La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo II: El santo oficio

Currás se levantó, visiblemente cansado, y caminó por la habitación con la cabeza gacha y las manos en la espalda, en actitud meditabunda. Sus labios exangües trazaban una fina media luna de tristeza: se le marcaban los pómulos como guijarros en aquel rostro afeitado y vetusto, como el de una máscara de goma pulida. Tragó algo de saliva y la grasa del cuello se encrespó como un pavo real.

–¿Cree usted en Dios, señor Luengo?

–Cada vez que me miro en un espejo.

Su rostro céreo permaneció inalterable. La escasa luz le hacía parecer una libélula entre las tinieblas, un lugar en el que parecía manejarse a gusto. Me miraba con determinación y severidad, como un dependiente suspicaz.

–Siempre he sido un hombre muy creyente –dijo con sequedad–.Todos los años en los que fui profesor requerían paciencia, Luengo, mucha paciencia. Algunos alumnos eran tan cortos como la uña de mi meñique. La vida de un docente no es nada fácil: tus alumnos te ignoran, te malinterpretan e incluso te amenazan. Son como… animales. Con la capacidad retentiva de un mueble sueco.

Se detuvo ante la persiana y miró distraidamente por las rendijas por donde irradiaba un tenue resplandor. No le quitaba el ojo de encima; no se puede confiar en un político en esta ciudad: ante la menor oportunidad, le envían a uno a un nicho especial en el congelador de Boisaca. Se volvió a sentar en la cama con tranquilidad, a pesar de que su aliento ya había tomado rehenes en toda la habitación.

–Triste situación la de un hombre forzado a derrochar su sabiduría en pozos sin fondo. Me resignaba a despertar sabiendo que cada día era una nueva prueba estéril de erudición inútil; me fui convirtiendo poco a poco en una gramola rayada, en un eco en carne viva. Le garantizo que me hubiera pegado gustosamente un tiro, si no fuese porque la destreza de mi mujer con el amoníaco nunca ha sido la más virtuosa: las manchas de mi sangre hubieran destrozado el tejido del canapé, ¡y yo no iba a consentir eso! No; iba todas las tardes a la Catedral a rezar jaculatorias para purgar el alma de deseos fúnebres, humillándome ante la imagen de nuestro luminoso apóstol que…

–Hable claro, Currás –le interrumpí–.No estoy aquí para hacer de su confesor; al menos, no de manera gratuita. Explíqueme que le ha traído hasta mi humilde morada o váyase con sus tormentos biográficos a El Correo Gallego: la semana que viene tengo un examen, y no me importaría aprobarlo.

N. Feans

©N.Feans, Daily Compostela Photo

Suspiró con nostalgia mientras se recreaba en la prominente grieta del techo.

– Ah, menos mal que aún quedan estudiantes como usted. Supone para mí una fría ducha en el infierno, créame. De acuerdo, Luengo, tiene usted razón; tanto circunloquio sólo hace que envejezcamos más ignorantes. Iré directamente a la yugular: dígame, ¿le resulta familiar esta figura?

Rebuscó en el interior de su chaqueta y me acercó una fotografía arrugada. El hecho de que aún existiesen las fotografías impresas me sorprendió tanto como el contenido de la misma: un retrato de la imagen santa del Apóstol Santiago lo mostraba objetivo de unos focos languidecentes en los laterales de su pedestal. Sobre el pecho, la cruz latina en forma de espada remataba en unos lises algo marchitos; dicen que simbolizan el honor sin mancha, pero es sabido que demasiadas manos empapadas de pútrida culpa no pueden ser un buen aseo. Rodeado de su habitual parafernalia piadosa, en la expresión del beato se apreciaba una perfecta desidia e impotencia, como gritando “¿Qué he hecho yo para merecer esto?”. Salvo algunos estragos propios de la inepta labor de conservación del Concello, la estatua resplandecía envuelta en una suave aureola. Espeté mi mirada con estupor en la de Currás, esperando algún tipo de explicación; él practicaba su pose de oficial solemne contra la frágil columna de fieltro y yeso del cuarto.

–¿Qué clase de broma es ésta, Currás? ¿Por qué no añade también el Botafumeiro? Tendrá una preciosa estampa de lo que los turistas buscan en Santiago. Cuélguela en Instagram y póngale un filtro bonito: ya verá lo popular que se hace.

Su serenidad lo retenía en un plúmbeo letargo; estoy seguro de que mis palabras le llegaban como un susurro imperceptible. Se pasó la mano por la frente, palpando las arrugas que se amontonaban como dunas desérticas.

– Me decepciona usted: lo tenía por un mejor observador, la verdad. ¿No se ha dado cuenta del rasgo extraordinario de esa fotografía, o me está tomando el pelo? Fíjese un poco más, por Dios.

Volví a la imagen con desgana para reponer mi maltrecho orgullo: no me gusta perder demasiado el tiempo. Nada, aquéllo era tan anodino como un viernes sin remordimientos: allí estaban el cetro, los cirios, las joyas incrustadas, el… un segundo…

–¡El halo!

Efectivamente: aquel Apóstol venerable aparecía huérfano de su permanente corona dorada; su cabellera pétrea remataba en una oquedad que quizás valoré demasiado natural: por algo suspendía Religión en el instituto. Currás formó una torva sonrisa de cólera; apenas levantaba un palmo del suelo, y la rabia acumulada le había dilatado las venas del cuello como fértiles ramas. Era admirable la energía de aquel hombre insignificante: tres cuartas partes de alcalde no-electo eran ahora un gran alarido.

–¡El halo, así es! ¡Esos miserables han tenido la mala idea de profanar con sus sucias garras un monumento a la beatitud y al perdón, una efigie de la sacra voluntad de este heraldo del Señor Todopoderoso! ¡Esa escoria de herejes no tiene consideración por nada ni por nadie! ¡Apóstatas! ¡Blasfemos! ¡Socialistas!

Jorge Pan golpeó la pared del cuarto contiguo varias veces con contundencia.

– A ver se baixámo-la voz, ou, que hai xente que quere durmir!

Currás agachó el cuello como una tortuga asustada y se ajustó apuradamente la corbata: con las prisas de su aliño pude ver sobresalir la dentadura del cocodrilo de Lacoste en su polo blanco. Inspiró y se calmó con lentitud budista; yo me tragué una carcajada involuntaria para preservar mi presencia solemne.

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El cliente potencial, aún con su halo. ©Preguntas Santoral

–Lamento el espectáculo de exabruptos; no me contengo cuando pienso en esos canallas. Confío en que me excuse ante su compañero de piso.

–No se preocupe, lo más seguro es que estuviese ejerciendo su derecho de amor para uno. Veo que se había encariñado usted del halo como de una subida del IVA.

–Ese santo es para mí el alfa y el omega.

–Ya lo creo que se ha encaprichado de él. Ha aprendido a blasfemar y todo.

Frunció el ceño y con un gesto violento de cabeza indicó a uno de sus matones que me aproximase un sobre que se había guardado.

– Esta misiva apareció esta mañana pegada al cráneo desnudo de nuestro Apóstol.

Cogí el sobre y me acomodé en la silla. Debería ponerme las gafas, pero el aspecto en aquel instante resultaba trascendental: debía inspirar suficiencia. El sobre iba dirigido “A la Atención del maldito alcalde, Concello de Podrido de Composmerda, Praza do Mexadoiro”. La letra era pobre y ondulada, con forma de arabescos en espiral, aunque se notaba un cierto esmero en las mayúsculas, rígidas como columnas dóricas. Dentro había una nota que examiné al trasluz de mi flexo; era un Din A4 doblado en una esquina: su tacto dejaba patente que ya había sido sobado en varias ocasiones, como mis novias durante los carnavales. La nota era un collage a base de recortes de distintas cabeceras, donde pude reconocer una preeminencia de la tipología del diario Marca y sus letras gigantescas y chirriantes. En el folio se sucedían con mayor o menor audacia los sintagmas para dar forma a un único mensaje: <<Saludos, señor “alcalde”. Hemos robado el halo de su queridísmo Apóstol ante sus narices. Si quiere volver a verlo, deberá presentar su dimisión al frente del Concello. Tiene una semana de plazo; de lo contrario, destruiremos la aureola. Tic, tac, Currás. J.C.>>.

Reparé en que las yemas se me habían manchado de la tinta del sobre: la bombilla del flexo había derretido aquel potingue barato y mis uñas parecían estar de luto. Currás esperaba con inquietud mi respuesta.

–¿Qué han hecho para intentar disimular este desbarajuste celestial?

–De momento, hemos acordado cerrar preventivamente la Catedral e impedir la entrada a turistas y extraños. Hemos desplegado un gran toldo para hacer creer que la fachada necesita reparación y hemos puesto un par de andamios como atrezzo.

–Si sigue usando tanto el plural mayestático, creeré que tiene desdoblamiento de la personalidad. ¿Quiénes se han puesto de acuerdo?

–La institución eclesiástica y mi principal gabinete de crisis.

–¿Cuántos gabinetes de crisis tiene?

–Varios; uno para cada nuevo imputado.

Así era; el Concello aún irradiaba una tóxica podredumbre de corrupción, prevaricación y malversación de fondos. Y eso sin mencionar los carteles de campaña: unas fotografías en primer plano con más retoques que la geopolítica alemana.

–Monseñor Julián Barrios recordó la discreción con la que usted resolvió el caso del Códice Calixtino, y me temo que Santiago de Compostela vuelve a requerir de sus peculiares servicios de nuevo.

–Sí; por lo que veo, su Catedral tiene más agujeros que mi cuenta corriente. Le recomendaría que colocase un par de cámaras de seguridad, pero de algo tengo que comer.

–Imagine lo que este feroz hurto representa: pérdida de patrocinadores, desconsuelo de miles y miles de peregrinos devotos, y una transgresión cismática de una tradición milenaria. ¡La hecatombe, señor Luengo, el apocalipsis!

–Suena usted como un gurú del periodismo impreso, Currás. Y dígame, si tanto le preocupa, ¿por qué no dimite? Sería la solución más eficaz a sus jaquecas, sin contar el valium.

agua

El arte de la lluvia. ©Santiago Turismo

Una mueca grotesca había invadido ahora aquellos rasgos de coronel derrotado que lo definían; la impotencia había fijado trincheras en sus modales, y de pie en mi habitación gesticulaba con la energía de un actor de cine mudo.

–¡No me puedo ir del cargo, detective! ¡Todavía no! ¡Me faltan tantas cosas por enmendar en esta ciudad! ¡Tantos problemas!

–De acuerdo, de acuerdo, recupere la compostura; yo no trato con perturbados anímicos. Ya no.

Cuando hubo sosegado el espíritu lo suficiente como para volver a vocalizar de manera cabal, me preguntó con frialdad:

–Está bien, Luengo; como ha visto, no soy un hombre paciente. Hábleme de sus honorarios.

–Treinta euros al día, más gastos adicionales.

–¿Gastos adicionales?

–Ya sabe: no hay nada más persuasivo que la retórica del vil metal.

–Le aseguro que lo conozco mejor que usted. Perfecto, págale ahora. Del erario público, claro.

El otro matón depositó en mi mano un par de billetes de veinte como dos límpidas sábanas celestes. En la marca de agua se apreciaban arcos góticos como los del cimborrio de la Catedral. Me guardé los beneficios en un bolsillo del chándal y lo cerré con cremallera: no había lugar más seguro en el planeta.

–De acuerdo, mañana a primera hora empezaré a investigar y…

–¿Mañana?–rió Currás–. Me parece que no ha comprendido la urgencia de la situación, señor Luengo. El devenir de esta ciudad depende exclusivamente de usted, ¿entiende?

–Le he entendido perfectamente, señor; pero mi máster en sublevación me obliga a parapetarme hasta que deje de llover. No querrá que se empape la pequeña fortuna que me ha pagado.

–Coja un paraguas–respondió oscamente mientras salía por la puerta–. Buenas noches, señor Luengo. Confío en usted.

–Buenas noches, señor Currás. Que no le piquen los Pokémon de vuelta a casa.

Se esfumó de mi piso con sus dos sombras colosales tras un portazo abrumador que podría haber despertado al mismísimo Pondal. Jorge Pan salió de su cuarto rascándose enérgicamente el trasero.

–Que carallo quería o Currás este?

–Era una encuesta de calidad. Al parecer, estoy satisfecho con el servicio de Erre de este mes.

Nos miramos con incredulidad durante unos instantes. Luego Pan soltó un bufido y volvió a su cuarto a terminar la faena torera y yo me aseguré de que el paraguas aún funcionaba: la mala suerte volvía a ser una inesperada compañera.

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