La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo IX: El derecho al pataleo

Con más pena que gloria hilvané algunos tercetos salpicados de autobiografía y esperpento, pero procuré disfrazarlos para que pareciesen juergas epilépticas del hepático Zapatones. Lo pueril de las rimas rozaba lo insultante, pero hice los versos tan deliberadamente obscenos que contentasen a su futura audiencia en un registro que mediaba entre lo ordinario y lo zafio. Poco más podía hacer en menos de dos horas.

Me pegué una ducha para espabilarme y aproveché para cambiarme la ropa; apestaba a callejones milenarios y a cuerpo lacerado: el hedor de la eficacia laboral. Me puse una camisa negra a rayas que disimulase lo languideciente de mis esfuerzos vanos, una americana casposa que me confería una impresión de crítico de arte implacable, y unos zapatos negros tan ajustados y polvorientos que mis talones se convertían en tocones inmarcesibles. Parecía que acabase de salir de un simposio para jóvenes emprendedores.

Abandoné la casa y las connotaciones de su responsabilidad para imbuirme de nuevo de las penumbras endémicas de Santiago de Compostela. A esas horas, en pleno lunes, los bulevares de la ciudad eran nóminas de brillantes ausencias, y tan sólo algunos atrevidos individuos vestidos para pasar inadvertidos osaban adentrarse en las silentes avenidas. Incluso en la Praza Roxa se podía recrear uno en la intransigencia de la soledad: la gélida brisa fluctuaba sigilosa por los tejados rojizos y ondulantes, vestigios de una estética atávica. Todo era desamparo, y la ciudad se abría ante mí con la desnudez permisiva de una puta de Rúa do Pombal: anciana y hastiada.

Mientras dejaba atrás Follas Novas, pensé en Santiago de Compostela como un caótico cuerpo, débil y mortal, un cuerpo extenuado sometido a la acupuntura de la tempestad para tratar su adicción a la nostalgia. Y comprendí que un detective no es sino la linfa que purga de impurezas el cuerpo que lo habita, cuya labor anónima es irremplazable e ignorada. Ser detective es abrazar el abandono desde las sombras incógnitas; un oficio opaco e inmisericorde con el que devolver algo de lustro a estos pasadizos compostelanos entre el quizás y el todavía.

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Los paraguas y su tela de cañón. ©Compostela Daily Photo

El cielo parecía un enorme charco de alquitrán donde ardían diminutas hogueras; pasado Carreira do Conde, el corazón de la campana ensayó sístoles y diástoles para introducirme de nuevo en un tiempo real: las dos y media de la mañana y Santiago cierra España a los enemigos de la incultura. Me puse la prisa de capote y decidí echar a correr para sorpresa de mis heridas; el cansancio hizo añicos mi ambición de recordman, y tuve que aceptar entre jadeos que ya no estaba para aquellos trotes cochineros.

Cuando al fin me personé en la Fonda, el local estaba tan vacío como mi mirada ante el espejo. El camarero me jugó un déjà vu y en una ojeada adusta me hizo toda una inspección de sanidad; su mujer absorbía telebasura desde la enajenación acrítica e impersonal. Me acerqué a la barra con la conciencia tranquila.

–Oiga, ¿no habrá visto usted a Zapatones, verdad?

Sus pupilas despectivas estudiaron con desinterés mi rostro malherido.
–Si, marchou d’aquí hai cousa de dez minutos. Ti é-lo poetastro, non si?
–Depende. ¿Me invitará a una copa por serlo?
–Non estou para bromas –gruñó ante mi inocente comentario –. Zapatones dixo que te esperaba na Praza da Quintana, e que para a próxima te apures.
–Eso suena a algo que Zapatones diría. ¿Algo más, amigo?
–Si; lévalle isto, que o deixou de tan bébedo que ía.

Cogió un pequeño cuaderno tatuado de manchas de tinto que tenía sobre un tonel de madera y lo sacudió ligeramente ante mi cara. Abrí el cuaderno distraídamente: estaba lleno de anotaciones hológrafas con una letra tan depurada que parecía material de imprenta, fruto de un pulso demasiado meticuloso. Lo guardé en el bolsillo de la americana, y me olvidé de darle las gracias al camarero por el noble arte de no matar al mensajero.

Santiago se contrajo en un afilado escalofrío que dejó tiritando las hombreras de mi americana. Parecía que la ciudad se hubiese pegado un empacho de escarcha y al mercurio le diese por practicar puenting. El frío era tal que, mientras cruzaba el Franco hacia Platerías, pude ver una perfecta parábola de carámbanos agitándose en los arcos de la oficina de Correos. Las desiguales baldosas se fundían en plata y relente: parecía caminar sobre el filo de una fina navaja.

Mis irregulares dientes se habían empeñado en castañetear mientras subía por Fonseca, pero extraje una hombría insospechada y asimilé las condiciones climatológicas como algo natural: la frialdad como idiosincrasia de mis deberes urbanos. La oscuridad se cernía de forma intratable sobre fachadas y alféizares como una cegadora gangrena; en su siniestro vientre, sólo se oían mis entrecortados pasos como una blanda palpitación.

Me detuve frente a la Fuente de los Caballos un instante. Los animales, con la piel glauca de tanto perpetuar su blancura, escupían agua hacia un verdoso pozo donde irradiaban decenas de monedas de valor insignificante: el precio de las falsas esperanzas. Decidí cambiar el curso de mi suerte, y arrojé a aquella laguna Estigia de la ambición una moneda de 10 céntimos que bailaba en mis bolsillos. Los caballos siguieron babeando como corceles indomables y un Santiago el Grande aún carente de yelmo se impacientaba en el retablo de la Catedral.

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Quintana, frente al vendaval. ©Compostela Daily Photo

Subí las escaleras por donde la hierba asomaba con cobardía y me planté en la Praza da Quintana con arrojos de profesional sagaz. A espaldas de la Catedral, Quintana era demasiado vasta y demasiado vacua: despojada de toda humanidad y abigarrada de silencios y oquedades, era un lugar de transición para turistas y románticos trapisondistas. Con su forma de perfecto cuadrado, se abría al cielo como un aburrido bostezo. Sus mayores atractivos eran un enorme crucifijo instalado en la fachada de un edificio colindante junto a una placa conmemorativa, y la sombra del peregrino ahorcado. El ingenio visual del ahorcado venía de una columna roma a pie de caminante, sujeta a uno de los salientes de la catedral con una cuerda delgada y tensa; al caer la noche, los focos se precipitaban sobre la columna de tal modo que la impresión del ahorcado se proyectaba sobre el muro tras él, sorprendiendo a los menos habituales del lugar.

Me acerqué hasta el ahorcado e intenté empatizar con su sufrimiento: mi sombra se superpuso a la suya y la soga se dibujó alrededor de mi cuello como un tétrico augurio. Me apoyé en la columna y miré alrededor: por Quintana sólo pasaba el eco de mis pensamientos y la tenebrosidad de un peligro siempre presente; ni rastro de Zapatones. Unos pasos en las escaleras del norte; una pareja algo cuitada bajaba con divertimento entre besos y susurros y hacía caso omiso de mi desprecio. Cruzaban la plaza con diligencia, cumpliendo los ritos del amor profano. Pero cuando pasaron cerca de mí, la chica me apuntó y comenzó a chillar estentóreamente; el rostro se le había demacrado por el espanto.

–Señora, por favor, que tampoco soy tan feo. Esto son sólo heridas de un mal partido.

Pero ella continuaba gritando mientras su novio la abrazaba intentando apaciguarla. Ambos parecían estar viviendo una pesadilla. El chico finalmente fue capaz de mascullar unas palabras:
–¡Un…un… un ahorcado!

Conque era eso; se habían dejado engañar como crédulos con la fantasía farsante de la sombra del ahorcado. Me acerqué a ellos lentamente e intenté explicarles la debacle de la ficción, pero seguían con su consigna de. pánico como máxima:
–¡Que no, imbécil; un ahorcado de verdad! ¡Mira allí arriba!

De la cornisa del torreón que estaba sobre el peregrino ahorcado, una figura bailaba mecida por el viento; su cuerpo tropezaba contra el saliente, sujeto a un cable que lo balanceaba como un péndulo que oscila exangüe. Me contagié del pánico de la pareja cuando vi asomar una enorme narizota en el pálido rostro de aquel cadáver vestido de apóstol: un Zapatones inerte viajaba ya hacia donde habita el olvido. Santiago de Compostela estaba helada de consternación.

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