La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo VIII: Síndrome de Stendhal

Hice tiempo curándome los cortes y las heridas e intentando erguirme con porte impropio. Lamiendo un orgullo vejado, es fácil que los minutos se apolillen y encasquillen en la recámara: sólo hacía falta una vanidad como la mía para anular de golpe todos los calendarios. La puerta del estudio se abrió con cierta teatralidad, rodeada de súbito suspense, y Gayoso salió precedido por su séquito de hipócritas aduladores: pude ver su calva fulgente antes de que se introdujera en la pecera ante la mirada crepuscular de Xusto López Carril.

Apoyado en la pared, miraba a través de la vitrina la mascarada de farsantes que devoran con reciprocidad las liendres del pelaje ajeno: tú eres muy bueno; no, tú eres mejor. Y ante aquella bufonada para diplómatas mezquinos, me tocó guardar filas y acunar al tedio en la retaguardia. Hice lo imposible por resultar interesante ante cualquier mirada, pero mi apariencia de poeta exhumado no cuajaba tan bien en los patrones de la redacción: una mujer que salió de los lavabos hizo un ademán de arcada delante de mis narices.

Cuando ya el programa agonizaba, noté unos golpecitos en el hombro izquierdo. Ante mí apareció una morena digna de atención y de cautela; el pelo le resbalaba sobre unas orejas cuidadosamente ocultas, de manera que se acentuara un rostro anguloso, proyectado sobre una respingona nariz bulbosa. Más baja que mi metro setenta y siete, aunque de apariencia fuerte, el verde de sus ojos era el de Bonaval cuando ha escampado un temporal; el labio superior era fino y algo caído, pero el inferior conservaba una impía sensualidad. Dejé caer la vista por su cuerpo sin disimulo, y sostenida ante unas piernas que califiqué de inmediato como infinitas, su figura se hendía sinuosa en el brillo de los focos del estudio. Aparentemente molesta, blandía una carpeta morada con el logo de la TVG en su portada; ella me miró a los ojos y yo me marée en su vestido trasparente.

–Perdone, ¿quién es usted y qué hace aquí?
–Soy un alumno de prácticas y…
–No; ése es el papel que representa. Le he preguntado quién es.

Vaya, la chica tenía agallas. Y muy buena intuición.
–Dígame ahora mismo qué quiere del señor Gayoso o aviso a los de seguridad para que le echen.
–Tranquila, milady; sólo dejaría que tú me pusieses la mano encima.

Me arreó un bofetón que me dejó el rostro redoblando como un gong; extraña demostración de afecto.
–¿Le basta con esa mano, o prefiere una dosis de la otra?
–Me vale cualquiera, chica.
–Eso de chica es un término ciertamente relativo. Si hubiese leído a Beatriz Preciado, la eminente filósofa feminista, sabría que el género de un individuo no es sino un constructo biopolítico que…

Y siguió hablando sobre prácticas queer tanto tiempo que me aprendí el idioma de sus ojos en tres sencillos parpadeos.
–Escucha, morena, no tengo tiempo para la lucha de géneros. Estoy esperando a Gayoso para hablar con él sobre un asunto privado que a ti no te concierne.
–Me temo que todo lo que se refiere al señor Gayoso me concierne inevitablemente: soy su secretaria personal –y me mostró una placa identificativa que la acreditaba como perrito faldero del calvo generacional –. De modo que debe informarme de lo que quiere, y yo se lo haré saber personalmente.
–De acuerdo, encanto: soy un coleccionista de reliquias, y me han dicho que el señor Gayoso podría estar interesado en una pieza de mi colección. Me gustaría discutirlo con él.
–No me ha comunicado nada de una reunión de negocios.
–Ése no es mi problema; si tu jefe no confía en ti, yo no puedo hacer nada.

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Beatriz Preciado, eminente filósofa biopolítica. ©Ibrahim Berlin

Me miró con furia contenida y sacó una agenda electrónica del bolsillo.
–No me gustan nada sus modales, señor…
–Luengo. A mí tampoco me entusiasman los tuyos, morena . No me importa que desconfíes de mí por tus prejuicios infundados, ni que seas una perfecta tirana del orden. Ni tampoco me importa que te peines para ocultar unas orejas que no pediste heredar o que traigas al trabajo un vestido que sólo deja a la imaginación la marca de la lencería: de hecho, celebro que quieras celebrar con nosotros lo trabajado de tu cuerpo. Pero no toleraré que me vengas a dar lecciones de ética cuando trabajas para la TVG, ¿lo entiendes, encanto?
–¡Basta de apelativos machistas, señor! Me llamo Julia. Julia Veloso –se le marcaban los nervios en el cuello como un mapa mudo de la rabia.
–De acuerdo, Julia Veloso. Si dejas de opositar a Juana la Loca, nos entenderemos mejor.

Registró con amargura su agenda y se cercioró de que mi nombre no figuraba entre aquellos candidatos a embustero. Aquel maldito aparato echó por tierra mi estratagema barata. Me miró con complacencia y satisfacción; se relamió los labios de pura revancha.
–Lo siento, señor Luengo. Su nombre no aparece en las citas del señor Gayoso de hoy. De hecho, el señor sólo tiene cita hoy con Luis Tosar para solucionar el futuro de un bar de Santiago. De modo que será un placer acompañarle hasta la salida.

E hizo un gesto a dos gorilas enfundados en camisas de Land’s End tan ceñidas a la hechura de unos troncos musculosos que parecían envueltos en esparadrapo. Al parecer, aquellos mastodontes habían escuchado toda la conversación ocultos en una cabina adyacente: sólo esperaban el momento para arrastrarme de manera legítima. A pesar de mis enérgicos esfuerzos, me sujetaron por los sobacos e inutilizaron cualquier tentativa de defensa: parecía la más mísera pieza de caza de aquellos aristócratas de la comunicación. Julia Veloso se despedía de mí con una implacable sonrisa mientras agitaba su mano con espontaneidad de reina.
–¡Adiós, señor Luengo! ¡Vuelva cuando tenga una mejor coartada!

Justo cuando doblaba la esquina, Gayoso abandonaba la cabina y se reunía con un individuo que al principio no reconocí, pero luego caí en la cuenta: ¡era el rubio del 24h! Había perdido su camiseta de mangas y su pantalón del Celta, pero no cabía ninguna duda: era él. Gayoso le entregó un paquete cerrado que el rubio se guardó en la chaqueta de su sudadera. Me revolví un poco y conseguí desembarazarme de mis captores; con todas mis fuerzas, grité hacia Gayoso y hacia el rubio:
–¡Eh, Gayoso! Tengo aquí una reliquia que quizás le interese. Es el primer par de gafas que Bugallo usó cuando llegó a alcalde y…

No pude decir más: un alud de carne blanca se me echó encima como una melé, y perdí el conocimiento tan súbitamente como un hipotenso en un restaurante de sushi. Cuando desperté, me encontraba dentro de un coche que cruzaba San Marcos demasiado presuroso: aquellos canallas me habían pedido un taxi que corría a mi propia cuenta. Pregunté al taxista hacia dónde nos dirigíamos.
–¡Ah, ya se ha despertado! Los de la cadena me han pedido que le lleve hasta el Obradoiro y le deje allí. Sus amigos son muy amables, ¿no cree?

Y tanto que lo eran: ahora podría estar sirviendo de abono para las malas hierbas de Belvís. Me apoyé indiferente en la ventanilla y me frustré al pensar que mis avances habían sido nulos: no había logrado sonsacar a Gayoso ni había conseguido averiguar nada acerca de J.C. o del paradero del halo. Pero lo que más me fastidiaba era que se me había pegado el perfume a decepción y albahaca de Julia Veloso. El reloj del salpicadero del taxi sugería que ya era demasiado tarde para comer: ya que ibamos al Obradoiro, aprovecharía para ir al pazo de Raxoi y reclamar parte de mis ganados honorarios a Currás. Sólo esperaba que la turba de estudiantes se hubiese dispersado.

El taxi se detuvo ante el semáforo junto a la pulpería As Brañas. Ensimismado en mis cavilaciones, me dediqué a dibujar obscenidades en el vaho del cristal. De repente, un descapotable negro, sosias del automóvil de Death Proof,  infringió con impunidad la parada obligatoria y nos adelantó en marcha Le Mans: pude reconocer la cabellera rubia de querubín de Rafael del secuaz de Gayoso al volante. Sin pensármelo dos veces, arreé una voz al taxista:
–¡Rápido; siga a ese descapotable! –me sentí ciertamente muy cinematográfico con la frase de marras.
–Pero… –dijo dubitativo – ¡el semáforo está en rojo!
–¡Olvídese de las leyes un momento y pise a fondo, joder!

Mi exhortación tuvo éxito y el taxi salió despedido tras la estela bruna de aquel monstruo tarantiniano. Aunque la carretera de San Marcos era de sentido único, el taxi se puso pronto a la altura del descapotable hasta casi llegar a rebasarlo. El rubio, que llevaba gafas de sol a pesar del día grisáceo, se sorprendió al ver mi cara asomando por el cristal con aire de victoria. Las ráfagas de aire me azuzaban la cara como si fuese algodón maleable, y me entró una mosca por la boca reseca. El rubio aceleró cuanto pudo, pero mi taxista parecía poseído por el espíritu de Ayrton Senna y se había pegado al lateral del descapotable como un percebe. Haciendo un esfuerzo imposible, intenté negociar con el rubio:
–¡Eh, para el coche; sólo quiero hacerte unas preguntas!

El rubio torció el gesto y bajó su grotesca narizota hacia el lateral del asiento. Extrajo una pistola tan larga como su napia, y apuntó directamente hacia mi ventana; me tiré sobre el suelo del taxi a tiempo de evitar un baño de balas ensordecedor que apuntaló al vehículo con agresividad. Una de las balas alcanzó al taxista y le atravesó la sien como un postrero pensamiento; acurrucado en posición fetal, su sangre me cayó encima como un jugo visceral. El taxi se zarandeó sin rumbo hasta empotrarse contra algo lo sobradamente resistente como para detener el mareante periplo: un microcosmos de cristales se dio cita sobre mi pobre figura. El ronquido del motor del descapotable se perdió en la lejanía y sumió al siniestro en un plúmbeo y tácito silencio de especial gravedad y afección.

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Revólver Magunm 44 Smith & Wesson. ©JustPistols

Me arrastré entre los escombros y me levanté con un dolor espantoso: parecía que mi investigación sólo llevaba a palizas en callejones sin salida. Me limpié como pude los cristales y la sangre del abrigo y repté fuera de aquella pera en dulce de desguace antes de contraerme como un paréntesis. Estábamos frente al concesionario de Peugeot, lo que equivale a decir que estábamos solos en mitad de la intemperie. Saqué el cuerpo del taxista por el cristal y lo dejé con cuidado sobre la acera: los cristales del parabrisas se le habían incrustado en la cara como punzones; el cuerpo había adoptado una forma de jeroglífico que hacía difícil suponer que aquella criatura había pertenecido alguna vez al reino de los homínidos. Contemplé su mortuorio contorno una vez más, y le vacíe los bolsillos en busca de algo de capital: él ya no lo necesitaría, y a mí me valdría para vengar su irónica muerte, a los pies de un concesionario. Me desentendí del cadáver y avancé de nuevo hacia la civilización como un espectro impenitente: no podía perder tiempo en la rutinaria torpeza de la policía, que lo llenarían todo de cinta transparente, de tiza y de tabaco barato; y aún corría el riesgo de soportar al pelmazo de Pereda.

A la altura de As Cancelas, ignoré el trauma y detuve un taxi y, tras un dilatada redundancia de matrículas traseras, consiguió llevarme de vuelta a casa. Me pegué un atracón con todo lo que encontré en la minúscula cocina: lentejas pasadas, albóndigas duras como guijarros, manzanas alquiladas a tímidos gusanos y toda la cerveza que pude encontrar. In media res de mi pantagruélica panzada, Pan asomó la cabeza y la tripa descubierta con temerosidad por el marco y vio que, nuevamente, me había vuelto a contagiar de fiebre de heridas abiertas. Tenía la barriga tan hinchada que parecía que le iba a reventar el ombligo.

–Que, que foi esta vez? As secuelas do fumador de novo?
–No; esta vez el problema fue un entrevistado algo testarudo. Problemas del gremio, ya sabes.

Se iba a volver a su habitación, harto ya de mis insoportables humos, cuando se volvió para referirme a unos paquetes de folios del salón:
–Viñeron hoxe dúas veces a preguntar por ti; na mediodía chegou un policía gordo e vello que che deixou toda esa pila de carpetas no salón; e hai cousa dunha hora, o tipo que se viste do Apóstolo, o tal Zapatones, dixo que foras buscalo para darlle non sei que coplas. Dixo que te esperaba na Fonda hoxe ás dúas.
–¿Qué hora es? He perdido hace un rato la noción del tiempo.
–Son as once. Aínda tes tempo de sobra.

Pan me dejó sentado en aquel taburete minúsculo; me repasé las cejas con los dedos en busca de una aspiración postraumática, pero estaba ciertamente falto de práctica. Dejé la montaña de expedientes del servicial Pereda para otro momento y fui hasta mi habitación para coger bolígrafo y papel. El proceso de creación poética es arduo y reflexivo; pero desde la urgencia y la obnubilación, me concentré en juntar con cierta resolución ripios tan toscos que resultasen convincentes a ojos de Zapatones. Debía concentrarme; pero sólo podía pensar en las piernas de Julia Veloso y en los versos que almacenaba su entrepierna.

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