La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo IV: Fumar duele

La señora aprovechó el súbito silencio de mi parálisis para hacer regresar a Jorge Javier y su sonrisa de obeso rehabilitado. Zapatones reía mientras se golpeaba la rodilla con la mano: parecía que se desinflaba con cada nueva carcajada. Abandoné la actitud de estatua regia y sacudí la cabeza para espantar el aturdimiento.
–Así que Gayoso es nuestro hombre, eh… Debí imaginar que sólo un calvo querría el halo de un Santo tuerto.
–No hables tanto, poetastro, que tu frente está plagadita de bahías. Tienes más entradas que un concierto de la Sala Capitol.
Me froté el pelo con inseguridad, pero un gélido arrebato de pundonor me empujó hacia la calle de nuevo. Subí la cremallera hasta que sus dientes se entendieron con los pelos de mi barba nazarena; antes de salir, dirigí un último aliento a Zapatones:
–Mantenme al tanto de todo lo que pueda surgir en torno al tema del tocado del Apóstol. Empiezo a creer que me han contratado más por buscavidas que por sabueso…
–Como quieras, poetastro; sabes que puedes encontrarme en cualquier tasca de la zona vieja. Y que no se te olvide nuestro pacto; no seremos caballeros, pero los canallas también tienen su honrilla.
–Tendrás las coplillas el lunes, palabra de periodista escrupuloso. Procura no haber muerto de cirrosis para entonces.
–Tranquilo; este vino es tan malo que como mucho me moriré de asco.
–Una última cosa… ¿te dicen algo las siglas J.C.?
–¿J.C.? Mmm…¿no era el que multiplicaba panes y peces? ¡A quién se le ocurre crucificar a un colega que podía conseguir vino gratis!
–Me lo temía. En fin, gracias, Zapatones; nos veremos por los bares.

 Todavía caía el diluvio y el callejón no bastaba para albergar tantas incógnitas solteras: ¿quién era J.C.? ¿Cómo hacer para llegar a Gayoso, cuya fama de hombre inexpugnable se extendía por toda la ribera del Sar? ¿Y con qué limpiar el vómito y la sangre de estos vaqueros? Decidí que era más prudente regresar al hogar y sopesarlo con el desiderátum de la almohada; quizás desde la zona REM mis deducciones fuesen más efectivas. O, como mínimo, más inspiradoras.

Remonté mis pasos y a la altura de Porta Faxeira me volvieron a pedir un cigarrillo; al parecer, hoy me había despertado con cara de estanco. Eran apenas unos adolescentes imberbes, un total de tres o cuatro, con chaquetones negros, redondeados y gruesos como neumáticos de Michelin; les indiqué con diligencia que se compraran sus propios vicios, como hacíamos los demás. El que me había pedido el cigarrillo, que se imponía como cabecilla de la manada, torció el rostro en un gesto de frustración.

–Mira, neno, sólo te pedí un pitillo, eh. A ver que hablas, que te meto un fogón.

Vaya, el chico había leído de nouvelle cuisine, sin duda. Alcé las cejas con gesto de sorpresa y dejé que una mueca de censura definiese mi ánimo. Todo un ejemplo de civilización.
–Caray, no sé qué decir. ¿Me lo puedes traducir o todavía no habéis evolucionado hasta ese punto? Porque he oído que ahora los primates habéis aprendido a usar el retrete.

Se le hinchó la vena de la frente como el brazo de un bebé rechoncho. Al parecer, mi descafeinado estilo de cinismo y sarcasmo no parecía de su agrado. Sus compañeros anónimos lo miraban con pánico hasta que uno de ellos, que llevaba una camiseta del Dépor con el logo de DreamCast, le apoyó la mano con calma sobre el hombro y le habló pausadamente:
–Va, ho, no te chines con este ghicho, Manu, que va pasadérrimo. Es un chuzas que va como una PREA. Achanta de ahí, que nos espera la já del Pita con sus amigas, y una que me estoy matizando tiene un bul que flipas, chorbo. Si salimos a sachar aún pillamos para mazar y aún quedará algo de jalufa para jalar a dolor.
–Buah, a mí este notas me da una pía que flipas, Jose. ¿Pero tú viste cómo se lo bate? ¡El puto ñú de los huevos! Seica se cree el puto amo. Pues vaya percal del mil te espera, neno. Te voy a aplicar la del trece-catorce.

Cigarrillo

Todo sea por un cigarrillo. ©Buenasalud

Me debatía entre el miedo y la estupefacción; no estaba muy seguro de lo que hablaban, pero por algún motivo estaba seguro de que corría peligro cerca de aquellos botarates, así que intenté retirarme con disimulo. Pero en el momento en que me giraba, Manu me soltó una coz en el costillar que me tumbó sobre las empapadas baldosas. Me di de bruces contra el suelo y de la nariz y la boca empezó a brotar sangre a borbotones como en una fuente artificial. Me volví, y aquella cuadrilla de adolescentes parecía de repente un escuadrón de titanes. Se lanzaron todos sobre mí y me aporrearon a puño cerrado como un saco de boxeo ajado. Intenté defenderme, pero la torpeza y la lluvia se aliaron para hacerme parecer un pez ciego fuera del agua, chapoteando entre sangre y puñetazos. El NorthFace amortiguaba parte de los golpes, pero las patadas en las canillas se sentían en carne viva. Jose, que en principio parecía querer pacificar la situación, rebuscó en mis bolsillos y consiguió sacar la cartera. La abrió con decepción:
–Este pavo está pelado –Se acercó hasta mi cara ensangrentada y me escupió en la mejilla –. Aún safas, neno –me tiró la cartera al pecho, donde cayó acunada.

Después de que pusieran fin a esta gratuita sesión de quiropráctica, me incorporé como emergiendo de debajo de una montaña y estiré la boca partida hasta sonreír como un comodín:
–No está mal, tíos; pero yo me hubiera ensañado más con la espalda; últimamente no duermo bien por unos dolores en la zona lumbar.
Me contemplaron con asombro y desprecio. Manu hizo ademán de regresar a la carga, pero Jose lo contuvo con tácticas de embajador:
–Este pavo aguantó los tibiazos a ful, Manu, y no tiene guita. Va. Vámonos a gambín y así no nos cachan.

Giraron sobre sus tobillos y salieron disparados como viudas en tiempo de rebajas, llevándose por delante mi paraguas, que se quebró como la pierna de Manuel Pablo. Me quedé sentado unos segundos bajo el persistente aguacero para atenuar los músculos y limpiar la sangre de las heridas. Era incapaz de abrir el párpado izquierdo, de modo que sabía que podría asistir a un entierro sin problemas protocolarios con un elegante ojo a la funerala. Con algo de desacierto, me incorporé y me sacudí las mangas para evitar darle importancia al asunto. Conservaba intacta mi elegancia de tímido pordiosero. Lo peor de todo es que la mancha de vómito resistía con una perseverancia encomiable.

Manuel Pablo

La lesión de Manuel Pablo. ©El País

La moledura de tendones me había forzado a regresar con el paso equívoco de un funambulista: despacio, con meticulosidad, procurando no caer al vacío. Caminé lo que calculé eran dos eternidades y media sin que nadie se prestase a auxiliar mis llagas: los habitantes de Santiago viven de espaldas hacia adentro, con un balcón que da solamente a su ombligo. Santiago bajo la lluvia huele a médano y a necrópolis. Cuando al fin llegué a Follas Novas, el cristal se empeñó en entregarme una imagen de extra de película de George A. Romero: los regueros de sangre y la pobre iluminación me resumían en una novela de Stendhal.

Al ir a bajar por Santo Domingo, una baldosa se levantó y me vi caer de nuevo al suelo porque mis pies se empeñaban en sublevarse contra su amo. Rodé por la empinada cuesta impotentemente hasta que el banco de media luna de piedra me sirvió de aduana y me afinó la zona de los inexistentes abdominales. En el suelo, no obstante, encontré una moneda de 2 euros rutilante y escurridiza. Era sin duda el hombre más afortunado de esta ciudad.

De vuelta a casa, me paré en el 24 horas que hace esquina entre Ramón Cabanillas y República Argentina: una verdadera combinación de exilios. La dependienta, una chica joven y vestida con un chándal negro, me miró con repugnancia cuando atravesé el umbral, pero no dijo nada y volvió a su revista de cotilleos. El establecimiento era humilde hasta lo Guardiola; tenía un techo bajo donde las arañas hacían su Woodstock, con vigas en relieve y desnudas paredes de estuco grisáceo con bultos en algunas zonas. Una mísera cristalera ofrecía una radiografía amparada del exterior. Un par de estanterías recogían todo el escueto inventario: patatas fritas, periódicos, frutos secos… Mientras me sumergía en las principales cabeceras comprobando que no me había tocado la Quiniela, dos jóvenes entraron en el local entre risas y cuchicheos.

Uno era moreno, metro ochenta y poco, con una barba recortada por donde un bigote tupido caía por sobre el labio superior como una cascada capilar; arqueaba las cejas con expresión de suspicacia perenne, y la frente se le doblaba como una marea pálida. El otro, algo más bajo, era un rubio de pelo pajizo y rizado, que podría parecer pelirrojo a ojos engañados; de tan descolorido parecía enfermizo, y le acompañaban unas cejas bulímicas bajo las que se erguía una nariz de semita devoto, que vista de perfil cobraba el aspecto de una erección facial; a pesar del vendaval, llevaba una breve camiseta blanca de asas por donde dos brazos escuchimizados pendían como longanizas, y un pantalón del Celta, ya descatalogado; aquella cara rubicunda parecía no haber conocido jamás el vello, con su aspecto de querubín mercenario . El alto entró blandiendo un bastón de madera de roble de corte inglés, y cuando la dependienta dejó de prestarles atención por lo extraordinario de su presencia, aprovecharon para llenarse los bolsillos con huevos Kinder con la habilidad de cleptómanos veteranos. Pero en ese instante el compañero de la dependienta llegó a local y los pilló in fraganti, y tras advertirles severamente que abandonasen el local, tuvo que echarlos a puntapiés entre protestas y exabruptos mientras el alto gritaba y agitaba el cayado:
–¡Chico, chico! ¿Pero tú te has leído el Quijote?

Una vez fuera, vagaron bajo la lluvia sin rumbo fijo hasta perderse por Fernando III. Me compré un bocadillo de queso y bacon: las palizas le abren a uno el apetito. Con cierto apuro llegué a casa, y en la puerta del edificio encontré un cartel de promoción. Al parecer un grupo llamado “Los Apaches de París” ofrecía un concierto con una serie de versiones de artistas célebres por el módico precio de cinco euros. No soy mucho de malgastar el dinero, de modo que arranqué el cartel de esos principiantes y lo tiré a una papelera: los Apaches dormirán mañana en el vertedero. Acabé el bocata antes de subir hasta el tercero; tenía la sospecha de que Pan percibiría el olor a bacon sudoroso y acudiría a repartir el alimento de mis miserias: pero los detectives no se pueden permitir el lujo de compartir.

Los Apaches

Los auténticos Apaches de París.©MessyNessyChic

Al llegar al piso con gran angustia, me desplomé sobre el sofá de la salita, con tan mala suerte que golpeé la pared de la habitación de Pan, que hizo acto de presencia ipso facto. Preparado para otro incómodo desfile de ropa interior me repanchingué como pude; me miró con desconcierto y algo de preocupación:
–Que che foi, ho? E todas esas feridas?
–Los problemas del tabaco, amigo. Fumar no es bueno para el organismo: le deja a uno hecho unos zorros.
–Pero se ti non fumas…
–Lo sé.

Pan torció la boca con cóncava extrañeza y se encogió de hombros sin saber qué decir.
–En fin, vexo que andas ben; volvo para adentro, que tou cacicallando con Roi algo para a revista. –Al hablar, Pan tenía la extraña manía de repetir su frase moviendo los labios, como un ineficaz playback.

–¿Qué revista?
–A que xa che contara que montara con algúns da facultade.
–Ah, ¿la chorrada esa de Compostimes? Periodismo universitario y servil, amigo. Sois el caos hecho artículos.
Se le notó molesto por mi comentario viperino, pero se apiadó del apaleado y entornó la puerta mientras refunfuñaba.
–Pois Roi conseguiu unha entrevista con Caneda, o ex-presidente do Compostela. A ver que sae d’aí! Quedou con el mañá, cando saia de prácticas da TVG.

Caneda, otro canalla para el montón y… un segundo… Me puse de pie repentinamente a pesar del dolor y abrí la puerta de Pan procurando no vomitar; su habitación era una jungla donde ropas, libros y otros efluvios se confundían en montones dispersos por un suelo que había dejado de existir hace estaciones.
–¿Qué has dicho de Roi?
–Que vai entrevistar a Caneda, ou. Estás xordo?
–¡No, no, lo otro! ¡Lo de las prácticas!
–Ah; a Roi collérono para prácticas na sección de Deportes da TVG, e téñeno explotado a base de ben. Seica traballa máis do que debe e…
–Eso no me importa. Dime, ¿Roi está en Santiago o se ha vuelto a Celanova?
–Que eu saiba está na casa; pero agora andará viciando ó NBA, que é coma se non estivera.

Sonreí triunfalmente; Roi podía ser mi pase a la TVG, y desde allí podría contactar fácilmente con Gayoso: la estación de televisión es el único lugar en que resulta vulnerable. Le di las gracias a Pan y volví a mi cuarto, tiré el abrigo sobre la silla y caí instantánemante en la cama, sumido en un profundo duermevela. Esa noche soñé con apóstoles, coruñeses y apaches: los ingredientes para un crimen perfecto.

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