La tristeza del Apóstol Santiago. Capitulo VII: Días de radio

Devoré un Kit Kat en el taxi mientras intentaba poner en limpio todos mis turbios asuntos: en un par de días había firmado tantos pactos sin leer la letra pequeña que pensé en unirme a las protestas de las preferentes. Estaban las coplillas de Zapatones, los expedientes de Pereda, las siglas J.C…. y todo ello por una boina más icónica que la de Beiras. Un halo que, por lo que sabía hasta el momento, podría estar perfectamente en compraventa del más insignificante de los mercados negros.

El taxista había comprendido la urgencia de mis quehaceres; circulaba a tal velocidad que el paisaje santiagués se desdibujaba como brochazos vehementes de pinturas acrílicas: atrás quedaban San Caetano y sus sotos caducifolios; el McDonald’s del Campus Norte, hogar de los adolescentes arruinados, tan inútil como un diván en una refinería; por las breves aceras de la Avenida do Camiño Francés, algunos exhaustos peregrinos se detenían a agonizar por los callos de sus pies. El tráfico empezó a acumularse a medida que nos acercábamos al centro comercial As Cancelas, y nos detuvimos brevemente para admirar aquel monumento definitivo al capitalismo provinciano: el gran destructor del pequeño y mediano negocio era un traprecio ancho y de fachada feísta, con el color de las yemas de los dedos de un tuberculoso, y sus gigantescas dimensiones ocupaban lo alto de una ladera entregada por completo al lucro de la frivolidad. Dejamos atrás As Cancelas, pero su sombra era tan alargada que oscureció con lóbrega  lasitud el resto de la avenida. Por San Lázaro, la vida parecía detenerse para sofocarse y renovar votos religiosos; de ahí la prodigalidad de sus templos católicos, repartidos con estrategia (y sospecho que veneración) por sus agrietadas callejuelas. Luego, comercios y establecimientos ebrios de soledad cultivaban musgo en sus toldos antediluvianos.

La religiosidad de Santiago de Compostela estaban tan instalada en la psique civil que todas las calles poseían un melodramático impulso de redención, como si lo umbrío de sus cielos grises y sus permeables y perennes lluvias fuesen la fórmula de tantos valles lagrimosos en un camino hacia la salvación. Menos mal que aún les quedaba el negro licor café para nutrir su presencia pía de  necesarias tinieblas. Ya de lleno en el extrarradio, uno se sentía desolado y adoptaba la convicción de sentirse solo en un mundo de máquinas: concesionarios, cafeterías tétricas y coches mal estacionados contribuían al recreo del pensamiento. Pero yo sólo podía pensar acabar cuanto antes el caso del Halo para irme a echar una siesta. Aunque fuese mal y a trompicones.

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Centro comercial As Cancelas ©Galipedia

El taxi al fin se detuvo; en plenos arrabales de Santiago de Compostela, hábitat natural de putas y maleantes, la maleza ocultaba entre sus matojos inextricables el centro neurálgico del periodismo patrio: la estación de RTVG. El taxista me cobró una buena suma y me dejó hecho más ruina de lo que ya mi aspecto evidenciaba: me había gastado ya la mitad del dinero que Currás me dio el primer día, y el alcalde eventual no se había vuelto a asomar a mi morada para abonarme mis emolumentos: la habitual racanería política.

Presidido por un torreón colmado de antenas en su cima, el edificio de la RTVG era demasiado insulso, demasiado anodino, demasiado institucional: hogar inequívoco de la maquinaria televisiva. Levantado sobre un empedrado blanco tipo cirro estival, la continuidad de su parte delantera se veía cortada  por dos ringleras de ventanas tintadas de azul marino para ocultar la sobriedad de unas redacciones convulsas y de unas hemerotecas parcas: el cuidado en el detalle era fundamental para preservar el chiringuito como algo natural. Una enorme G de cobre correoso conmemoraba la fundación de la cadena junto a la entrada; dejé sobre ella el envoltorio del Kit Kat y me adentré por las puertas automáticas con ambición.

Ante mí se levantaba cuatro topes con sus consiguientes barras rotatorias, donde había que fichar para poder acceder al recinto, tal como me había confesado Roi. El guarda, un sexagenario canoso y somnoliento, jugueteaba tristemente con su walkie-talkie desde la ventanilla: su mirada me sorprendió intentando atravesar los topes.

–¿Necesitas ayuda con eso? Los becarios os manejáis mal con las tarjetas los primeros días.
–Oh, no. Es que no me apetece entrar a trabajar.
–Te entiendo perfectamente. ¡Pero de algo hay que vivir! –se rió y buscó la complicidad de mi sonrisa. Al ver que yo no me inmutaba, dejó de reír y se volvió hacia su garita farfullando con una voz que pude oír pefectamente–. Estúpidos críos, que creen que lo saben todo…

Pasada la inevitable aduana sin despertar ningún tipo de sospecha, avancé hacia el pasillo en forma de continua L. Sobre las paredes colgaban pósters de películas gallegas producidas o con la colaboración de RTVG: era una triste forma de embalsamar la gloria en cartón piedra. Como no sabía muy bien hacia dónde tenía que dirigirme para encontrar a Gayoso, me inspiré en dos líneas pintarrajeadas en el suelo a modo de migas de pan: la amarilla conducía hacia la zona de la televisión; la azul llevaba hacia la emisora de radio. Decidí recrear el Mago de Oz y seguí la línea amarilla con la vista fija en el suelo, parodiando con mi rastreo la figura clásica del detective caricaturesco: sólo me faltaba una lupa y podría consagrarme como cliché.

Al final del pasillo, giré a la izquierda siguiendo la línea, y me di de bruces contra una inmensa estatua de plástico que representaba a la mascota del Xabarín Club: del cabezazo que me di, desordené sin duda sus polímeros porcinos. Me levanté entre sus pezuñas y vi que se me había abierto de nuevo la herida del labio; tuve la suerte de que la cafetería estuviese frente a la estatua, e improvisé un torniquete con una servilleta de papel. Cuando ya no salía sangre, guardé la servilleta en el bolsillo y seguí hacia el interior de la gruta, pasadas unas máquinas expendedoras especialmente caras. Las puertas de los despachos estaban abiertas de par en par por ambos costados del pasillo; los trabajadores se agitaban como centellas, cruzando aquí y allá a un ritmo de vértigo en un movimiento digno del pez volador: aleteaban con sus papeles y no parecían tener conciencia más que de sí mismos. Cogí instintivamente un folio blanco de una resma descuidada y detuve a uno de aquellos informadores frenopáticos:

–Hola, perdón, estoy buscando al señor Gayoso. Me han mandado que le entregue este documento para el programa de esta noche – puse especial ahínco en fingir ingenuidad.
–Gayoso a estas horas está en el programa de Xusto López Carril, que hoy le entrevistaban por no sé qué carallada. Vete a radio y mira en las cabinas: debe estar por allí rosmando.

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¿A qué esperas? ¡Afíliate! ©Wikispaces

Volví sobre mis pasos en un coreografía del desconcierto; pasadas las cristaleras como hipertróficas orugas, me encontré ante unas escaleras ante las que no sabía si subir o bajar. Sin tiempo para decidirme, un chico bajo y repeinado me atropelló y subió con celeridad. Mientras dejaba atrás los escalones, me gritó:

–Perdoa, e que traio a crónica do concello e vou sen tempo!

Con las prisas, se le cayó un bloc de tapas verdes que llevaba abierta por la mitad: algunas marcas temporales se fundían con garabatos y dibujos de quien se hastía de prestar atención. Le seguí a duras penas con el bloc en la mano; cuando llegué ante las puertas de la emisora, me di cuenta de que podría haber subido preferiblemente en ascensor y haber ensayado algo más mi discurso ante Gayoso: no se puede dejar nada a la imaginación ante un hombre de su influencia.

Al cruzar el umbral de la radio, la realidad me golpeó como una amante cornuda: un océano de ordenadores desfasados se extendía en forma de archipiélago, y entre sus corrientes circulaban los periodistas como envueltos en un éxtasis divino. Se dedicaban a la comunicación desde la incomunicación más infame. Algún que otro grito atravesaba el desierto de la estación por la inmediatez de la noticia; querían llevar la profesionalidad a tales extremos que descuidaban la humanidad. La cabina de la derecha recordaba a una pecera por su claridad y por su inaccesibilidad: dentro, un hombre de aspecto ceniciento leía plácidamente el periódico mientras locutaba a la alcachofa del micro con algo de desgana. Avancé hasta el universo convulso de los periodistas de radio con miramientos y precaución: no quería que me atraparan en su cadena de gritos particular.

A fuerza de tibias disonancias, me infiltré en el decurso del tiempo desarraigado de la sala, infinitamente breve por la extrema inminencia de todo: el más inane boletín alteraba sus conductas, y entre convulsiones de díscola esquizofrenia, se enfrentaban a una pantalla impoluta donde traducir la actualidad y ejecutar la arquitectura de la información con profesionalidad prosaica y breve: la más mínima inclusión en lo poético conducía al ruido de cables y al silencio de los hechos. La sala se disponía por obvias secciones, a fin de acentuar lo permeable de sus noticias y lo elemental de sus singularidades: en la sección de programas, elaboraban con sobria distensión la edición de sus iniciativas, conscientes de la coartada informal que los representaba y excusaba; en informativos, la información llegaba basta e intragable, y se desbrozaba metódicamente, hasta que el cronómetro de lo inesperado imponía un ritmo de censura y modificación y el suelo se llenaba de pelos arrancados; y en deportes, la díscola egolatría de los sabios autoinvestidos les convertía en un polémico vodevil de discordancias sobre la auténtica validez de Iago Aspas.

Nada más pisé la sala, una chica joven y morena que estaba navegando en la primera fila de ordenadores me miró con sobrecogimiento y se acercó hacía mí con misericordia:

–Boas, que tal? Son Cristina García, do programa da Tarde. Non virás polo do especial dos abusos escolares, non si?
–Me temo que no, señora; el único abuso que sufro es cada vez que me toca pagar en los cines Valle-Inclán.
–Ah. E logo, que fas na radio?

Saqué de nuevo el  folio en blanco que ya me había servido de coartada y repetí la misma cantinela:
–Me mandan de Televisión para darle a Gayoso el programa de hoy y…

Sin tiempo a terminar la frase, Cristina me arrebató el folio de la mano y lo sostuvo con perplejidad. Ante aquel cosmos blanco, incrustó unos ojos desquiciados en mi mirada preñada del temor de quien ha sido descubierto en plena travesura.

–Pero… isto que é?
–Vaya, debo haberme dejado el folio abajo. Ya se sabe; los alumnos de prácticas siempre somos unos despistados.
–Pois vai correndo, que Gayoso aínda non entrou ó programa de Xusto. Está esperando na cabina de edición –y señaló con el dedo hacia la pecera, donde Xusto López seguía leyendo el diario con tranquilidad de tedioso retirado. Cuando me disponía a ir hacia la cabina, el mismo chico que me había atropellado en las escaleras me arrolló por segunda vez en un derribo que ya se podía considerar costumbre por tanta reincidencia. Esta vez ni se detuvo a disculparse; solamente chillaba.

–Merda, merda! Perdín a libreta non sei onde e agora teño que escoitar toda a puta gravación do concello!

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Logo Radio Galega ©RTVG

En una mesa del fondo, una señora de rostro afable se levantó y lo reprendió en un tono friamente maternal:
–Pois apura, Dani, que xa case é a hora! –e hizo un gesto con la cabeza apuntando a un enorme reloj digital que se encontraba sobre el dintel de una galería hacia otros compartimentos. Reparé en que el blanco muro tenía varias televisiones conectadas: era una forma eficaz de plagiar la actualidad.
–Xa vou, Nuria, xa vou! –agitaba la grabadora con ansiedad entre sus manos–. Eu xuraría que a tiña enriba cando cheguei! Igual quedou no coche con Xosé Ramón!
–Nin Xosé Ramón nin nada! –Nuria se había sentado de nuevo en su silla y tecleaba con frenesí –. Os bolseiros sode-lo moito!

Dejé el bloc con disimulo en una papelera cercana; era mi particular indemnización por el acoso y derribo del tal Dani. Sin más preámbulos, me dirigí con determinación hacia la cabina de edición donde estaba Gayoso. Torcí hacia un pasillo angosto y desangelado, y pude ver a varios fumadores escondidos tras la esquina, vulnerando las enmiendas de la ley anti-tabaco con cierta premeditación. Pero quién soy yo para juzgar: guardaba el nihilismo bajo el envés del abrigo. Cuando iba a entrar en la cabina, un nuevo obstáculo en forma de hombre con aspecto agotado y mohíno salió por la puerta; llevaba un horrible polo púrpura, impensable para un torso tan fofo; gritó sin un destinatario fijo:

–¡Que alguien le diga a Nuria que me pase la regleta YA!

Se quedó esperando apoyado en el marco, y me miró con cierto desafío, aunque no pareció darme importancia. Al poco, una becaria llegó rauda con un esquema, y lo entregó con sumisión de oompa-loompa.
–Aquí o tes, Javier! Dixo Nuria que xa case estaba preparada a lista de cortes!

Javier cogió el papel sin ni siquiera mirarla a la cara:
–¡Pues que se den prisa, Lucía, que ya casi son las dos!

La chica asintió y salió corriendo con la misma celeridad con la que había irrumpido. Dentro de la cabina, un Gayoso en mangas de camisa reía cómodamente con carcajadas al pormenor. Incluso con ese donaire, conservaba cierta solemnidad sobre la grey. Lo encaré, y en el momento en que iba a empezar mi interrogatorio, Javier me agarró por el cuello de la chaqueta y me gritó:
–¡Los becarios no podéis estar aquí! Dile a Nuria que te encargue cualquier cosa y así pasas el tiempo hasta la hora de comer. ¡Vamos, fuera, fuera!

Y me cerró la puerta de la cabina en las narices.

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