La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo XII: La luz de un fósforo

Julia Veloso cogió mi mano magullada y me sacó del bar con la desidia con que un niño pasea su cometa inútil en un día sin viento. Frente al Momo, algunos fumadores pugnaban por un hueco para sus deleites pulmonares, y entre el humo de los Camel se podía intuir la belleza prefabricada de Julia, meticulosamente construida sobre la cosmética de lo impoluto y de lo insensible. Como esas mujeres que se vuelven metacrilato y adoran a Audrey Hepburn como diosa de la hermosura, Julia Veloso también redibujaba el contorno de sus ojos como soles nigérrimos; la piel, de tan tersa y coloreada, parecía una tempestad de un cuadro de Turner; entre los lívidos mofletes, una delgada línea roja como una punzante menarquía auspiciaba unos labios enmascarados; y, como una singladura hacia el fin del mundo, un blanquinegro vestido de tubo caía hacía los pies mientras las caderas se contoneaban autónomamente. Cuando se cercioró de que nadie pudiese oírnos, hizo mella en mi carne magra con la lenta clorofila de sus ojos:

–No he podido evitar oir que quiere usted hablar con el señor Perú. ¿Está seguro de que quiere correr el riesgo?
–Bueno, Julia Veloso, no me importará tomarme una cerveza con un homicida que me salvó de pagar un taxi. Seguro que le caigo bien.
–Verá, señor Luengo –prosiguió, haciendo caso omiso a mis gilipolleces–, he tenido la rara coincidencia de tratar al señor Perú por motivos laborales, y le aseguro que es un hombre de muy malos modos. Incluso peores que los de usted.
–No exageremos, morena: dejemos que hablen los exabruptos. ¿Y qué se trajeron entre zarpas Gayoso y Perú?
–Ni lo sé, ni me importa, se lo aseguro. Lo único que sé es que el señor Perú es un gran aliado, pero un enemigo terrible: el señor Gayoso hizo cuanto estuvo en su mano para arreglar un pacto con él y evitar tenerlo en contra –Julia Veloso se mostraba trémula y distante, apartando a ratos la mirada de mi rostro demacrado.
–¿Pero a qué se dedica este individuo para ser tan deseado como el mismísimo Jorge Mira? Porque dudo que haga estiramientos desnudo en la piscina universitaria, eh.–Y entonces me sobrevino el ingrato recuerdo de Mira y tuvo que contener una terca náusea.
–Una especie de… recadero. Un cónsul, si lo prefiere. Sirve de intermediario entre Gayoso y sus clientes más selectos. Es conocido en el círculo de trueques por su conversación parca y su implacable modus operandi.
–Y tan implacable. ¿Ves todas estas bellas cicatrices? –dije, y le mostré a Julia las heridas que segmentaban la pasividad de mi piel por zonas, ante las que se estremeció –. Pues te aseguro que no son marcas de nacimiento ni el resultado de defraudar impuestos: son las consecuencias de intentar hablar con tu amigo, el rubio narizotas con cara de angelito.
–Le aseguro, señor Luengo, que ese hombre no es amigo mío ni de nadie –se detuvo un segundo, cavilo y se retractó –. Bueno, es seguidor acérrimo del Celta de Vigo. Y eso es lo mejor que se puede decir de él.
–Veo que estamos ante un criminal inexcusable –dije, no sin cierta preocupación–.En cualquier caso, necesito intercambiar un par de palabras con ese individuo: es el único que puede darme cuenta de un cierto amigo común, que en paz descanse.
–¿Habla usted de Zapatones, verdad?

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Jorge Mira, en sentido figurado. @LaOpiniónCoruña.

Crispé los párpados e intenté ocultar mi sorpresa ante el intuitivo comentario de Julia, pero fue imposible:
–¿Cómo lo sabes, Julia Veloso?
–Verá, –y registró su bolso hasta que encontró su móvil –la muerte de Zapatones fue publicada de inmediato por los medios de comunicación, y la noticia fue de tal calado que hasta Barack Obama se pronunció al respecto. Desde Xornal de Galicia hasta el diario Bild, pasando por los más infames como Compostimes, todos publicaron una esquela en su sección necrológica. De hecho, el hashtag #RIPZapatones fue trending topic mundial, con un tweet de Miley Cyrus al respecto que batió el recórd de retweets.
–Pues ya que está tan puesta en el asunto –seguía sin salir de mi asombro ante la diáspora informativa –, sabrá que Zapatones fue asesinado impunemente, y por lo que sé el secuaz de su jefe sabe algo de todo esto. Aunque admito que cuando esos dos se juntan, me toca a mí pagar sus muertos: ayer mismo vi cómo tu señor patrón le administraba un sobre bien voluminoso a nuestro querido querubín y luego me encontré bajo los glúteos de tus matones.
–Mmm… qué extraño. El señor Gayoso no me dijo nada acerca de ese sobre. Y me lo cuenta todo; al fin y al cabo, soy quien gestiona sus negocios.
–Te repito lo que ya te dije, morena: no te fíes un pelo de tu amado líder. El día menos pensado, serás tú quien esté en un taxi camino del camposanto. Y ahora, si me disculpas, tengo que entrevistar a un asesino de taxistas.

Giré con brusquedad, pero Julia me cerró el paso con una velocidad envidiable: sus bailarinas rozaron el suelo lacrimógeno de la calle sin apenas resbalar.
–¡Espere un segundo, señor Luengo! Ya que se obstina en hablar con el señor Perú a pesar de mis precauciones, tenga, llévese esto –y volvió a sumergirse en su bolso como ya hiciera con el móvil, sólo que esta vez sacó algo diferente: una caja de cerillas.

La tomé entre las manos y la observé con suspicacia de cajera ante un billete cuantioso: era una caja grande, con unas cien cerillas aproximadamente, y con el logo de una popular cafetería de la ciudad impreso sobre la tapa. Era tan reciente que ninguna agurra acartonada parecía haber corrompido aún aquel paralelepípedo virginal. Me guardé la caja en la americana, y esperé a que Julia Veloso se explicase como un mal creado personaje de novela:
–A Perú, además del Celta, le entusiasman las cerillas. Es el único sueldo que le pide al señor Gayoso: cada mes recibe mil cajas de cerillas que acumula en el piso piloto que el señor Gayoso compró para él en la rúa de San Pedro Mezonzo. La casera le confesó al señor Gayoso que Perú había llenado todas las habitaciones del piso, desde los cimientos hasta el techo agrietado, de cajas de cerillas, todas vacías, y que cada semana baja entre cuarenta y cincuenta enormes bolsas de basura llenas de cerillas ya usadas, suficientes como para incendiar San Francisco a diario. Es un raro síndrome de Diógenes. Tiene todas las persianas del piso bajadas y el polvo se ha ido acumulando en cada rincón de la casa con el proceso natural de la degradación: parece que hiciera años que allí no viviese nadie, y que se hubiese convertido en un vertedero de cerillas.
–El mausoleo del fósforo y la sangre… Cenizas y diamantes, Julia Veloso, y la puta al Sar por si acaso se resfría.
–¿De qué está hablando, señor Luengo?
–No tengo ni idea…Estar en ayunas durante tanto tiempo, y las continuas pérdidas de sangre, habrán destruido finalmente las últimas neuronas que me quedaban… –La eché a un lado y me ajusté la americana a la hechura de unos hombros raquíticos –. En fin, morena, gracias por el soplo de las cerillas. Nos veremos en la otra vida. O en el Búho, según se tercie la noche.

Antes de irrumpir entre el corazón de tinieblas del Momo, me volví brevemente para ver a una Julia Veloso translúcida entre el orín pluscuamperfecto de la noche santiaguesa:

–Oye, Julia Veloso… ¿a qué debo el placer de tanta ayuda?
–Digamos – se mesó el cabello desatado, que cayó sobre sus pechos apenas sospechados – que la deuda de su paliza ya está saldada. Además, el señor Perú no me cae nada bien.
–Tomaré eso como un cumplido inmerecido. –volví secamente el cuerpo e ingresé en las penumbras de nuevo.

cerillas

Cada uno tiene su fetiche.

Todavía lacerado por lo abrupto de mi despertar, me acerqué con sigilio hasta la mesa de Perú y blindé una posible coartada: me rodeé de testigos para actuar con una mayor impunidad ante la vena homicida de aquel querubín desclasado. Hice un ruido expreso al arrastrar la silla para llamar su atención y como carta de presentación, pero Perú mantuvo sus pupilas celestes en el vientre de la exánime cerilla hasta que la llama se hizo ascuas en la punta de sus rosados dedos, que parecían evitar la carbonilla de la consunción. Resuelto, se recostó sobre el sillón de mimbre y esbozó una pícara sonrisa de presidiario impune:
–¡Vaya, vaya! ¿No nos hemos visto antes?
–Sí, dos veces: una vi cómo te echaban a patadas de un 24h; en la otra le suministraste a mi taxista una opípara dosis de plomo, con la que se empachó de sangre y cristales rotos.

Se carcajeó estentóreamente con una risa tan estridente que cortaría la circulación de un parvulario: hay traumas creados con menores estímulos. Su cara era un reducto de tiempo detenido, una labor de taxidermia de la infancia que llevaba hasta lo infantil unos rasgos anacrónicos, con la excepción de una ligera pelusa diáfana como un frottage que se resguardaba bajo la pirámide de todas las narices. Se metió la mano en el bolsillo de la sudadera y puso sobre la mesa el revólver con el que mi taxista vislumbró su última farola:
–Eso te pasa por meter las narices donde no te llaman.
–Tú debes tener un problema con ese asunto, ¿verdad? Tienes la esdrújula de todas las napias.

Hizo ademán de apuntarme con el arma, pero se reclinó hacia mí hasta gasi golpear sus párpados con los míos: pude entrever unos nervios crispados como sogas rojas tomando sus pupilas.
–¿Acaso no me tienes miedo? –susurró con una voz monocorde.
–Sólo le tengo miedo a tres cosas: la calvicie, las palomas, y despertar un día y descubrir que todas las mujeres del mundo son lesbianas.

santiago

El amanecer mancha los tejados. @Nomadea

Procuraba mantener la serenidad para avalar el órdago de mi trato, pero unas delatoras gotas de sudor glacial se dedicaron a explorar los granos de mi espalda. Pese a todo, Perú recuperó su posición original y pude adivinar una satisfacción cómplice en su tono:
–Veo que los tienes bien puestos, chaval.
–Uno junto al otro en una perfecta concomitancia, o eso dice mi proctólogo.

Rió de nuevo estruendosamente sin dejar de asir su pistola; nadie parecía prestarle atención, o más bien lo evitaban por temor a represalias. Parada seguía cantando melosamente versiones de Sabina y poniendo voz a mis deseos: “y en la puerta le esperó la policía, mucha mucha policía…”. Perú se encontraba lasamente sobre el sillón, pero yo tenía miedo de que me estallaran los tendones por respeto a la figura del homicida. Sin inmutar su jubilosa expresión de angelito, me interpeló con desdén:
–Y dime, ¿por qué no debería matarte ahora mismo?

Con vanidad relamida metí la mano en el bolsillo y arrojé la pulcra caja de cerillas desdeñosamente frente la mirada de ante del amorcillo Perú. Las cerillas repiquetearon en sus entrañas, y un asombrado homicida mudó súbitamente una expresión portuaria hasta adoptar una mueca compulsiva que deduje era la máxima expresión de felicidad que aquel niñodiós podía permitirse; extendió las manos con precaución y asombro, y palpó la caja hasta descubrir que las llagas en su piel no existían. Absorto Perú con el deleite inopinado en un sencillo juego de fósforos, especulé con la posibilidad de tomar el arma y ganar puntos en esta pugna de poderes; pero mi escasa preparación de cleptómano hizo que me armase con uno de los cuantiosos boles hueros de palomitas, que alcé con violenta sobreactuación sobre mi cabeza, despertando a Perú de su obnubilación y forzándole a coger de nuevo su arma:

–¿Qué se supone que pretendías, amigo?
–Oh–. Y coloqué con cuidado el bol sobre mi cabeza hueca–. Lo pensaba usar de kipá. Dicen que los judíos son los mejores negociantes, y esto es a todo lo que puedo aspirar.

Mi excusa barata pareció hacer mella en una conciencia de permanente suspicacia, y volvió a poner el arma delicadamente entre sus piernas, en un gesto que algunos exégetas de libro hubiesen sobreinterpretado como una señal fálica. Abrió la caja con escrupuloso tacto de marchante de arte bizantino e inhaló el aroma sepulcral por aquellas fosas nasales, abiertas como las puertas del infierno, por donde un viscoso hilillo agonizaba. Resuelto en un ademán de complacencia, alzó unas cejas irresolutas y su nariz me apuntó como un arpón enhiesto:
–Lo reconozco, amigo: es un buen material. Bien, dime –de nuevo se recostó en el sofá, y el bol se me cayó, haciéndose añicos contra un suelo húmedo y denegrido – ¿qué necesitas de mí?
–Al parecer, un amigo común tenía que reunirse hoy contigo y ayer conmigo. Pero la parca se nos adelantó a ambos. Al parecer, Zapatones y tú estábais colaborando en algo con Gayoso, ¿no es verdad?

Mostró el colmillo por bajo el labio y bufó con mezquindad.
–¿Por qué habría de decirte algo? Gayoso me da más y mejores cerillas que éstas. ¿Qué te hace creer que las tuyas son especiales?
–Que yo no te pido que mates a nadie. Además, los proletarios tenemos que ayudarnos entre nosotros, ¿no?– confié en que adoptar el discurso de la plusvalía enterneciese su rojo corazón–. Sólo pido que me digas qué sabes del robo del Halo.

All-in sobre la mesa y a pertrecharme en mi propia jugada. Resultado: el señor Perú aturdido por momentos, con un rostro desencajado y un ansia irrefrenable de respuestas.

–¿Có…Cómo sabes lo del robo de Halo?
–Mi madre es pitonisa. Cada semana hace la quiniela y alguna vez acierta once.

Parecía que la balanza se había inclinado tópicamente hacia mi lado: saberme conocedor del hurto del Halo había hecho que Perú me dirigiese una mayor atención y una franca curiosidad. ¿A quién no le gusta sentirse halagado?

–Está bien, amigo. Voy a decirte algo, pero será sólo por las cerillas, ¿está bien? El señor Gayoso es consciente de la desaparición del Halo…
–Bienvenidas sean las antiguas noticias.
–…pero el no es el responsable en absoluto. De hecho, fui contratado precisamente para encontrar el Halo perdido –. Yo sé que mentía, pero no podía decírselo: tenía miedo de que cometiese un gatillazo mortal.
–¿Y qué sabes hasta el momento?
–Lo mismo que tú, por lo que veo: que alguien robó el Halo. Zapatones parecía saber más de lo que dejaba entrever: le estaba sobornando en nombre de Gayoso para sonsacarle información. Pero esa rata callejera huyó con la tocha entre las patas, ¿verdad? –y volvió a helar al auditorio con su risa de témpano – Vamos a hacer una cosa: mañana proseguiremos la búsqueda conjuntamente. Reúnete conmigo en el árbol que está entre el Avante y el Tarasca a las once y media de la noche, ¿lo has entendido? Nuestros intereses estarán enfrentados, pero aún podremos sacar algo si colaboramos.

Extendió su mano sixtina y puso en tela de juicio la deontología de mis principios detectivescos. Pero a veces para salir limpio hay que haber pasado por el fango, de modo que le di validez a su trato con una mano llena del engrudo displicente de la incomodidad:

–Trato hecho, Perú. Nos vemos mañana; por hoy ya he tenido bastante de las catacumbas.

Salí apestando a traición y mediocridad, para variar. Julia Veloso se había quedado fuera, y anonadada de mi resiliencia intachable, acudió a mi encuentro para cerciorarse de que aún seguía con vida:
–¿Y bien? ¿Cómo ha ido?

Miré hacia el horizonte para engendrar un poco de atractivo en mi imagen denostada, pero tuve que entrecerrar los ojos porque el brillo de las farolas me había pillado por sorpresa:
–Espero que estés lista para seguir redimiéndote mañana, Julia Veloso. Y ponte lo mejor que tengas: cuando el diablo ha hecho un pacto contigo, conviene buscar su simpatía.

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