La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo XI: Vomitar el alma por las mañanas

Un agresivo zarandeo me despertó de los muslos oníricos de Julia Veloso cuando ya empezaba la exploración: un Goliat cejijunto y ojituerto me tenía cogido por las solapas de la americana sin darme la oportunidad de asir la honda ni la botella. Inutilizada mi capacidad analítica, embotado de whiskey barato y húmedos sueños interrumpidos, el panorama kafkiano que se levantaba ante mis ojos revelaba a un Currás que contemplaba con cierto regocijo la humillación resacosa a la que su matón me sometía. Aquel animal no me daba tregua y el estómago se preparaba para un tsunami de desperdicios; cuando el gorila se detuvo, la jaqueca lo sustituyó en el arte de hacerme sufrir. Me tiró sobre el sofá y me retorcí como ante un deslumbrante esplendor: Currás se acercó tanto a mi cara que pude reconocer los potajes de su desayuno.

–Señor Luengo, me había prometido usted que haría lo imposible para recuperar el halo y restaurar la tranquilidad en esta compungida ciudad. Vengo a su casa a pedirle explicaciones por la demora en sus servicios, ¿y qué me encuentro? ¡A un universitario durmiendo la mona en el sofá, como un bala perdida, a las 8 de la tarde! Algo nada común en Santiago, desde luego.

Abrí los ojos con el recargo de una pesada kurda; el sofá estaba cubierto de mi baba tibia, pero me desperté con una boca árida y sólida como un fósil. Apenas podía dilucidar nada con tanto bamboleo.

–No me hable de balas, Currás, que ya tuve ayer mi dosis semanal. ¿Cómo ha conseguido entrar en mi casa?
–Su compañero de piso nos abrió antes de marcharse; salió de casa sin llevar pantalones, como si nada.
–Sí, es su modo de reivindicar a Margaret Thatcher.
–¿Va a explicarme el motivo de su borrachera?
–Creí que había visto su halo en mi propia casa. Pero sólo era el fondo de otro vaso de DYC del malo.

Currás se agachó para recoger algunos de los expedientes que Pereda me había dejado. Los juzgó con científica pesadumbre:
–Castro, Juan; Cornes, José; Carballo, Joaquín… ¿Qué es todo esto, Luengo? ¿Qué se trae entre manos?
–Haciéndole de lavandería a usted, Currás; limpiando aquellos nombres que se han llenado de suciedad por una coincidencia en sus siglas con las de nuestro amigo, el secuestrador de halos. Y si se pregunta por las carpetas, es totalmente extraoficial; me las ha cedido Pereda sobre su cadáver.
–¿Y por qué no se puso en contacto conmigo para que le diera esos datos? En lugar de recurrir al pobre Pereda…
–Pereda será un ingenuo y un inepto, pero es un hombre en quien confío, y es algo que no puedo decir de usted. Ya que está aquí, me debe más azules que los que caben en la División homónima, de modo que vaya desembolsando los veintes, Currás.

Podría jurar que el único pensamiento de Currás era mi cadáver hendido en una lanza, objetivo de la lapidación en pleno Obradoiro, pero se sometió a las circunstancias y ordenó a su guardaespaldas que depositara un pequeño fajo de billetes sobre mi mesa: los suficientes por un par de muertos y un tiroteo. Visiblemente apático, el alcalde se debatía entre la ansiedad y la cólera. Me apuntó con un esquelético y curvado dedo acusador como de bruja nibelunga.

–¡Más le vale tomarse en serio la investigación, Luengo! ¡Es usted una deshonra para toda su profesión!
–Me temo que de eso ya me vacuné hace tiempo, Currás.
–¡No me venga con tanta chulería! ¡Le recuerdo que Santiago de Compostela depende de usted para mantener la armonía!
–¿De qué armonía me habla? ¿Ha bajado usted alguna vez al Maycar? He visto cosas que usted no se creería.

El gorila me volvió a coger por las solapas de replicante y comenzó de nuevo el centrifugado. Currás hizo oídos sordos de mis tartamudeos y me soltó el devastador ultimátum:

–Todavía le quedan tres días para encontrar el halo, Luengo; de lo contrario, yo me hundiré, pero le aseguro que usted se hundirá conmigo.

El matón me arrojó con tal potencia contra el sofá que rompí su balda al precipitarme: un angusitoso crack y un ebanista más rescatado del paro. Impedido en el hueco del sofá, vi cómo Currás y su matón se marchaban con imperiosidad de bonanza. Imploré con una postrera retórica:
–Qué persuasivos son ustedes los políticos…

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Praza de Galicia, a vista de Bruno Ganz.

Acicalé mi innobleza característica y puse en orden mi fisionomía de rompecabezas; el mosaico de expedientes J.C.había formado una aleación cromática con el moho de la alfombra y la madera carcomida del suelo en una estilización resultona de gamas inconexas. Repté como un alacrán temerario por entre los documentos, pero ninguno de aquellos silentes sospechosos parecía responder a priori al perfil de estraperlista manipulador. Me había acercado tanto a un abismo de ignorancia que había acabado por caerme civilizadamente de cabeza.

El martes ya tocaba con sus lúbricas extremidades el crepúsculo cuando salí a un Fernando III o Santo consumido por la lírica del descanso doméstico: algún que otro majadero se cortaba el pelo en la vetusta peluquería “A Nosa”, un local que transpiraba espíritus rancios y gaviotas críticas. La humanidad se había declarado en huelga de euforia y los títeres abatidos conjugaban su rostro compungido con el mantón de niebla sobre sus cabezas. Debía llegar cuanto antes al Momo y enfrentarme a ese secuaz de Zapatones: el señor Perú. De modo que dejé atrás la cuesta de República Argentina e inhalé lirios y rododendros de la floristería de San Pedro Mezonzo con deleite involuntario: la noche olía a perdición dionisíaca y prerrafaelita.

Llegué al límite de República Argentina, esquina Hórreo, donde las ruinas de un antiguo PC City abandonado recolectaban escombros y ácaros con avaricia y nocturnidad: espectador de tan infame y montaraz espectáculo, recordé que cuatro años atrás un vendedor lenguaraz y sudorífico me había estafado, haciéndome el orgulloso propietario de una carraca irresoluta en su obsolescencia informática. Luego el negocio quebró y me quedé con la garantía inane de un ordenador que ni siquiera valdría para hacerse añicos: como su propio dueño, al fin y al cabo.

El viento del Hórreo se empeñó en ponerme los húmeros a la mala en un martes donde una invisible y eterna llovizna tocaba piedras negras sobre rocas blancas. El Hórreo era una profunidad de campo en sí mismo; durante el invierno, se convertía en un patíbulo que arrastraba moléculas de un otoño pútrido calle abajo, donde se acumulaban hojas roídas, ramas enjutas y cuerpos marchitos de estudiantes paupérrimos y pasantes venturosos. Como un infarto en el corazón de Santiago, el Hórreo se prolongaba entre instantes de desasosiego e impaciencia: en un imposible equilibrio de fruterías y obras públicas, sólo cobraba valor en las manifestaciones populares, por lo dilatado de sus dimensiones y por lo interminable de su trayecto, que aventuraba una esperanza refulgente al final en sus postrimerías, meta para el rito iniciático de un pueblo peregrino e inmigrante.

En Praza de Galicia, los perpetuos charcos de lluvia parecían ojos de azabache donde la alquimia de una noche particularmente huérfana sembraba sus flores de loto, y en la ínsula central de la plaza, rodeadas de un ornamento selvático, algunas parejas principiantes oscilaban entre el afecto y la cogorza con tierna inexperiencia. Algunas quinceañeras arregladas como setos podados tecleaban ansiosamente en sus móviles sentadas en las escaleras del Zara; a pesar de los autobuses y de la distancia, pude apreciar el maquillaje de clowns o maniquíes que sostenían sus cuerpos pubescentes sobre unos tacones de sátiras enclenques.

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Las entrañas del Momo cuando el día desordena sus tinieblas naturales.

Torcí en el Banesto y el semáforo indicó la senda consiguiente: “Rúa Fonte de Santo Antonio, poden pasar”. Santiago se escondía en esta calle tras sus murallas de sombra y anonimato: en un panteísmo anacrónico, buscaba la avenida al dios de las piedras y las lloviznas, el ser en que abdica la tormenta cuando desiste de su empeño ancestral. Sólo se adivinaban coches mal aparcados y aceras cada vez más estrechas, y con mi torpeza atlética caminaba dubitativo y temeroso del desdén maquiavélico de los conductores. En Rúa da Ensinanza, las ventanas del Colexio Compañía de María con sus broncíneas pestañas de reja y cardenillo confirmaban su aura de reformatorio para amazonas casquivanas: urdían un ponche de estrógenos sus amables residentes.

El verdoso faro de la vidriera del Momo confirmó mi llegada y me hizo partícipe del desmán de su agenda: los martes, Ricardo Parada interpretaba temas cantautoriles en una voz curtida y prosaica que servía de soma a los nostálgicos clientes del bar: apelaba al elemento afectivo para pertrecharse en la saudade de un gusto melómano ya olvidado. Cuando bajaba los seis breves escalones la canción de Parada ya reveraba en la calle con poderío; lo vi en su esquina, antes del arco y de la galería del jardín de la terraza, inmarcesible como un díscolo trovador, afianzado al mástil de su guitarra como a un placebo de realidad. El Momo naufragaba en una densa bruma de alquitrán; la iluminación era tan exigua que la muchedumbre se confundía como contornos de mina de lápiz. En el techo se encontraba sostenida una bicicleta, y sobre la siempre populosa barra un semáforo descomponía el tráfico de carismáticos perdedores, de parroquianos sacrílegos, de clientes empedernidos.

Hice esfuerzos por acercarme a la barra, pero el gentío blindaba con sus insulsas conversaciones el acceso a la bebida. Tras un esfuerzo mayúsculo, me hice hueco a base de diplomáticos codazos que me costaron alguna que otra mirada desdeñosa. La camarera tardó en atenderme lo que medí como un libro de Ken Follett: lo suficiente como para erradicar el tifus en Asia Menor. Solícita en su profesión, por fin llegó el turno de mi servicio:

–Hola, ¿qué quieres?
–Una caña y una respuesta. ¿Conoces al señor Perú? Me han dicho que está por aquí.

Mientras me servía la cerveza/ambrosía, torció el gesto y adoptó un distanciamento preventivo. Ladeando la cabeza, apuntó al muro de la galería interior.

–Está allí, lo encontrarás en seguida; es un rubio de muy malas pulgas.
–Perfectas para un sabueso buscavidas. Muchas gracias por la cerveza.
–Toma el ticket. Con otra consumición, te cambiamos los dos tickets por una tercera gratis.

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Ricardo Parada, afinando su voz de añoranza nocturna.

Me guardé el billete en la cartera y entendí que aquella oferta era un callejón sin salida: atrapaban a cualquiera con templados deseos de consumición. Me agencié un bol de palomitas, preparadas en la trastienda y abandonadas en una mesa adyacente a la barra. Los clientes se jactaban de su dieta de maíces pomposos, y todo el mundo acudía en masa a atracar las palomitas. Pasé a Ricardo Parada mientras le pegaba un trago a su cubata y giré hacia la izquierda en la penumbrosa galería. La camarera tenía razón: el señor Perú estaba al fondo de la sala, rodeado de boles de palomitas vacíos y mecido por el golpeo del futbolín. Y era él, indudablemente. El rubio de Gayoso. El parquímetro de mi taxista.

Le descubrí absorto en la contemplación impertérrita de una cerilla que se iba consumiendo entre sus dedos. Su imagen emanaba una obstinación casi ascética, hipnotizado ante la débil llama, que bailaba como una salamandra espasmódica. Sus párpados se habían adormecido sobre las cuencas hasta la fosilización, y en sus ojos tintados de Klee el universo había dejado de tener importancia: el tiempo fluía en caóticas ráfagas como ante un vaivén estroboscópico a su alrededor, pero Perú se erguía inalterable, como un tótem bajo la luz negra, sosteniendo su culto y su impasividad mientras, lánguida, la llama de la cerilla agonizaba hasta sus cenizas. Se había rendido a una silenciosa y temible solemnidad, dominando el tenue y umbrío rincón del local donde sólo se adivinaba el fuego entre sus yemas: el indicio ígneo de una pira funeraria.

Dispuesto al asedio por lo fúnebre de la ocasión, pegué un trago de cerveza y la líquida cebada se filtró por la avenida de mis encías; cuando lo etílico se une a lo introvertido, sólo cabe esperar una explosión de deslucida vehemencia. No obstante, una mano en el hombro retuvo mi desventurado paso, al tiempo que un penetrante aroma a caoba barnizada despertó en mí una rara conciencia de felicidad doméstica. La mano se prolongaba hasta un cuerpo idiosincrasia de la noche, un cuerpo al todo unánime y al todo derramado. Retiró la mano y alzó la voz con discreción para hacerse oír sobre la garganta de Ricardo Parada:
–Si va a ir hablar con Perú, señor Luengo, más le conviene estar preparado.

Mañana sera víspera todo el día, y otra vez espero atravesar por los horarios con temor, con discordia, con servil rol de tuerca oxidada. Pero esta noche, sólo pude responder a mi confidente:
–¡Julia Veloso! Ya me parecía a mí que la noche iba demasiado bien.

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