Los caminos de Europa (II): Renovarse o morir

Malos tiempos para la vieja Europa. En el sexto año de crisis económica mundial, los rescates bancarios, las intervenciones de la Troika y la -cada vez más ancha- brecha entre dos Europas que circulan a distinta velocidad siembran la duda. ¿Tiene sentido hoy en día el proyecto europeo? “La respuesta parece evidente”, dirán ustedes, “divide y vencerás“. Bien. Pongamos por caso que, por unos instantes, el proyecto de una Europa unida y cooperante no sólo tiene sentido, sino que tiene hoy más sentido que nunca. ¿Utópico, verdad? Quizás no.

Imagen: Alberto González

Imagen: Alberto González

Situémonos por un momento frente al mapa geopolítico mundial de nuestros días. Tenemos ante nosotros un mundo interconectado y dependiente, en el que la globalización ha ido tejiendo una nueva cultura común. Un nuevo modo de ver y hacer las cosas en los diferentes ámbitos de la vida: de la política a la economía pasando por el arte, el turismo, las costumbres… todo un rompecabezas en el que cada pieza ocupa un lugar único e insustituible. ¿Qué es preferible? ¿Ser una pequeña pieza lateral cuya presencia no afectará en absoluto al conjunto o una de las vigas sustentantes de la construcción? Ojo, no estamos diciendo que haya que rechazar la originalidad de cada pequeña pieza. En cohesión, muchos pocos hacen un mucho, y esto es lo que hoy debe basar la idea de Europa. Otorgar a cada Estado, en unión con los demás, el peso y la importancia a nivel global que realmente le corresponden. Y esto, no solo en términos de política o economía. Europa nos da la oportunidad de emerger, de emprender, de ocpuar un sitio. De dejar de ser espectadores y tomar protagonismo (piensen en el CERN, mayor centro de investigación de física de partículas del mundo, o en la Agencia Espacial Europea).

 En cohesión, muchos pocos hacen un mucho, y esto es lo que hoy debe basar la idea de Europa. Otorgar a cada Estado, en unión con los demás, el peso y la importancia a nivel global que realmente le corresponden

Quizás haya llegado el momento de desterrar viejos prejuicios. Sí, Europa está mal. La confianza en las instituciones flaquea. El descontento ciudadano ante la injusticia social alcanza límites hasta ahora inusuales y situaciones extremas. Sin embargo, hay algo que estamos pasando por alto: Europa no es “la Merkel”. Ni la Merkel, ni la Troika, ni Christine Lagarde. Sí, a día de hoy, ellos gobiernan el continente con una mano de hierro que haría de la Señorita Trunchbull un corderito. Pero Europa, como todo proyecto, tiene más de una interpretación posible. Está claro que el camino que aquella unión de mediados del siglo pasado no está tomando el camino adecuado pero, pudiendo aprovechar todo el trabajo realizado para encontrar un nuevo sentido al proyecto, ¿vamos a tirar el esfuerzo por la borda?

La idea de una Europa común nació en un continente devastado tras dos guerras. El giro librecambista imperante en la economía mundial subía demasiado el listón para unos países que lo habían perdido todo. Entonces, la unión hizo la fuerza. El objetivo conjunto fue una vía de avance hacia dentro y hacia afuera (¿cuantos países de la primitiva unión reconocían derechos humanos a los extranjeros hasta la entrada en vigor del convenio de Roma de 1950?). Europa se adaptó a las necesidades de su mundo y supo progresar. A día de hoy se encuentra con un mundo globalizado, en plena crisis capitalista, donde las fortunas y la miseria aumentan a un ritmo similar pero en direcciones opuestas. La población está envejecida y los recursos energéticos propios escasean. Como afirma el economista Josep Borrell, “ser pocos, viejos y dependientes no es una fórmula para el futuro”.  La necesidad de sostenernos mutuamente reafirma la idea de comunidad. Las propuestas para reinterpretar Europa son etéreas a la par que heterogéneas.  ¿Un seguro de paro a nivel europeo que frene la dinámica de las dos Europas, haciendo de las garantías sociales un objetivo común? ¿Un cambio en la estructura del Banco Central Europeo? ¿Nuevas potestades comunitarias en materia social? ¿La eliminación o reforma de viejas instituciones? ¿Eliminar la burocracia o ampliarla? ¿Extender la participación democrática a la elección de más organismos?

Josep Borrell: “Ser pocos, viejos y dependientes no es una fórmula para el futuro”

Evidentemente, la duda seguirá flotando en el viento hasta que la implicación ciudadana y el interés por Europa logren salvar la barrera de los prejuicios. En japonés, la palabra crisis la componen los caracteres 危(”peligro”) y 機 (”oportunidad”). El peligro, tristemente, ya lo conocemos. Ha llegado la hora de que los pueblos europeos aprovechen la oportunidad de dar un nuevo sentido a un proyecto que puede, más que nunca, dar mucho de sí. Otra cosa será que estén dispuestos.

Artículo conjunto de Marta R. Suárez y Aida González