Torrente

El debate de las drogas es uno de los más polémicos en la actualidad. Desde la legalización del consumo de marihuana en Uruguay o la legalización de su consumo en el Estado de Colorado, la prensa ha centrado cada vez más su punto de mira en esta intensa polémica. Pocas personas pueden estar exentas de opinión en esta discusión que copa más portadas e importancia con cada día que pasa y que suele estar marcada de prejuicios por ambos lados.

El primer gran problema que acarrea el debate sobre las drogas es el montante de prejuicios que muestran uno y otro lado, que impide, en primer lugar; ser conscientes de qué es aquello sobre lo que se debate: la droga.

Según la Organización Mundial de la Salud, el propio término de droga es sumamente variable, y su extendido uso coloquial ha afectado a la propia definición de la misma. Desde el punto de vista médico una droga es una sustancia con potencial de prevenir o curar una enfermedad o aumentar la salud física y mental de una persona. Esta definición no es intrínsecamente negativa, sin embargo, el uso recreativo de las drogas ha derivado en una conceptualización de las mismas como meras sustancias psicoactivas y con fines recreativos.

El cambio en la definición en el ámbito coloquial se debe a que las drogas han estado presentes, de numerosas formas, en la historia desde que existen registros escritos. Ya sea como parte de un ritual religioso o como un mero elemento más de las relaciones sociales; su uso ha estado extendido por todas prácticamente todas las civilizaciones que han poblado la Tierra.

Drogas

Esta imagen podría resumir la guerra contra las drogas. Pura intimidación. | Fuente: themes.pspspot.net

A pesar de uso tan extendido como elemento recreativo o litúrgico, muchos Estados a lo largo de los siglos han prohibido su consumo y producción de numerosas formas. Esto pudo producirse como una manera de separar élites dirigentes o grupos sociales, especialmente en aquellas sociedades más antiguas; o como forma de acabar con las consecuencias derivadas de la producción, distribución y consumo de drogas. Sin embargo, es preciso centrarnos en lo que a día de hoy la investigación en numerosas disciplinas científicas y los errores cometidos en el pasado nos han enseñado sobre las drogas para poder elegir postura en este debate. Más allá de postulamientos ideológicos o centrados únicamente en el individuo, debemos mirar al horizonte y comprender las consecuencias positivas y negativas de las drogas y cómo manejarlas.

En España actualmente las drogas se encuentran en un curioso limbo, de tal forma que está despenalizado  su consumo, pero se persigue la distribución y la producción. De esta manera, se busca no perseguir directamente al consumidor sino a aquellos que proveen del producto y ofrecerle al consumidor, de ser necesario, asistencia social. Se consideraría que el criminal no es el adicto, sino aquel que ofrece el producto. Sin embargo otros países de Unión Europea poseen modelos menos tolerantes y que han demostrado ser más efectivos.

A día de hoy, somos es el Estado de Europa número uno en consumo de cocaína y cannabis, algo que ya estamos acostumbrados a escuchar en las noticias y que, probablemente hemos tomado como un hecho natural. Sin embargo, modelos más laxos como el nuestro y otros más severos como el estadounidense han demostrado ser un fracaso en cuanto a la relación costes-beneficios que con cada día que pasa le da alas a aquellos que claman por la legalización de las drogas, no solo de aquellas consideradas blandas.

A pesar de uso tan extendido como elemento recreativo o litúrgico, muchos Estados a lo largo de los siglos han prohibido su consumo y producción de numerosas formas.

Sabiendo nuestra triste situación, en cuanto a las elevadas tasas de consumo en dos de las sustancias de mayor éxito en el mercado, qué exponen ambos lados. Aquellos que abogan por la legalización esgrimen que es preferible un mercado que esté sometido a la regulación estatal y controles de calidad del producto para una correcta distribución, tratando de obtener un beneficio público vía impuestos de los productos comercializados. De hecho, sugieren que de esta forma no solo acabaríamos con el mercado negro, o por lo menos lo condenaríamos a un lugar menor en la producción y distribución. Porque, cuando podemos obtener un producto legal, de garantía y a buen precio ¿para qué acudir al mercado negro? Esta iniciativa estaría sumada a la concienciación ciudadana para que de forma informada por las autoridades sanitarias competentes la población pudiera tomar una decisión responsable y libre sobre el consumo.

Estas perspectivas parecen alentadoras, y si se tienen en cuenta los devastadores efectos causados por la prohibición en países como los Estados Unidos desde la década de los 70, más de uno apostaría por esta perspectiva. Desde que Richard Nixon empezó con una de las políticas más represivas de los países occidentales en materia de drogas, la mejoría ha sido escasa en relación al alto coste económico y humano.

Trainspotting

Una de las películas de más éxito que haya abordado el mundo de las drogas. Porque algunos eligen no elegir.| Fuente: imdb.com

Entonces, ¿por qué no apostar por la legalización? Por ejemplo, en el caso del cannabis, desde su legalización en Holanda en locales autorizados, coffe shops, la concentración del THC (tetrahidrocannabinol), el principal psicoactivo del cannabis; se duplicó de un 9% a un 18% entre 1998 y 2005 según el World Drug Report de 2006 y aumentó considerablemente el consumo. El problema es que el consumo reiterado del cannabis, con el THC como principal componente, está asociado con un peor funcionamiento a medio y largo plazo de las funciones mentales básicas: atención, memoria, etc.; y un enlentecimiento generalizado del consumidor, que puede revertir si cesa el consumo. Además, el cannabis es un factor de riesgo en síntomas de uno de los trastornos psicóticos por excelencia, la esquizofrenia, actuando como un factor de riesgo de la misma. Es más, el consumo de cannabis está relacionado con una disminución en la edad de aparición de psicosis y un aumento de 2 a 3 veces del riesgo a desarrollar psicosis respecto a un no consumidor.

La relación entre los trastornos y problemas mentales con el consumo de cannabis, así como otras drogas, es evidente en algunos casos, aunque todavía quedan muchas lagunas. Estas lagunas, que se manifiestan ante la falta de causalidad directa de muchas investigaciones entre problemas mentales y consumo de drogas son empleadas por los defensores de la legalización. Para muchos, una correlación estadística o contingente entre estos dos elementos no es suficiente, por lo que prevalecería la libertad y, por ende, la legalización. Una pena que en el ámbito sanitario la máxima acabe siendo mejor prevenir que curar, por el alto coste de lo que se arriesga, la salud. ¿Acaso no es más responsable poner en una balanza un mero uso recreativo (porque, aunque no lo parezca, no hablamos de libertades fundamentales) con posibles y fundamentados efectos perniciosos para la salud? Si a esto le sumamos que se considera que una parte de los trastornos mentales está mal diagnosticada, que se estima que existe un infradiagnóstico en nuestra sociedad de estos problemas y que las personas que sufren un trastorno mental son, en general, un grupo más vulnerable de cara al consumo y a la adicción a sustancias, hay un mayor peligro. Todo ello sin olvidar que determinados rasgos de personalidad, sin llegar a ser constitutivos de un trastorno, pueden facilitar una mayor dependencia psicológica de las drogas. Es importante entender que aunque no haya una relación de causalidad entre dos fenómenos no quiere decir que no estén relacionados, y en este caso las evidencias deberían motivar a las autoridades públicas a actuar de forma cautelosa.

Si estos eran algunos de los problemas de una droga blanda como el cannabis, ¿qué sucede en otras como la heroína? En este caso encontramos una adicción tras, prácticamente, el primer consumo y que somete al consumidor a un estado de dependencia casi absoluto. Esta sustancia, aparte de trasladarnos a un estado de relajación absoluto, también genera una alta dependencia física y psicológica en el sujeto. En Reino Unido, entre 1960 y 1970, una política mucho más permisiva hacia esta droga derivó en un consumo que se multiplicó por 30 y fue corregido tras los devastadores efectos en la población. De hecho, en España, la década de los 80 constituyó un referente en el imaginario popular sobre la imagen del heroinómano debido a las altas tasas de consumo, en parte, por la inexistencia de una respuesta coordinada de las autoridades sanitarias hasta la creación del primer Plan Nacional Sobre Drogas.

En el ámbito de la salud la máxima acaba siendo mejor prevenir que curar.

El principal problema del consumo de drogas es el desconocimiento de los efectos que estas causan, pero no solo en el propio consumidor, sino en su entorno. Pensar que detrás de cada consumidor hay una familia le resultará, ciertamente, demagogo a más de uno, aunque no más que decir que el Estado coarta nuestras libertades al no permitirnos consumir drogas de manera recreativa. El problema es que es cierto. El consumo de drogas, especialmente en aquellas que conllevan una mayor disfuncionalidad en la conducta del consumidor, es una fuente de problemas y tensión dentro del núcleo familiar. No tanto por el hecho de ser consumidor o no, sino porque las alteraciones conductuales y cognitivas interfieren en la vida de la persona hasta alterar a los más cercanos. A medida que el consumo se hace más intenso, y la dependencia, psicológica o física, mayor; se ven afectados más círculos de nuestra comunidad. Este es el motivo de que las autoridades públicas tomen medidas. A fin de cuentas, si el problema del consumo de drogas se limitara al individuo, al Estado le importaría un comino su legalidad o ilegalidad. Lo que sucede es que la situación se complica cuando las drogas adquieren una dimensión de relevancia social que traspasa las paredes del hogar.

Por ejemplo, en aquellas zonas de mayor depresión socioeconómica el consumo recreativo puede ser utilizado para evadirse de una realidad desgarradora que rodea al consumidor y que ofrece una fácil vía de escape. Como todos sabemos, el mercado negro es el que mejor se ajusta a las leyes de la oferta y la demanda, porque llega a donde los demás no pueden, y provee de esta vía de escape. Los efectos perniciosos sobre el sistema cognitivo por parte estas sustancias, limitan la autonomía del individuo y el uso de sus plenas facultades. Esto, que parece residual, es fundamental a la hora de comprender que existirán más limitaciones sobre estas personas a la hora de usar el ascensor social y mejorar su situación con respecto a su entorno. De hecho, estaríamos aumentado el lastre que ya de por sí representa un entorno con más delincuencia y condición social más precaria.

Las alteraciones conductuales y cognitivas interfieren en la vida de la persona hasta alterar a los más cercanos.

Hace más de 75 años se aprobó en los EEUU la famosa Ley Seca. Una norma que acabó siendo un fracaso ya que se enfrentaba a la droga por antonomasia en la sociedad occidental. El alcohol. Un consumo tan establecido y socialmente aceptado, lo que no implica que no cause estragos en la sociedad, no podía contrarrestarse de una forma tan burda y garrula. Sino que necesitaba de una concepción más abierta del problema del consumo de alcohol y mucho más tiempo para contrarrestarse. De permitir la legalización de las drogas podríamos estar ante un punto de no retorno a largo plazo, puesto que se correría el riesgo de encontrarnos con la misma aceptación social que el alcohol en la sociedad americana de 1919 y ser demasiado tarde para ponerle freno.

Scarface

Scarface, empresario de éxito en el mundo de la cocaína. Se vio afectado dramáticamente por la competencia del mercado.| Fuente: imdb.com

Por último, siempre quedan unas preguntas. ¿Cómo se regularizaría? Porque parece ingenuo pensar que no existirá un mercado negro (como el que no existe hoy con otros productos legales). Además de la posibilidad de aparición del narcoturismo. ¿Este suministro estaría totalmente liberalizado o sería público? ¿Podría existir un límite en las cantidades que se compran? Porque en este caso siempre que el mercado legal no pudiera satisfacer las necesidades del cliente habría un mercado negro lo haría, existiendo dos alternativas para consumir con una población que puede sufrir dependencia psicológica y/o física, según lo que consuman. ¿Cómo afectaría este cambio a los países vecinos? No nos olvidemos, de que en caso de situar el cambio legal en España, nos encontramos en un espacio de libre circulación de bienes y personas desde el cual se podría acabar facilitando la entrada de drogas a otros miembros de la UE que no tendrían por qué aceptar este cambio normativo fácilmente, debido a cómo afectaría a su situación interna.

Estas preguntas pueden parecer propias de alguien que se pone a la defensiva, sin embargo, sería estúpido proponer un cambio legal con tanto calado y con posibles efectos perjudiciales para la salud pública sin tener una respuesta para ellas. El mercado de las drogas es amplio y la necesidad de dar respuesta a tantas sustancias que alteran las funciones mentales de la población no haría más que crear un marco regulatorio  lento, pensado y difícilmente adaptado a la velocidad con la que aparecen los cambios, en especial si tenemos en cuenta a aquellas drogas de laboratorio. Por lo tanto, es mejor adoptar una vía con coherencia interna que no se arriesgue a establecer el consumo de drogas como algo normalizado, donde también se habrían normalizado sus efectos perniciosos a nivel social.

De permitir la legalización de las drogas podríamos estar ante un punto de no retorno a largo plazo.

Al final, aquellos que claman por la legalización, argumentando, en muchos casos, teorías más conspiratorias que realistas; son los ingenuos que acusan al Estado de controlar las libertades públicas cuando quieren instaurar el consumo del mismo soma que cura todos los males, adormeciendo y calmando a las masas. Es demasiado lo que se puede perder y poco lo que se puede ganar. Mientras existan programas cada vez más avalados para el tratamiento de drogodependientes y modelos que actúen de forma amplia, no solo concienciando a los más jóvenes (que no asustando), sino que también siendo consecuentes con los peligros a los que se exponen y actuando legalmente contra ellos. Uno de los modelos expuestos internacionalmente como más eficaces según la ONU, el modelo sueco, de los más restrictivos, penaliza tanto la tenencia como el consumo y viene amparado por una de las tasas de consumo de sustancias más bajas de Europa. Si tenemos en cuenta que, además, España es una vía geográfica de entrada de drogas en el continente, es necesario actuar de forma coherente. Por un lado concienciar a la población y tratar a aquellos que sufren efectos más severos o consumen las sustancias más peligrosas, y perseguir a los mismos que las producen y distribuyen. Una cosa es debatir qué modelo, dentro de la vía prohibicionista, es más efectivo según los datos; otra cosa es acabar con cualquier modelo que busca no arriesgar la salud pública. El valor comparativo de ambos hechos, el uso recreativo y la salud, hace necesaria la protección de aquellos con más riesgo de consumir. 

Si no queremos dar un paso a un camino que desconocemos y no queremos repetir una segunda Ley Seca, optaremos por la solución más cautelosa, más educativa, y más coherente. Aquella que antepone las necesidades colectivas a una mera libertad recreativa y que, al contrario de los que claman libertad, quiere preservarla para evitar que esta se vea alterada por una sustancia. Porque un individuo no es verdaderamente libre y racional cuando su juicio se encuentra sometido o capturado por sí mismo. No es lo mismo limitar las conductas recreativas de la ciudadanía, por un bien social, que limitar desde la propia persona su decisión última y libre sobre qué hacer debido a su dependencia.