La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo X: Confesiones de un antifaz

–Coño, poeta, ¿cómo consigues meterte en todos los fregados turbios de esta ciudad?
–Por el oficio del trasnochador, Pereda. Hago méritos para tener un buen funeral.

Por entre las sombras de Santiago, las ambulancias y los coches policiales habían formado una cohorte de salvadores tardíos; sus pálidas luces entrecruzaban Platerías con cierta languidez. El equipo forense estudiaba el cuerpo de Zapatones con atención de cirujano plástico, revisando cada cavidad casi hasta la pornografía. Me acerqué y contemplé por última vez el cadáver de mi viejo confidente: la muerte había encalado su rostro azafranado y había detenido su expresión de dipsómano avezado en un rictus siniestro y lívido. Las manos asomaban por las mangas recortadas de su casulla como raíces enmohecidas vencedoras de la viruela, y entre su nívea sotabarba unos labios aún rosados disecaban una mueca de tristeza indiscutible. Los forenses habían tenido a bien bajarle los párpados, y unos ojos extenuados confirmaban tras sus gafas el sueño eterno. Pereda apoyó su mano en mi hombro para darme un consuelo que no necesitaba:

–Sé que suena a tópico, pero era un gran hombre, ¿verdad?
–El rey de los borrachos, sin duda.
–No seas malhablado, poeta. Que el cadáver aún está caliente.
–Seguro que él querría ser recordado desayunando una botella de vino peleón; pero dejemos que la historia se encargue de rendirle el homenaje que se merece.

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Tiré sobre aquella yerta leyenda las coplillas que tan a desgana había compuesto; cómo imaginar que tan infames ripios se convertirían en un epitafio indigno. Los forenses me regañaron por arrojar papeles sobre la víctima, pero me mordí la lengua para contagiarme de mi propio veneno. Pereda se cuadró como un sacerdote ante el púlpito y con voz gangosa y dominante se dirigió a los expertos en servicio de difuntos.

–¿Qué tenemos, chicos?
–Aparentemente, hubo forcejeos antes de la hora del fallecimiento. Hemos encontrado pequeños cortes en las rodillas y en los brazos, como si le hubiesen propinado una violenta paliza.
–Esos son los estigmas del mártir redentor –interrumpí socarronamente.
–Acepto que el pobre hombre estaba pasando por un verdadero martirio; de seguir bebiendo a ese ritmo, hubiese muerto en menos de cuatro meses.
–Una vez me contó una anécdota suya a ese respecto –murmuró Pereda –. Una antigua novia, que era muy católica, le obligó a confesarse ante un sacerdote antes de dejar que le metiera mano. Zapatones se plantó en el confesionario al final de la homilía, y como se consideraba un hombre muy justo, sólo fue capaz de decir: “Padre, confieso que he bebido”. Bastante poético, ¿no créeis?
–Muy nerudiano, sin duda –dije con cierta indiferencia –. ¿Han encontrado algo más?

Uno de los forenses mostró una bolsa de plástico usada para guardar pruebas. Dentro, un delgado hilo rizado se retorcía como un torbellino rebelde. El forense lo exhibía con cierto orgullo profesional.

–Hemos encontrado este mechón rubio en la solapa de la casulla de Zapatones.

Tomé la bolsa y la examiné al trasluz de los focos de la Quintana; aquel pelo era tan rubio que apenas se diferenciaba su substancia bajo el haz. Parecía el estambre de una hoja de trigo. Se lo devolví y albergué sospechas de su posible propietario: deseché la hipótesis de la rubia pizpireta, por riesgos que el cuerpo de Zapatones ya no estaba en edad de afrontar.

–¿Alguna idea de cómo pudieron subirlo a la Catedral, y soltarlo desde la almadraba?
–A estas horas nadie tiene acceso al seo; se necesita una llave especial. Alguien tendría que interrogar a los religiosos, a ver si saben algo.

Sin despedirme, eché a andar hacia casa con una imperante nostalgia; Pereda coreaba mi nombre en la lejanía, pero yo ya me había entrometido lo suficiente en los regios preceptos de la policía: no eran horas de perpetuar mi caricatura. Lo más cabal era atrincherarse en el hogar y guardar el luto de los doblemente caraduras: transgredir la muerte y blasfemar de la pálida dama.

Me alejaba de Porta Faxeiras cuando recordé que el camarero de A Fonda me había dado una libreta de Zapatones. La saqué del bolsillo de la americana; era un agenda de falsa piel curtida con una estampita de la Virgen María en la portada, si bien manchada de vino. Abrí la libreta por la primera página, y un encabezamiento escrito a mano revelaba un título en volutas decimonónicas que sólo conservan los facsímiles de hazañas hagiográficas: “Vida y obra de Juan Carlos Lema, peregrino itinerante e infatigable”.

Garcoli

Crucé las insensibles calles de Santiago sin cerciorarme de su poluta geometría; la vida de Zapatones me contuvo en velo por lo fascinante y por lo inesperado. Redactada en forma de diario íntimo, aquella libreta recogía la saga de sus proezas y sus variopintas calamidades en la capital gallega; prófugo de un hogar deconstructivo, se crió a la sombra de las enredaderas del parque da Granxa do Xesto como un estoico desencontrado. No tuvo educación, pero sí aprendizaje: memorizó callejones y travesías con avidez de pícaro, y entre saqueo y melodrama superó una adolesencia desnutrida con pábulos de soñador inflexible. Recompuso su corazón varias veces, y en el culto a las faldas se ensañó con las piernas hospitalarias: nunca dijo no a una copa o a un beso antes de cerrar el local. Cultivó la bohemia, y sus barbas de Valle-Inclán de primera regional le hicieron célebre en los círculos más selectos de la mediocridad. Cuando la edad provecta le había deformado las facciones hasta el extrañamiento de sus lúcidos recuerdos, la fulminante sinceridad del azogue le encasquetó el disfraz que llevaría hasta el final de sus días: su simbiosis con la ciudad alcanzó un grado sinérgico casi marital, y pronto el rumor de sus calles lo abrazaría como un hijo pródigo que se toma el descanso de la eternidad.

Derroché mi último crédito en el 24h a cambio de una botella de DYC: mi salario y mi ánimo sólo podían acercarme al veneno. Arranqué otro cartel de publicidad musical del portal: un tal Mack Paramo actuaba en el bar Embora por una cifra significativa; sus sueños musicales no pasaban por Fernando III, y el cartel se hundió en la papelera con un sonido sordo.

Me eché en el sofá y tiré al suelo todos los expedientes J.C.de Pereda; una primavera de carpetas oficiales se desparramó como lava en la alfombra cochambrosa. Crucé los dedos para no despertar a Pan, y respiré aliviado cuando el crujir de sus ronquidos prosiguió su soliloquio en su habitación selvática. Continúe la lectura del diario de Zapatones entre trago y trago de DYC hasta que llegó mi aparición en la diégesis; mi viejo informante me describía como “un listillo árido y de humor contagioso, con los dientes tan separados como mis ex-mujeres y yo, y que escribe unos poemas espantosos; es un cómplice ideal en los crímenes del bebercio”. Me pareció tan acertado que sólo hice que naufragar en la ambrosía ponzoñosa del DYC sin demasiados argumentos. Pero cuando llegué al día presente, tuvo que limpiar la boquilla de la botella de incredulidad ante aquellas postreras palabras: “El poetastro me está haciendo esperar más de la cuenta en A Fonda. Yo partiéndome el espinazo por ese calvo incipiente, y él llegando tarde y fáltandome al respeto. Y qué me importará a mí el puñetero halo, sí yo soy feliz viviendo la vida de otros, viviendo bajo esta careta. Álter ego ad infinitum, y con eso me basta; con eso y una copa de vino que celebre mi gloria. Espero que el poetastro me traiga las dichosas coplillas, porque si no ya le puede pedir información a Ana Kiro, que de mí no sacará sino escorbutos y escupitajos. Que yo tengo otros clientes y que su amistad a mí me importa un rábano; de hecho, mañana sería bueno recordarle al señor Perú en el Momo que ya me puede subir la mensualidad, porque por esta boca vive el pez y no querría tener que pasarme por Fontiñas para hablarle de tú a Vázquez Taín, que ya bastante tiene con lo de la china. Pero cualquiera le dice algo a Perú sobre el halo; igual me deja el traje lleno de lunares de bala. En fin, mejor será irse a dar un paseo cerca del ahorcado, que siempre resulta relajante; muy místico mi difunto primo hermano”.

Me quedé dormido en el sofá ebrio de whiskey, frustración e incertidumbre. Me costaba trabajo imaginar quién preferiría un Zapatones fiambre a uno callado. Hice cábalas y cotejé posibles asesinos, pero en mi onomástica de santos expulsados sólo cabía un arcángel de la muerte: J.C. Quizás el señor Perú resolvería mis dudas: el Momo sería el lugar de las verdades molestas.

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