La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo VI: El profeta celanovés

Un par de gotas del tejado de la facultad de Medicina me bautizaron y empadronaron en el municipio; se doctoraron en escalofríos por los recovecos de mi escuálida espalda mientras un plomizo cielo como un cerro abovedado servía de juez y parte en el rito iniciático. Más le valdría a Roi estar en la facultad. Entre la terebrante jaqueca de un sueño carente de consuelo y el torrente de voz del río de estudiantes en el Obradoiro, los pensamientos huían fatídicamente sin tiempo para el perdón o la redención. Ascendí por San Francisco con la mente vacía; ahora entendía cómo actuaban algunos alumnos de ADE.

El viejo edificio de la facultad de Medicina rivalizaba en ceremoniosidad con sus aledaños: comercios de souvenirs desgajados y pobres, establecimientos de comidas típicas y prodigalidad de tarta de Santiago, y alguna que otra librería especializada en ostetricia y fonendoscopios. Ninguno de ellos podía competir en majestuosidad decadente o en naturaleza atávica: de tan anacrónico, recordaba a un castillo derrotado y asaltado. Sólo las fachadas albas de las tiendas, con su exhibición de camisetas turísticas (“Alguien que me quiere mucho me trajo esta camiseta de Santiago de Compostela”) parecían impregnar algo de color en aquel marchito edificio.

Me humillé ante el pazo de San Francisco en el cruce de caminos por la simple debilidad de mis piernas, pero unos turistas asiáticos me confundieron con un devoto cristiano y retrataron mi alma y mi deshonra para la inmortalidad de sus álbumes. “¡Very Spanish, jamón, flamenco!”; la guía bajó el banderín, me dejó en fuera de juego y me guiñó un ojo: los tenía completamente engañados respecto de la auténtica naturaleza de Santiago de Compostela.

Monasterio de San Francisco

Monasterio de San Francisco de Valdediós. ©Wikimedia

Recompuse mi vergüenza y remonté San Francisco para bajar por Rúa dos Castiñeiros; el otoño había alfombrado con sus hojas muertas la avenida, en un cementerio mustio e inevitable: pero Santiago de Compostela había visto demasiados cadáveres como para alarmarse. Bajar hasta Pelamios era ilustrarse en los efectos luctuosos del viento en las carnes caducas: la corriente se ensañó con mi cara y fusiló mi look de escéptico reincidente, dejándome patidifuso y meditabundo.

A pesar de lo multitudinario de la manifestación, algunos estudiantes cabizbajos ensayaban su papel de esquiroles y avanzaban sin ánimo ni convencimiento a un futuro tan gris como el propio cielo. En el bar Nariño, un forzudo con un tatuaje en forma de ancla en el antebrazo cantaba las cuarenta y dejaba la partida prácticamente decidida. Pelamios era una calle de necesario trámite, un purgatorio de paganos que penan resignadamente; funcionaba como un espinososo entreacto en la función de sobrevivir en Santiago. Rematado por un bulevard boscoso y empedrado, su última farola se constituía en un pródigo tablón de anuncios: asistentas, alquiler de pisos, lecciones de inglés, e incluso una pegatina roída como un vestigio de Ali Agca con la leyenda “Eu nom te espero”.

Enfilado el camino arenoso del Burgo das Nacións, se me claveteaban las piedras en los zapatos como punzantes alfileres; un murmullo de gravilla triturada teñía de barro y cal mis botas marrones, como si hubiese huído de una cadena de presos en Alabama, cuando a lo sumo yo había salido por patas de algún bar o de alguna incómoda relación: me pierden las gentilezas. El lago estaba turbio y plano como una mejilla de la luna; los patos, ante lo tóxico del agua, chapoteaban y se sacudían bajo los árboles de ramas alicaídas para asearse del brebaje contaminado que llamaban hogar. Incluso las paredes del Auditorio de Galicia veían sus bordes carcomidos por la roña y la podredumbre que se hacinaba a sus orillas como un potente ácido, supurando las paredes lívidas un nauseabundo pringue como vómito. A pesar de lo impenetrable del agua, la capa opaca de mugre dejaba entrever parte de sus profundidades: cajas de cigarrillos, bolsas de patatas fritas, envoltorios de chocolatinas… Estoy seguro de que, si se drenase el lago, se cerrarían los asesinatos sin resolver de esta ciudad.

Pasado el ignorado Auditorio, el edificio del Burgo interrumpía con su inusual naturaleza hospitalaria el desamparo de todos los estudiantes, que se veían forzados a convertir en morada los apartados de un solarium para sibaritas: en sus entrañas, el tiempo sólo cobraba el valor que el café le daba. Con la carne aún hecha añicos, se me pasó por la cabeza retirarme a uno de sus sofás y dejar que la máquina me sirviese con diplomacia un café renovador: mi estómago aún practicaba sus propias catástrofes. Pero fui reptando algo famélico hacia la facultad sin detenerme. Con su plateado estilo moderno, se había creado para simple lucimiento del arquitecto (un tal Álvaro Siza), erigiendo varios cubículos argentados con una siniestra harmonía de presidio disimulado. No me manejo bien con la arquitectura moderna, y aquellas inexplicables oquedades en sus flancos y aquel aspecto mideluéstico y el pulido de sus superficies le daban un aspecto de tarta nupcial hecha con prisas.

El Auditorio de Galicia y su pútrido lago. ©Wikimedia

En el espacioso vestíbulo, una enorme lámina pendía del primer piso: al parecer, el sindicato de estudiantes convocaba a todos los alumnos a reunirse en el Obradoiro para manifestarse contra la reforma educacional. Pero mantuve el aplomo: Roi jamás asistiría a una de esas congregaciones estudiantiles, siendo él el perfecto paradigma de bárbaro rancio y montaraz, tan rústico como una chimpín o una hazada. Sobre una blanca pared en el frontispicio del recibidor, un proyector emitía una imagen permanente que oraba: “Se queredes colaborar coa Cuarta Parede, enviade as vosas contribucións a…”, seguido de una dirección de correo algo tendenciosa; la imagen inamovible daba buena cuenta de la popularidad exitosa de aquella iniciativa.

La facultad era tan blanca y sobria como el sobaco de un albino: todo parecía construído en milimétrica sintonía como para ser admirado, no para dar cabida a carreras e investigaciones; el mármol del suelo, otrora impecable, estaba arañado y pisoteado, con unas mayúsculas cicatrices de piedra caliza hendidas sin reparos y sin estorbos. El lugar era tan amplio, que alguien podría chillar de agonía y su grito sólo llegaría días después; pero la facultad se hallaba sumida en una tácita insonoridad en ese momento. De tanto silencio, me sorprendía que Roi estuviese allí: su nombre era sinónimo de griterío, de exclamación inoportuna y falta de modulación.

alvaro-siza-Facultad-de-Xornalismo-1

A Álvaro Siza se le subió la vanidad. ©Hoyesarte

Lo encontré, como era de esperar, en la precaria sala de ordenadores. No estábamos solos en la sala, lo cual me desagradaba: no se podían discutir confidencias en una lugar tan reducido. Algunos de esos aparatos eran tan antiguos que Fraga había dado su visto bueno en un discurso comprensible y sin tartamudeos. Roi estaba sentado en el ordenador con tal interés que se dijera atento y dedicado a su trabajo; pero bajo aquella mirada de ojos azules se podía adivinar perfectamente una desidia imperiosa que entumecía su cuerpo hasta el abandono. Roi era un fenómeno astronómico: con su constitución de planeta, eclipsaba cualquier sala en la que estuviese, y en su desaliñada barba de adán incompetente habitaban ácaros squatters. Llevaba puesta una camiseta de la selección de Ghana de Asamoah Gyan; le toqué en la flácida espalda, y un grasiento sudor se adhirió a mi mano instantánemante. Se giró con pachorra, sin alertarse ante mi cara magullada:
–Home, Ru, que tal leva-lo exame de Áreas?
–Lo suficiente como para pasar a la historia.
–Hostia, e que che trae pola facultade?
–Me aburría y como no daban nada en la tele decidí venir a formarme en la universidad –me limpié disimuladamente la mano sudada en el pantalón –¿Qué, a qué dedicas tu tiempo?
–Nah, aquí tou, no Foro ACB, cacicallando para ver se me traen unhas camisetiñas dende Malasia.

Era cierto; Roi a menudo traficaba con camisetas desde países subdesarrollados, buscando la exclusividad, la discreción y la copia más trabajada para revenderlas en territorio europeo y obtener unos jugosos beneficios. Las imitaciones eran tan buenas que sólo un sastre tiquismiquis podría notar la diferencia; la red de piratería de Roi se extendía por toda la comunidad galega, y en sus hombros sudoríficos y grasientos recaía la figura del hombre en la sombra, la tarántula en el centro de la tela, agitando con destreza de titiritero los hilos para obtener la mayor rentabilidad en el menor tiempo posible. Su gran visión comercial le había grangeado el apodo de “Roistradamus”; las lenguas viperinas apuntaban a que el propio Roi se había autocoronado con el nombre del legendario vidente, pero demasiadas deudas de juego permitían cuestionarse la legitimiad del título. Cuando le descubrí, siguiendo un evidente silogismo de deducciones, me prometió que algún día pagaría mi silencio. Ese día al fin había llegado.

nostradamus

Nostradamus, inspiración de Roi.©Wikimedia

Arrimé una de las desvencijadas sillas y me senté a su lado, que no era demasiado permisivo. En la pantalla, un catálogo de zapatillas de baloncesto marcaba el precio en dólares y en euros.
–Me han dicho que te han cogido de prácticas en la Telegaita –dije en el tono más cómplice que me pudo permitir.
–Si; e non vexas como se pasan; o outro día estiven máis de doce horas para ir ver un Cerceda-Barbadás de merda, redacta-la crónica, tirar as imaxes e tal. Ó final rematei toupao, pero daban un interesantísimo Clippers-Suns que foi a triple prórroga e Crawford tirou un fade away for the win! –con la emoción, se había levantado e imitaba el gesto de un jugador cayéndose hacia atrás; la falta de plasticidad y capacidad atlética le daba un aire de un olmo zarandeado por un huracán.
–Muy emocionante, sin duda. Dime, ¿Gayoso está por las oficinas de la Televisión?
–Si, sempre anda por alí a perde-lo tempo. Debería apuntarse a unha percina ou algo, a ver se perde a tripa que botou, que lle sae por riba dos pantalós.
–Ten cuidado con la viga en tu ojo.
–Eh?
–Murmuraba versos de Lorca. Escucha, ¿hay algún tipo de seguridad para acceder al edificio? ¿Algún control previo, o algo similar?
–Si; temos que levar a tarxeta de prácticas para pasar os postes do principio coma se fichasemos. Se non, teñen un par de gardas na entrada que non che deixan pasar.
–Cantas como un tenor, Roi; es de agradecer tanta colaboración.
–Non lles debo nada, a verdade; trátanme coma un escravo tódolos días, e non estou aprendendo nada.
–A ellos no les debes nada, pero a mí sí: necesito tu tarjeta para ir hasta las oficinas de la TVG.
–Non, ho, que inda me van banear do curro! Non me valerá para nada, pero alomenos teño contactos para seguir co da… –y bajó la voz para que sólo yo pudiera oírlo– venda de souvenirs deportivos.

Aparté con violencia la silla a pesar del dolor de mis magulladuras y lo agarré por las resbaladizas solapas como buenamente pude; haría falta un titán hercúleo para levantar aquella argamasa de mondongo apilado. El estrépito llamó la atención de los otros usuarios, pero no hay periodista heroico: todos se escondieron como perros destetados tras las pantallas.
–¡Escucha, Roi; no quiero caer en la dialéctica de los puños y las patadas! ¡Recuerda que aún me debes un favor, y te aseguro que en mi profesión la fidelidad es un indicio de muerte! ¡De modo que ya puedes ir soltando la tarjeta o atenerte a las consecuencias!

Finalmente, se me escurrió de entre las manos y cayó sobre la silla como desprendido del Enola Gay; la silla no resistió y quebró ante el tonelaje, y un aturdido chaval celanovés con aspiraciones de gángster de poca monta se revolvió entre los huesos de madera. Roi se levantó del suelo sin energías, y el esfuerzo casi le provoca un vahído. Con un ahogada voz, articuló:
–Vale, hostia, Ru, vale! Fáltalle ó respeto ó único home que che pode sacar de pobre nun futuro non demasiado lonxano!
–Tengo demasiados pocos escrúpulos como para dejarme intimidar por un mafioso tan mediocre. Roistradamus… ¿Qué pasa, el conspicuo vidente no vio venir esto? ¿O es que de tanto hacer el cacique has perdido tus habilidades?
–Xa chega, ou! –rebuscó en su cartera y dejó sobre la mesa una tarjeta con su nombre escrito junto al logo de la TVG –. Aí te-la puta tarxeta! Ademais, para que carallo queres ti ir á TVG?
–Nunca me escogieron para el “Cifras e Letras”, y necesito resarcirme.

Me ajusté el abrigo con solvencia y chulería, y giré dando un capotazo. Pero antes de irme, me volví hacia Roi una última vez. Él me miró enervado:
–Xa conseguiches de min todo o que querías. Que máis queres?
Lo miré con detención y lo abofetée con dignidad.
–Tienes suerte; no golpeo bien sin haber desayunado. Aféitate la barba y pierde algo de peso, por tu propia salud. Seguiremos en contacto, Roi.
Salí por la puerta de la sala de ordenadores, y la voz de Roi retumbó como un estertor hiriente:
–Como sigas así has acabar mal, poeta, dígocho eu! Moi mal! Ninguén pode limpar Santiago de criminais!

Tomé aquella frase como la última gran predicción del profeta golpeado en su orgullo. Era un epitafio perfecto. Quizás no fuese tan mal vidente, después de todo. Me guardé la tarjeta y paré un taxi en Avenida de Castelao, justo detrás de la facultad.
–¿A dónde, jefe?
–A la estación de TVG. Y rápido, que mi adivino personal me ha dicho que me queda poco tiempo.

Capítulo anterior, aquí.
Capítulo siguiente, aquí.