La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo III: In vino veritas

Salí con tanta prisa de casa que me dejé el dinero de Currás y mi sentido de la perspicacia en la habitación. Embutido en mi abrigo acolchado de NorthFace, cortesía de un invierno finés especialmente gélido, salí a la calle con una sentimiento extraño de perplejidad y escepticismo: ¿quién querría ver lejos del Concello de Santiago a Ángel Currás? Supuse que la nómina se extendía hasta los cientos de posibles sospechosos: el alcalde no gozaba de simpatías ni siquiera entre sus correligionarios. Y debía empezar a pensar quién era el tal J.C.

Ensimismado en mis vagas elucubraciones, no reparé en el vómito de las escaleras y me empantané del grumoso desprecio estomacal de algún estudiante; traté de limpiarlo con un pañuelo, pero el profundo aroma a alcoholes mezclados se había adherido a la suela como una terca babosa. Cuándo aprenderán a dejar el Ron Negrita…

En la más insondable inopia, necesitaba urgentemente alguna pista que me pusiera bajo aviso de algún posible implicado; un detective sin pistas es peor que una stripper con bocio: desempeña su labor sin saber a ciencia cierta qué está ocurriendo. Justo en ese momento la campana de la Catedral redobló con el estruendo de una furiosa madre; tañía a medianoche, y su trémulo vozarrón reverberó entre las gotas de lluvia con un eco húmedo y umbrío. Perfecto; a esas horas, mi informante debía estar en su habitual puesto de vigilancia, atento como un lemur insomne.

Resguardado bajo un mísero paraguas de publicidad, me desplacé por la acera cojeando torpemente, poniendo especial atención en que la bota del vómito se empapase de las gotas de lluvia y perdiese esa hedionda capa que la recubría. Bajando por Ramón Cabanillas, conseguí llegar hasta Praza Roxa; los focos eran insuficientes para definir aquella aberración arquitectónica: sostenidas sobre unos postes raquíticos, las construcciones de metal abovedado parecían dos kayak dispuestos para drenarse. En la semiluna de piedra de su banco, un adolescente buscaba amparo de la lluvia mientras batía récords en el Candy Crush. Al pasar por su lado, me miró con sutil indiferencia y dirigió su imponente mentón hacia mi cara:
– Eh, tío, ¿tienes un piti?
– Lo siento, amigo; tendrás que contentarte con chupar el asfalto.

plaza-roja_137100

Praza Roxa. ©Minube.com

Sin esperar su reacción, remonté la farragosa cuesta de Santo Domingo y me detuve ante Follas Novas con la esperanza infantil de que estuviesen promocionando alguno de mis libros de poesía: la perfecta vanidad del poeta jubilado. El cristal empañado tan sólo me devolvió una penosa estampa de un rostro consumido por la abstinencia involuntaria y un par de libros de Manuel Rivas, siempre a la vanguardia. Tras colocarme un mechón descarriado, superé los abarrotados contenedores de vidrio y de plástico y tomé por Rapa da Folla, mientras las luces del OpenCor desierto entorpecían el tamborileo del chaparrón sobre mi sombra: una verdadera imagen de alfeñique exhausto. A ambos lados de Carreira do Conde los vehículos se disponían en oportunistas hileras como un mausoleo al diésel derrochado; el baldosado era tan irregular que resbalé y me rasgué los vaqueros en la rodilla hasta hacer un descosido como un bostezo: todo conducía inequívocamente al sueño y a la sangre.

Entre la herida y el vómito, me tuve que resignar a caminar como un cangrejo con desorden de identidad. Santiago es un vestigio de un tiempo olvidado: conservado como un fetiche nocturno, sus calles cultivan continuamente la esperanza de un nuevo amanecer más allá de la tormenta. Crucé en A Senra aprovechando la opacidad del semáforo nocturno y la complicidad de los taxis para ebrios mequetrefes. Ante mí, la Rúa do Franco se extendía como una espídica serpiente de piedra con sarpullido: a lo largo de sus irregulares fachadas, los carteles de hostales y restaurantes pugnaban por preservar su dignidad bajo un alboroto de chubascos y tinieblas. Aquel tumefacto pasadizo hacia los pies de la Catedral proponía una salvaje ruta a través de las fachadas milenarias, de las grietas ancestrales, donde el musgo desnudo desbordaba las piedras. Pero a estas horas aquella calle legendaria no interesaba ni a turistas ni a gourmets; tan sólo el jaleo endémico de la casta universitaria resoplaba a lo largo de la galería como una profusa estridencia de deseo y locura: desde aquí se oían algunas canciones de Xabarín Club desentonadas frente al bar Ourense que nacían de los sótanos de la garganta que el vino blanco barato había bañado. Como un pabellón de tinieblas, unas farolas inútiles atravesaban la oscuridad para desdibujar reflejos opacos de papeleras y paraguas en las baldosas húmedas.

OLYMPUS DIGITAL CAMERA

Rúa do Franco.©Patyporelmundo.com

Pese a que o Franco invitaba a explorarlo casi a ciegas, me rehice y evité los derroteros de la resaca por una insólita ortodoxia en mi trabajo: un devastador ataque de madurez me hendió la puñalada trapera. De modo que evité la fragilidad de las cuncas y me arrastré por penitencia por la Rúa do Peso, donde las paredes a medio encalar revelaban estragos y matices descuidados, y una tenaz capa de verdín tiznaba bajos y contraventanas con impudicia. Regatée por las calles con cierta audacia; contemplo la idea de que Santiago de Compostela fuese el modelo que inspiró a Dédalo para decorar la morada del Minotauro. Al fin llegué a mi destino: el Bar Club Fonda.

Aunque las gotas caían como lanzas, el cartel de la Fonda exhibía la perpetua llama de su óxido en un cartel que databa con toda seguridad de cuando el general Mola aún era cadete. El establecimiento era tan intrascendente que cualquiera que no lo conociese creería que aquéllo era una casa abandonada, y lo cierto es que la fortuna (si algún día existió) había empujado a la Fonda al desamparo más inerme. La gente de bien lo llamaba “antro de mala muerte”, sin saber que en sus entrañas se urdía el sino fatal de la capital. La entrada se hundía en un marco mohoso de piedra caliza; la puerta, de madera roída y verdeada por el clima santiagués, resistía con dificultades los embates para ocultar prácticamente nada. Al desplazarla, la herrumbrosa aldaba golpeaba un muro agrietado y sobre el suelo ajedrezado se precipitaban pedazos de gravilla que formaban un pequeño montículo a la vista de sus clientes. Aquel lugar era una reliquia en sí mismo; indudablemente el lugar idóneo para empezar a rastrear el paradero del Santo Halo.

El camarero me recibió con una mirada de desaprobación por mi aspecto funesto: entre el insistente aroma del vómito y la herida abierta en la rodilla, se debía pensar que era un sinvergüenza impresentable. Acertaba, pero no por esos motivos. Era un anciano chapado a la antigua, de aspecto mohíno y algo sefardí; fieramente tradicional, se debatió entre echarme del local u ofrecerse a ponerme una copa. Finalmente, se impuso el criterio comercial y me pedí una cunca de blanco por cincuenta céntimos, que suponía todo lo llevaba encima: yo también tenía la tradición de malgastar mis fondos, y no siempre hasta el orgasmo. Cerré la puerta a mis espaldas para negar el tiempo a la intemperie, y me apoyé sobre la barra con desánimo: yo era el único cliente; mi contacto estaría, sin lugar a dudas, atravesando con destreza y arrojo los más arduos atolladeros en busca de datos. Era una auténtica insignia del valor y del coraje, claro.

Hice tiempo apurando lentamente el vino, y con cada sorbito me ganaba una mayor reprobación del propietario; su señora me había servido una tapa de queso azul rancio, y yo ni la había probado. A diferencia de su marido, a la señora se la traía al fresco mi presencia y lo morrocotudo de mis modales: ella se había acomodado en una silla de mimbre tras la barra y observaba con fervor religioso a Jorge Javier Vázquez mofarse de Kiko Hernández; ella aplaudía y sonreía con delectación de infanta inocente. Si es que consta esa circunstancia.

Justo en el instante en que Jorge Javier descubrió los pechos de María Lapiedra, la puerta retumbó con estrépito y un extraño y sombrío personaje se detuvo en el marco chorreando océanos y fango. Tenía desatado el cuero de las sandalias, que asomaban bajo los faldones de la túnica como lógicas terminaciones de unas piernas flacas y de piel flácida. Encorvado y chepudo, llevaba bordado sobre el corazón el emblema mismo de Santiago de Compostela, único rasgo visible en aquella capa cobriza y casposa. Sostenido todo su peso sobre un báculo reparado con celofán, busqué en su cara un atisbo de identidad; aquel rostro se resumía en una carnosa narizota de tebeo y una frondosa barba como una pradera con escarcha, superpuestos sobre una piel azafranada y áspera; bautizado por un sombrero de ala ancha orlado con una vieira santiaguesa, su presencia era quizás la más célebre en Santiago. Era él. Mi informador. La leyenda. El mito. La figura. Zapatones en persona, borracho como de costumbre, soltando improperios y tambaleándose como si bailase muiñeira en mitad de un vendaval.

– Eh, limpa os pés antes de entrar, que mo enches todo de lama, ou!

peregrino_plaza

Zapatones, en su salsa. ©Expertosenelcamino.com

Zapatones se disculpó con falsa modestia y se dejó caer en una de las estrechas mesas hace tiempo barnizadas con todo el peso de su enjuta fama. Aturdido y algo desorientado, me miró como si no me conociera o como si me debiese dinero, pero al cabo de unos segundos cayó en la cuenta. Balbuceaba con un esfuerzo descomunal.
–¡Hombre, el detective poeta! ¿Qué, cuándo me dedicas unas coplas?
–Sabes de sobra que ya no arrastro esa mala vida, Zapatones; ahora estudio periodismo. Lo de la poesía es una vía muerta y ya olvidada.
–Mejor, porque la verdad es que escribías de pena–dijo con una pícara sonrisa–. Si te hacíamos algo de caso era para que nos invitaras a unas copichuelas. Y a todo esto… ¿no te sobrarán unos eurillos por ahí, verdad?
–Tienes más cara que nariz, amigo–le reí. Me grapé una sonrisa para ganarme su confianza–. Pero tienes carisma, nadie te lo niega.
–Lo sé, por eso soy tan querido en esta maldita ciudad –se rió con un voz con la fuerza de cuarenta megatones; aquel sonido parecía filtrarse por las bisagras del mismo infierno.
–Por eso y por tus pintas de mesías trasnochado.
–¡Eh, eh, menos humos, Cenicienta!–masculló. Sin duda manejaba perfectamente las frases hechas–. Coge buena fama y te cobijará una buena sombra. Yo he sabido buscarme mi sitio en esta ciudad; en cambio tú llegas aquí con tus pintas de pelanas medio lelo y pretendes que te bese los pies la concejala de Urbanismo. A otro hueso con ese perro, amigo.

Iba tan borracho que arrastraba las palabras con un aditivo excepcional de saliva al final de cada sílaba; apretaba los vocablos entre dientes como royendo un peroné obstinado. Intenté tantearlo con tacto y sutileza:
–¿Qué sabes de lo del robo del halo de la Catedral? –bueno, tal vez sin tanto tacto. La urgencia era necesidad, sin duda. Y de necesidades yo entendía bastante.

Se repasó los invisibles labios con la lengua como gustándose; estábamos entrando en sus dominios, y ambos lo sabíamos: el brillo en sus cristales humedecidos no podía ocultar el sentimiento de poder. Mientras tanto, el camarero pasaba la fregona con cabreo por las baldosas llenas de barro.
–Algo he oído, algo he oído, sí… ¿Y a ti, qué te pica la estatua de marras? Creía que eras de los que enterraban a Dios por lo del alemán aquel del bigote… cómo se llamaba…Nicho, Piche… En fin, algo así.
–Currás me ha visto maneras de sombrerero y quiere que le haga un modelo nuevo al Apóstol.
–¿Currás, eh? Es un puedo y no quiero. Ése no ha levantado cabeza desde que lo nombraron alcalde; es más inútil que el bajista de la Orquesta Panorama.
–Pues su cabeza va a durar poco si no encuentro pronto el sacrosanto halo; al parecer, lo chantajean para que él y sus orejas se vayan a hacer viento.
–Pues que sus orejas no hagan mucho viento, que Santiago no aguanta un tifón. Y es normal que lo chantajeen: entre pillos anda la manduca, poetastro.

Ignoré su comentario y finiquité mi cunca de vino de un sorbo; el fuego hay que combatirlo con queroseno.
–Entonces, ¿qué me puedes decir de lo del robo?
–¡Eh, eh, más despacio, Padre Casares, que yo no me confieso sólo por la virtud! ¿Qué saco yo de todo este lío de halos?

Volteé mis bolsillos para demostrar el truco y el cartón:
–Soy más pobre que la correa de tus coturnos, ¿qué quieres a cambio de la información? Puedo hablar con Currás y conseguir que te conceda algún tipo de honor, como una calle o un medallón de hojalata.
–Mmm… –miraba hacia el techo con paciencia como contando cúmulos de humedad–. Ya sé lo que haremos, parnasiano: me harás unas coplillas y tenemos trato.
–Te he dicho que ya no me dedico a la labor innoble de la poesía; que ya no tengo dieciocho años y que ya sé que no podré ser nunca Rimbaud.
–¡Pues os váis a tener que fastidiar tú y tu amigo gabacho, el Rambót ése! ¡Sin coplillas, no hay información!

cunca

Cunca de viño tinto. ©Berenguela

Me indigesté con orgullo en unas tripas obligadas a hacer corazón. Serené la mirada y el pulso, y extendí, derrotado, la mano en señal de rendición:
–Trato hecho, Zapatones; tendrás tus puñeteros versos si es lo que deseas. Aunque creí que habías dicho que lo mío no era la poesía.
Estrechó mi mano con su mano fría y titubeante sin ningún tipo de seguridad: creo que estaba haciendo lo imposible por no caer rendido allí mismo.
–Lo sé, pero con algo me tengo que reír, ¿no? ¡Ponme otra de tinto, jefe, que empiezo a notar seca la garganta!

El camarero sirvió otra cunca y la dejó sobre la barra de madera, que estaba veteada de indelebles posos de vino tinto como si fuesen hematomas. Con una agilidad impensable, Zapatones se levantó y deglutió la sangre divina con apremio de dolorosa sequía. Se relamió un poco y algunas gotas resbalaron por su barba, que cobró el aspecto de un asesinato en la nieve. Rió con una estruendosa carcajada y se volvió hacia mí sin levantar del todo los párpados.

–Dicen las malas lenguas que el halo, en el fondo, tenía algo de valor intangible. Ya sabes, para los mojigatos santurrones; que interesaba para rezarle oraciones. Pff… –un hilillo de baba cárdena se precipitó por su boca–. Al parecer, hay un coleccionista en Santiago de Compostela que se pirra por las reliquias religiosas de ese tipo, y parecía estar desesperado por hacerse con el halo desde hacía algún tiempo. Un tío inaccesible para cualquiera. Yo no sé mucho de arte, pero a mí el halo me parece un aro gigante de piedra, ¿no? El caso es que se había desesperado por hacerse con él, pero la Iglesia y sus oficios puritanos no le habían permitido acercarse más que en horario de novenas al halo. Se comenta que encargó a un par de muertos de hambre que rastreasen el mercado del estraperlo para hacerse con él.

–¿Quién es el coleccionista, Zapatones?

Sin dejar de mirarme, gritó con una voz escandalosa:
–¡Eh, jefe, pon ahí la Telegaita un momento, por favor!

El camarero bufó con desgana, y desoyendo las protestas de su señora (“¡Pero que está a punto de salir Belén!”) cambió de canal y en la pantalla se descubrió la estampa de dos travestis ataviados con ropajes de ancianas carpetovetónicas; uno se defendía con unas burlescas gafotas y el otro ni se había molestado en afeitarse la barba, que se confundía con su mantillo negro. Ambos se orlaban con un pañuelo sobre la cabeza, y el más alto de los dos pugnaba con una falsa dentadura mellada como el teclado de un piano bombardeado. Ladée la cabeza con arrogancia.
–¿As Cantareiras de Ardebullo? ¿Ellos son los coleccionistas?
– Sigue mirando, poetastro; de rogar se hacen las cosas buenas.

Seguí contemplando la televisión ya con cierta impaciencia; as Cantareiras se habían puesto a salmodiar una antigua canción de Xil Ríos, y girando sobre sí mismos daban forma a una rueda de molino. El realizador ofreció una panorámica del público, donde una ingente excursión del Imserso estallaba en palmas de júbilo y diversión. Sin verle la gracia al asunto, empecé a repiquetear con los dedos en la barra mientras me consumía de pura ansiedad.

Tras la fatídica interpretación, un agitado mar de palmas despidió a as Cantareiras, que dejaron sitio en el escenario a un hombre trajeado de presencia imponente. A pesar de su baja estatura, el erguido porte, rígido como crucifijo bizantino, esclarecía su dominio sobre aquel precario escenario, eximiéndole de la muerte y del tiempo. Un poderoso foco vertía su rocío sobre su pulida calva, confiriéndole un aire de predicador omnisapiente. Blandía un micrófono en la mano derecha, y su corbata de azulejo desalado hacía juego con su mirada de impertérrita facha. Se sonrió, y la alargada cara de mármol bruñido se quebró en raíces de carne. Acercó el micrófono a los labios muy cerca, quizás demasiado. Tomó aire, y prorrumpió en un diplomático bramido:
–Boas noites de novo, aquí seguimos en directo no Luar!

Zapatones, que se había pedido otra cunca (la millonésima, calculé mentalmente) se doblaba entre risotadas. Me golpeó la espalda con demasiada fuerza para ser tan enclenque:
–¡A ver cómo haces para llegar hasta Gayoso, poetastro! ¡Se te ha encongido la voz entre esos dientes como ventanas abiertas! Y quiero las coplillas el lunes, sin falta.

Xosé Ramón Gayoso

El eminente coleccionista de reliquias, Xosé Ramón Gayoso. ©Telesmash

 

Capítulo anterior, aquí.
Capítulo siguiente, aquí.