Vivir para trabajar

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Si hay una crítica habitual al capitalismo… No mira, así no se puede empezar porque entre los ricos más ricos y los pobres más pobres, la ley de la selva, el supuesto “crecimiento infinito con recursos finitos” y el reciente axioma pickettyano de r > g no daríamos abasto.

Rebobinemos. UNA de las críticas habituales del capitalismo es aquella que insinúa que se trata de un sistema en el que los individuos terminan viviendo para trabajar en lugar de trabajar para vivir. Es un juego de palabras vistoso y sonoro. Nos lleva a mensajes muy populacheros sobre salir de la rutina y vivir la vida a tope, al carpe diem de Horacio de toda la vida, vamos. Es enormemente sugerente porque todos nos sentimos, tarde o temprano, desaprovechando nuestro tiempo.

Y sin embargo esta apelación, que es indudablemente positiva a nivel individual para que cada individuo tome conciencia de que debe disfrutar al máximo de su existencia, pretende aplicarse al mismo tuétano de un sistema, sin existir justificación adecuada para ello.

Realmente, “vivir para trabajar” en ningún ha sido una aportación del capitalismo. Es más, ha sido en las sociedades precapitalistas en las que esa práctica ha estado más extendida.En ellas, el trabajo de sol a sol, en la agricultura y en las labores del hogar, fue la tónica dominante durante siglos. En el moderno mundo capitalista, aunque sigue habiendo gente que vive para trabajar, los procesos de ahorro, inversión y aumento de la producción han logrado librar de las jornadas extenuantes de trabajo a millones de personas.

Realmente, “vivir para trabajar” en ningún modo ha sido una aportación del capitalismo. Es más, ha sido en las sociedades precapitalistas en las que esa práctica ha estado más extendida.

No ha sido un escrito en un papel como algunos piensan sino, con mucha más lógica, ese aumento global de la producción y la riqueza generada lo que ha permitido excluir del trabajo en decenas de países a colectivos enteros como niños y ancianos, que no tantos años atrás, estaban igualmente obligados a dedicar su jornada entera al trabajo para subsistir.

Pese a todo ello, los sabios de siempre siguen atribuyendo a este sistema una merma del tiempo ocioso de los trabajadores y le reprochan dirigirse hacia un futuro apocalíptico de esclavos en galeras.

Para evitarlo, nos ofrecen diversas soluciones y fórmulas mágicas de liberación laboral. Todas ellas centradas, como no, en la faceta de trabajador del individuo. Porque para querer liberarnos de la obsesión por trabajo, este tipo de movimientos están ligeramente obcecados con él como elemento central de nuestras vidas, en lo que no es más que una  mera consecuencia de su base filosófica fundamental y de ignorar sus continuas refutaciones.

Les preocupa mucho la falta de seguridad en el trabajo. La posibilidad de despido y la necesidad de cambiar de empleo. La pesadilla que la precariedad significa para el individuo-trabajador. Por supuesto, ignoran (deliberadamente o no) que el individuo como consumidor también tiene unas preferencias sumamente precarias. No siempre le gusta la misma comida. No siempre le gusta la misma ropa. No siempre necesita los mismos productos. No siempre quiere disfrutar del mismo tipo de ocio. El sentido concreto de la demanda del individuo en su vida extralaboral es extremadamente precario.

¿Cómo casar esta precariedad de las demandas del individuo con el blindaje reforzado del puesto de trabajo? Pues muy malamente. Ese carácter (tan intrínsecamente humano) volátil y plenamente insatisfecho de la persona siempre le va a impulsar a demandas cambiantes. Y demandas cambiantes exigen sistemas productivos cambiantes, en constante movimiento. Es decir, olvidarse de los empleos “para toda la vida”.

A no ser que queramos para nosotros algo distinto que para los demás (lo que no sería especialmente socialista… o sí), tenemos que asumir que nuestra propia actividad como seres humanos inquietos y permanentemente en busca de algo nuevo sólo puede ser respondida con un entorno en perenne adaptación, con empresas que se generan para cubrir nuevas necesidades y con empresas que cierran por haber perdido su demanda anterior.

Y el único modo de conseguir eso que, como consumidores queremos (y destiérrese aquí la connotación de consumidor como individuo atiborrado de hamburguesas y videojuegos, llevar a los niños al parque también es consumir ocio y también necesita empleados para ponerlo a nuestra disposición) es renunciar a lo que, por otro lado, como trabajadores ansiamos: un puesto de trabajo inamovible de los 18 a los 65 años.

Desde esa conclusión, veremos que todo tipo de medidas encaminadas a sostener artificialmente esa inamovilidad nos “benefician” como trabajadores tan sólo en tanto en cuanto nos perjudican como consumidores. Lo comido por lo servido, o ni siquiera eso.

Endurecer o imposibilitar los despidos, por ejemplo, se suele ver como un elemento protector del individuo de a pie ante grandes crisis. Su eficiencia paliativa es la misma que tratar de contener un cuadro clínico de vómitos introduciendo un trapo en la boca del paciente. Una economía libre y saludable necesariamente contabilizará los despidos por miles, toda vez que los distintos planes de negocio deben nacer y morir cíclicamente con naturalidad, atendiendo a la evolución de las preferencias sociales. Pero esa economía próspera, si es libre, podrá y deberá también recolocar rápidamente a esa fuerza productiva en nuevos e innovadores proyectos para anticipar las demandas futuras de esa sociedad en constante cambio. De esos individuos que lo piden.

Medidas todas dirigidas al trabajador como si su actividad laboral fuese lo único y más importante de su existencia. Y como si las consecuencias negativas de ellas para el resto de su vida fuesen secundarias.

Reducir la jornada laboral es otra de las demandas clásicas. “Repartir el trabajo”, como si “el trabajo” fuese una unidad cósmica, dada e inamovible. Ignorando que una reducción forzosa de horas podría eliminar la rentabilidad de miles de negocios. Ignorando el coste de oportunidad que tiene ese coste extra que empleamos en la misma productividad (y dejamos de emplear en otras muchas cosas, volviendo al clásico de la ventana rota).

E ignorando, por encima de todo, que como consecuencia del aumento de los costes (que lo habría en cualquier caso y más si aumentamos el pago global de salarios), habrá consecuentemente un crecimiento de los precios de unos productos que ahora es más caro producir. Pocas oportunidades de ocio estarían al alcance de la mayoría de la gente. Iríamos hacia tener un trabajador que trabaja menos horas pero tiene que afrontar con un menor salario un mundo con incremento de precios en todos los productos. ¿Es ése el “enfoque social”?

El proteccionismo es otro de los grandes argumentos de los “defensores” de nuestros trabajadores. Un proteccionismo que, pese a que suene antiguo, no ha muerto sino que sigue vivo, reencarnado en ejemplos tan palpables como el tándem OsborneSenra. ¿Su resumen? Para que el trabajador (de determinados sectores) pueda seguir manteniendo incólume su puesto de trabajo, todos los trabajadores de todos los sectores (incluidos los anteriores) se tienen que ver privados por la fuerza de ofertas provenientes del exterior. De productos y servicios que pueden querer o necesitar. De oportunidades más baratas que les permitan optimizar su renta disponible y aprovechar mejor el fruto de su trabajo para disfrutar de su vida.

Una y otra vez se repite el mismo esquema. Para salvarnos de la barbarie esclavista que lleva un siglo llegando en los próximos 5 años, nos proponen constantemente una serie de medidas que blindan y protegen la vida de los trabajadores… en su faceta de trabajadores, pero que olvidan y descuidan las necesidades y las demandas de los trabajadores en el resto de sus facetas: como individuos, como padres y madres, como lectores, como comensales, como personas con hobbies, con gustos y con necesidades diversas y cambiantes.

Medidas todas dirigidas al trabajador como si su actividad laboral fuese lo único y más importante de su existencia. Y como si las consecuencias negativas de ellas para el resto de su vida fuesen secundarias. Medidas que nos conducirían a un mundo de trabajos estables y cómodos alternados con un tiempo de ocio caro, escaso y poco diverso.

A un mundo con trabajadores blindados en empleos y en planes de negocio inamovibles, que no se adaptan a las demandas de la gente y que, en contraprestación, al cruzar hacia fuera la puerta de sus lugares de trabajo, encuentran un sistema productivo anquilosado, poco dinámico, que ofrece una gama muy limitada de productos y servicios con los que satisfacer sus propias demandas. Y que los ofrece además más caros y más inaccesibles. ¿Ayudan por tanto este tipo de medidas al trabajador? Pues sólo en un caso. En el caso de que viva para trabajar.