¿Malos por naturaleza?

Y tú, ¿serías capaz de matar si alguien te lo ordenara a cambio de 20 euros? Bien, probablemente respondas con un rotundo “no” a esta pregunta. Dirías que tus valores morales están por encima de las órdenes de cualquiera y hasta podrías alegar que 20 euros son demasiado poco.

Eran los años 60 cuando a una persona se le ocurrió esta misma pregunta que planteaba al principio: ¿son suficientes las órdenes de alguien para actuar contra tu propia conciencia? Esa persona era Stanley Milgram, un psicólogo neoyorquiino que intrigado por las razones del holocausto, quería descubrir si los actos llevados a cabo durante esos años fueran realizados por la propia “maldad” de los ejecutantes, o si cualquiera lo hubiera hecho en sus circunstancias.

 ¿Son suficientes las órdenes de alguien para actuar contra tu propia conciencia?

Para intentar conocer el motivo de estas acciones decidió llevar a cabo un experimento que actualmente se conoce como “El experimento de Milgram”. El psicólogo estadounidense, mediante anuncios en la calle, consiguió captar a varios participantes a los que se les ofrecía una cantidad de aproximadamente 20 euros por colaborar en el experimento. Los sujetos, creyendo que iban a ayudar en una investigación acerca de métodos de aprendizaje, no sabían realmente a qué se estaban sometiendo.

Para llevar a cabo el experimento se necesitaban a tres personas, el “maestro” —sujeto de estudio—, el “alumno” —persona contratada que conocía de antemano el objetivo de la prueba— y el “experimentador” —controlador del experimento—.

Colocación de las tres personas en la sala. Fuente: nosabesnada.com

Colocación de las tres personas en la sala. Fuente: nosabesnada.com

Al llegar a la sala donde se realizaría el experimento se le explicaban las condiciones al participante: podría parar cuando quisiera sin ningún tipo de represalia y en ningún caso el “alumno” sufriría daños.

¿La función del maestro? Muy sencilla: realizar preguntas al alumno. En caso de que las fallara, le proporcionaría una descarga eléctrica que aumentaría su voltaje a medida que fallara más preguntas. Es decir, la primera pregunta fallada supondría una descarga eléctrica de 15 voltios; la segunda, una de 30 voltios y así sucesivamente hasta superar los 400 voltios. Las primeras descargas eran prácticamente imperceptibles, sin ir más lejos, cuando tocamos algo metálico y nos da un calambre, la descarga eléctrica no suele ser superior a los 40 voltios. Sin embargo, a partir de la sexta descarga —cerca de los 100 voltios—, los gritos del “alumno” comenzaban a percibirse.

¿La función del alumno? Más sencilla todavía: fingir que estaba recibiendo las descargas y que estas le producían dolores, en contra de lo que se le había asegurado al “maestro”.

Cuando el “alumno” comenzaba a quejarse, los “maestros” empezaban a plantearse abandonar la prueba, pero ahí entraba la función del experimentador: insistir y animar al “maestro” a continuar. Si después de mucha insistencia el “maestro” decidía parar, el experimento se detenía, sin embargo,  pocos pararon haciendo caso a la autoridad del experimentador.

Cuando el “alumno” comenzaba a quejarse, los “maestros” empezaban a plantearse abandonar la prueba

Los resultados del experiemento fueron desoladores. El 65% de los participantes llegaron al final del experimento, aplicando descargas de más de 400 voltios y pasando por alto los fuertes gritos de los “alumnos” que pedían parar con el experimento.

Todos los “maestros” intentaron parar en algún momento las descargas, pero ninguno lo hizo antes de pasar el umbral de los 300 voltios.

Con este experimento, que fue reproducido en múltiples ocasiones a lo largo de la historia, se demostró que obedecer a la autoridad puede motivar a actuar en contra de los principios de uno mismo e incluso causando perjuicio en desconocidos. Esto puede ser, o bien porque en situaciones de inseguridad se busca la opinión de un experto al que seguiremos, o bien porque nos sentimos una herramienta necesaria para llevar a cabo algo, como en el caso de este experimento, que era un estudio científico.

Así que si alguna vez te preguntan si serías capaz de matar si alguien te lo ordenara a cambio de 20 euros, en primer lugar desconfía de esa persona y después acuérdate de Milgram.

Imagen destacada: chronicle.com