La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo V: Mareas rojas

Me despertó un chillido que atravesaba paredes y eones: las vecinas del piso anexo se habían empeñado en triunfar como imitadoras de Ana Torroja, y sus voces anunciaban el inminente juicio final. Asumido ya mi ingreso en los infiernos hace tiempo, me limité a estirar las extremidades y admirar los matices púrpuras de mis hematomas: las más insignes medallas a la resistencia. Atesoré el sabor a sangre seca de la boca y me miré en el espejo del armario con cierto orgullo de superviviente: la nariz se me había hinchado hasta parecerme a Jean-Paul Belmondo, y las heridas, aunque superficiales, acentuaban mi faceta de duro del cine de serie B. Me deslicé hacia la ventana como atravesando un desierto inmenso, y un óxido profundo de tristeza conquistó mis piernas y mis brazos, forzándome a caminar como una marioneta deshilachada. Afuera, había escampado de manera tan súbita que la ciudad entera se retorcía en alegría y desconfianza; en cualquier momento, aquella capa gris sería agujereada de nuevo con fiereza y despiadadamente: había que aprovechar y tomar las calles en nombre de la sequedad.

Al parecer, había dormido todo el fin de semana; el lunes había entrado a gritos por Fernando III. Quitándole tiempo a la ducha y al desayuno, tomé el ascensor y fui avanzando de nuevo hasta el Franco, con mayor o menor pericia: sabía que encontraría a Roi en la facultad, y sólo quedaban cuatro días para el cese involuntario de Currás. En el camino, algunos esqueletos de paraguas, todos ellos tela rasgada y varillas con esguince, encontraban sepulcro improvisado en papeleras y alcantarillas; gente despeinada y retraída que parecía buscar machaconamente un sentido a la palabra spleen y a sus perfidias cotidianas vagaba por las calles inhóspitas; mujeres gitanas de aire macilento, con un recatado pañuelo sobre la cabeza, arrodilladas y pidiendo limosna con un cartel mal redactado y con un tupper como bandeja del que retiraban monedas cada cierto tiempo para mejorar la expresión de austeridad; algún que otro camión de leche Feiraco destacaba en un repetitivo desfile de Seats y Peugeots; en a Senra, el polvoriente busto de Carvalho Calero veía como lo recorría un estatalista musgo dispuesto a la colonización; y un penetrante olor a nardos empapados sumía a la ciudad en una falsa impresión de primavera.

Carvalho Calero

Estatua de Carvalho Calero.©Panoramio

Mi móvil, un viejo modelo negro de Vodafone del 2008 con tapa desplegable, había perdido plenamente su capa de pintura como si los años y mi propia negligencia lo hubiesen calcinado. Pero un detective necesita obligatoriamente un móvil: es el único grillete que lo retiene en la marginalidad. Sin batería, decidí preguntar la hora a una de las señoritas que ofrecían a gritos bollería y confitería en los comercios del Franco, y cuando anunció las 11 y media, un repentino maremoto de voz nos cogió a los dos desprevenidos: venía del Obradoiro.

Con toda la agilidad que mi estado físico me permitía, corrí hasta la plaza en busca de motivos y quizás de un nuevo crimen: tal coral de voces al unísono sólo podían ser indicio de un asesinato o de un concierto de David Civera, pero era demasiado temprano como para que el ínclito cantante hubiese enloquecido ya a sus fans. No, la situación debía ser gravemente atroz para armar tamaño escándalo un lunes por la mañana. Atravesé la serpiente de piedra y quise continuar hasta el Obradoiro, pero tuve que frenar en seco en Fonseca por miedo a ahogarme: ante mí, una multitud rugiente e inclemente se había congregado ante el Rectorado de la Universidad, el pazo de San Xerome, clamando ante la inminente reforma educacional, que empobrecería todavía más los bolsillos de un gremio ya suficientemente saqueado como son los universitarios.

Calculé con exactitud de mirada avezada que unas mil quinientas almas cándidas bramaban a un hombre con aspecto de seminarista empedernido y con propensión a la procacidad que se hacía llamar Juan Casares Long ante cámaras y micrófonos, reconociéndole el pie de foto como señor Rector de la Universidad, pero que a puerta cerrada exigía con aspavientos de monarca que le llamasen don Juan, por respeto a su fama de seductor trapisondista y mujeriego. La muchedumbre se agolpaba ante San Xerome entonando cantinelas y pegadizas consignas, que servían para dar justicia poética a su exaltada frustración:

¡Dimisión,
Juan Casares Long!

Me confundí entre la turba de palestinas y piercings nasales intentando bordear por nuestra señorona de provincias que es la Catedral; Currás había cumplido su palabra, y un opaco toldo de plástico recubría la fachada del monumento, inhabilitando el paso a los don nadies pedestres: seguramente, ahora estaría tiritando bajo la mesa de su despacho, por temor a que la marabunta de estudiantes decidiese retomar la perdida costumbre de someter a sus gobernantes.

Se notaba que aquella manifestación estaba forjada desde el desencuentro y la ocasión: algunos estudiantes, barbudos y con finas y mohosas rastas, erguían con patrio orgullo banderas estrelladas de redención imperialista mientras lucían con orgullo chapas de Castelao y Rosalía en sus camisas de cuadros; otro grupúsculo, todas ellas hembras con talle de turbina de desguace, protestaban por la injusticia del tratamiento recibido por la mujer en el entorno social mientras exigían la castración de toda la comitiva del Rectorado; los había que, con enormes carteles confeccionados a mano, exigían enseñanza pública y única en galego, mientras se comunicaban entre sí con la vernácula lengua de Cervantes; incluso había quien pedía libertad para los presos políticos da naçom de Breogán, vindicando su derecho a la libertad de expresión mientras tiraban piedras a los ventanucos y balconadas del Rectorado. Entre tanto eclecticismo, rodé como una estrella de rock fracasada hasta que la multitud se decidió a expulsarme de una vez por todas de su selecta organización ante mi falta de compromiso. “Ningún estudante pode rexeitar a outros estudantes! Non les Sermos, ou?”, me dijeron a empujones. Adoro el compañerismo.

Mareas Rojas

Manifestación en el Obradoiro. ©Efe Lavandeir Jr.

El alboroto me había distraído del caso por unos instantes, pero reconocí a un viejo conocido apoyado en una de las numerosas arcadas del pazo de Raxoi: el achacoso oficial Pereda. Gordinflón y putero, ese hombre era policía de los pies a la cabeza; su níveo y espectacular bigote había resuelto más casos prescindibles que ningún otro agente de la ley, más ocupados en investigar verdaderos problemas como el tráfico de estupefacientes. Pereda actuaba con tal parsimonia que parecía saber en todo momento cuál era el problema, y sólo perdía el tiempo para ganar años. Aún a día de hoy conserva el récord de mayor número de chupitos de licorcafé consumidos en comisaría. Debería haberse jubilado hace años, pero una antigua obcecación por la justicia lo convertía en un risible tótem entre el cuerpo del orden.

Me abrí paso sin certeza entre los manifestantes para acercarme y charlar con el viejo Pereda: ejercía a las veces de eslabón entre mis intereses y la centralita, y no pedía a cambio más que un espectador para sus batallitas de anciano nostálgico donde siempre salía bien parado. Me recibió con extraña sequedad:
–¿Qué te ha pasado, poeta? ¡Tienes la cara llena de cicatrices!
–Los riesgos del fumador pasivo, Pereda. Deberían blindar más esa ley. Bueno, ¿qué tenemos por aquí?
–Esto que ves –dijo como un guía turístico, haciendo un gesto panorámico de todo el gentío– es un grupo de rojillos malhablados que no tienen respeto alguno por la autoridad. ¡Sólo hacen que insultar a don Juan, un señor siempre respetable! ¡Y se han mofado de mi forma y me han llamado “bola de grasa”! ¿Te lo puedes creer?
–No, es ciertamente inconcebible –no pude evitar ver que la barriga había desabrochado algunos botones de un uniforme manchado con migas de pan –. Dime, ¿qué pensáis hacer al respecto?
–En principio, dejar que sigan vociferando como los locos ante el precipicio. Pero si se ponen tontos, ¡pam! –se golpeó la mano con la porra –, dejarlos secos y al calabozo a jurar y perjurar que no han hecho nada. Pandilla de mamelucos piojosos.
–Mucha persuasión, sin duda. Le echáis mucha mano izquierda al asunto.
–No, yo uso más la derecha. La derecha es para pegar los porrazos.
–De acuerdo, Pereda, de acuerdo –noté que respiraba con dificultad, como si acabase de correr una maratón. Los Montgolfier lo hubiesen idolatrado –. Oye, ya que te tengo aquí, ¿podrías hacerme un favor?
–Por ti, poeta, lo que sea. Repusiste a la ciudad su orgullo perdido al recuperar el Códice. Dios te lo pague.
–Sí, sí, el Códice… –le quité hierro al asunto; no quería ser el one-hit wonder de los detectives privados –. Mira; necesito que entres en los registros de comisaría y busques todos los nombres que coincidan con las siglas J.C. ¿Lo has entendido, o te lo anoto en una papelito?
La placa surfeaba aquellos turgentes pechos masculinos con cierta audacia.
–Anótamelo, anótamelo; a mi edad, esas cosas se olvidan. ¡Ya no me acuerdo ni que he desayunado hoy!
A juzgar por el aroma que desprendía, yo diría que un bocadillo de excrementos de babuino; preferí guardarme el comentario para mis adentros, y me apresuré a anotarle las siglas en el flyer de un restaurante colindante que nunca visitaría. Lo miró entrecerrando los ojos, y juzgó mi caligrafía como suficientemente legible para su vista cansada.
–¿Para qué necesitas estos datos, poeta?
–Un trabajo de la facultad, claro; estamos estudiando la probabilidad con la que unas siglas acceden a según qué medio para luego confeccionar una tabla de estadísticas.
–Claro, claro, lo entiendo perfectamente. Ven mañana a por ellos; los tendré a primera hora.
–Estupendo. ¿Qué tal tu señora, por cierto?
–Mi señora, de vicio; ahora debe estar camino del Caribe, de crucero con su nuevo amante. Y lo tranquilo que me deja, chico.

Dejé a Pereda apocado en su mediocridad y me volví a inmiscuir entre la muchedumbre, donde un par de jóvenes con camisas de tartán rojo, gafas de montura negra y chapas de “Xeración Nós” se dedicaban a saquear todos los paraguas que encontraran con disimulo de abejorros distraidos, ante la atenta mirada de un Pereda que me despedía con efusión. Dejé atrás un Obradoiro atestado de inconformismo y encaré San Francisco entre abucheos y broncas de los estudiantes: la generación del WhatsApp clamaba por sus derechos mientras se hacían fotos para el Twitter.

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