La tristeza del Apóstol Santiago. Capítulo I: Antes de la medianoche

El sempiterno campanazo de la Catedral daba las once de una noche grisácea a finales de noviembre. La lluvia repicaba como un molesto pájaro en mi cristal, pero entre las rendijas de las persianas sólo podía intuir la luz de las farolas que marcaban los límites de la carretera de la calle Fernando III O Santo, siguiendo los designios de la ordenanza municipal. Llevaba puesto mi viejo chándal Lotto con lamparones de salsa de tomate, demasiado llamativos para la chaqueta roja, y unos calcetines de suela adhesiva con dibujos de calaveras deformes. No me había afeitado en varios meses por la desidia de una vida falta de responsabilidades, y el incómodo pelo del bigote se unía a mi enfado por no poder permitirme ni una copa de whiskey desde hacía mucho tiempo: el Ministerio había conspirado para quedarse con mi beca y me había forzado a rotundas resacas de vino de brick de marca blanca. Pero debía cultivar mi imagen de estudiante de Periodismo: el look de borracho cínico no se enseña en las facultades.

Estaba enclaustrado en mi habitación entregado a un hipotético estudio: una insulsa prueba de Áreas de Especialización Xornalística había alterado mis planes, que básicamente eran observar cómo la grieta de la pared blanca se abría como una mueca en el circuito del techo y soñar con rubias políglotas deshaciéndose en el éter. Mi habitación era poco más grande que mi moral, pero dejaba sitio suficiente para la maleta del fin de semana y algunos otros trastos inútiles: una cama en plena bacanal de sábanas y edredones, una mesa con superficie de cristal con cicatrices de café como muescas de un insomnio premeditado, una destartalada mesita de noche de madera, a juego con el deslucido suelo, y un armario con déficit de perchas. El flexo escurría su luz mortecina en los agrios manuales apilados que había conseguido desganadamente en la biblioteca: a la derecha, Cebrián Herreros, Casasús y Núñez Ladevéze; a la izquierda, Martínez Albertos, Balsebre y Álvarez Pousa. Entre aquellas torres Kio de la megalomanía periodística me dedicaba a resolver el imposible sudoku del De Luns a Venres mientras escuchaba a Bob Dylan en el ordenador. El súbito jaleo del timbre rompió mi concentración mientras contaba los sietes que me faltaban.

–Vou eu!

La voz de Jorge Pan retumbó en mitad del último acorde de Like a Rolling Stone. Pan era mi compañero de piso, confidente personal y amigo ocasional. Compartíamos la desilusión de una generación intrascendente y algunos himnos obsoletos, que tronaban en un trance ecolálico algunos jueves en nuestro insignificante apartamento. Técnicamente estudiábamos juntos, pero su savoir faire lo convertía más en un político en permanente campaña que en un alumno aplicado. Su dudosa ética de liberal recalcitrante le había hecho abjurar con desdén de su nacionalismo primigenio; bajo sus gafas de aviador extraviado se pronunciaba una mirada turbia, que acentuaba el perfil de un acólito de Mises, del caciquismo y de la supresión de impuestos.  Jamás he sabido de política ni de sus oscuros propósitos, pero Pan se encargó de darme un paseo rápido por las bases de su dogma cuando estuvo en Praga de Erasmus: salmodiaba sobre la obligatoria supresión de ayudas estatales mientras se servía otra copa de Červené. Creo haber aprendido algo de la ironía.

Unos golpes en la puerta abreviaron mi interés por el sudoku. Respondí con algo de serenidad:

–¡Adelante, está abierta!

Una figura oronda abrió con timidez la puerta y se detuvo en el umbral, arrojando la silueta de la sombra china de un hipopótamo sobre sus patas trasersas.

–Poeta, é para ti. Seica tes visita.

Farol na noite

©Compostela Daily Photo

La imagen de Pan en calzoncillos ha sido una permanente durante los años que ha sido mi compañero de piso. Hacía de las visitas un grito de Munch, dejando al descubierto el breve secreto de sus partes pudendas. Cuando me despertaba abatido después de una noche buceando por el fondo del cubata, la primera estampa con la que sobrellevar la resaca era él, en paños menores, tirado en el sofá, mientras su portentosa barriga se hinchaba y deshinchaba hipnóticamente con la respiración: parecía la imagen de un caracol asmático. Nunca he sabido a qué se debía esta negligencia indumentaria tan cotidiana: quizás fuese que consideraba los pantalones una opresión dogmática que él, librepensador consumado, no iba a tolerar; o quizás se debiera a que la curva de su figura, como un ribazo ensombrecedor, no le permitiese adivinar su tronco inferior, y fuese insensible a cuanto allí abajo ocurría. Es algo que ya nunca sabré. Sin apartar la vista del sudoku, hice un ademán con la mano.

–Adelante, que pasen. No tengo nada que ocultar.

Era mentira, claro: tenía un maloliente montón de ropa sucia en el armario, pudriéndose como un cadáver puesto a secar. Pan regresó a nuestro angosto pasillo e invitó a quien hubiese timbrado que se dirigiese a mi cuarto. Me sorprendió oír el ritmo de varios pasos acercándose a mi sancta sanctórum: no esperaba la visita de nadie a esas horas. De repente, la débil bombilla del pasillo recortó en tinieblas el perfil de tres figuras que entraron en mi cuarto: las dos primeras eran hombres anchos como horizontes; llevaban sendos trajes negros, como recién salidos de un funeral, acompañados con idénticas corbatas de un color púrpura caduco y mocasines grandes, brillantes y puntiagudos como dagas indias. Eran la clase de individuos ante los que era conveniente ahogar el desacato en la garganta: años después, las Torres Gemelas reaparecían amenazadoras en mi cuarto.

El tercer invitado era bajito, enjuto y bastante feo. Entró en la estancia con algo de asco, y después de cerciorarse de que mi sábana estaba limpia, tomó sitio al borde de la cama, sin dejar de juzgar con cierta repugnancia las dimensiones y el estado de mi cuarto. La luz del flexo era insuficiente para adivinar del todo sus facciones, pero mi instinto ya estaba curtido como para hacerme una idea: un peinado veteado de onerosas canas se fijaba al cráneo como un animal disecado, firmemente asido con sus garras, procurando conservar la onda del cabello para impedir que ningún pelo cayese hasta una nariz cubista, hinchada como la de un púgil veterano con tendencia a la derrota; por los laterales de la cabeza, unas puntiagudas orejas parecían haberse jurado perpetua enemistad, tomando firmemente caminos contrarios; y en su boca, algunos dientes matizaban con su aspecto amarillento los labios de un fumador nervioso. Sin dejar de cotejar mi habitación, se quitó las gafas con cuidado y extrajo un pañuelo blanco con unas siglas cosidas en su extremo del bolsillo exterior de su chaqueta beige; arrojó una bocanada de aliento al cristal, y el aire enrarecido de mis olores naturales se impregnó de un pegajoso hedor a cachelos indigestos. Limpió las lentes con esmero de arqueólogo vocacional, y finalmente me dirigió una mirada tan gélida que rompía la entalpía de aquel rostro rubicundo.

–Buenas noches, Luengo. Volvemos a vernos.

Sin inmutarme por esa voz de óxido implacable, trenzada en un afecto fingido, dejé a Dylan carraspeando en los cascos y abandoné sobre la mesa un sudoku al que sólo le faltaban seis números. Torcí un poco la cabeza, intentando hacerme el duro, y pasé del reojo al examen sin demasiados rodeos: aquel hombrecillo arrastraba el traje como un miserable grillete; su presencia rebosaba torpeza, pero en sus ojos rugía un demonio que hasta a mí me intimidaba. Fingí algo de madurez, pero no pude evitar un gallo de cantante amateur:

–¡Alcalde Currás! Le diría que ésta es una agradable sorpresa, pero ya sabe que yo sólo miento bien en los juicios.

Currás

Ángel Currás, alcalde de Santiago de Compostela.©

Segundo capítulo, aquí.