Joakim Noah, la lucha de un ganador

No te preguntes qué pueden hacer tus compañeros por ti, pregúntate qué puedes hacer tú por tus compañeros

Earvin “Magic” Johnson

El verdadero poder de un deportista no reside en su talento. Tampoco en su físico. Lo que convierte a un deportista normal en algo más se encuentra en su mente. Con una de las dos primeras se puede conseguir mucho, con las dos se puede alcanzar el cielo. Pero cuando alguien es capaz de aúnar las tres… Al final, la lucha, la determinación y el esfuerzo marcan el camino hacia la victoria.

Ningún jugador es tan bueno como todos juntos: el resultado es mayor que la suma de las partes. Y estas premisas se cumplen gracias a jugadores como Joakim Noah. En sus 2.11 m y 108 kg reside una de las claves de su éxito, pero no la principal. Lo que convierte a Noah en único es la garra y la entrega que demuestra en cada partido. Para él nunca hay un balón irrecuperable. Nunca hay un encuentro perdido. Es un ganador, pero le importa más la victoria colectiva que la suya propia. Su espíritu deportivo sin igual ha hecho que esté entre los más grandes de la NBA. Pero no todo llega tan fácilmente. La historia de Joakim y su idilio con el baloncesto empieza muchos años atrás, cuando se muda a New York. Allí nació la leyenda de un luchador.

Su carrera comenzó marcada por ser el hijo del tenista (y ahora cantante) Yannick Noah, el último francés que consiguió conquistar la tierra de Roland Garros hace ya más de 30 años. Sin embargo, después de tres temporadas jugando para los Gators de la University of Florida, eran pocos los que seguían hablando de él como sólo el hijo de Yannick.

Después de pasar por varios institutos en New York y New Jersey, disputó su último año antes de dar el paso a la universidad en Lawrenceville School. Allí fue el hombre más importante del equipo, liderando a los suyos hacia la consecución del título estatal con unos espectaculares 24 puntos y 12 rebotes.

Había una exigencia mayor que la de la propia competición: la suya hacia sí mismo

Los primeros pasos en la NCAA de Noah fueron dubitativos. En 2004 llegó a los Gators, donde también acababan de desembarcar Al Horford y Corey Brewer. Ese año sus promedios fueron muy discretos, con tan sólo 3.5 puntos y 2.5 rebotes por partido. Haciendo gala de la capacidad luchadora que pasaría a caracterizarlo desde entonces, el jugador fue capaz de cambiar esta tendencia.

Muy pocos conocían el verdadero potencial de un Noah que todavía no se había adaptado al nivel del baloncesto universitario. Pero había una exigencia mayor que la de la propia competición: la suya hacia sí mismo. En la temporada 2005-2006, el joven pívot mejoró sus prestaciones de forma increíble, mientras contribuía a la construcción de un equipo que giraba a su alrededor. El bloque que formaban los Gators se las arregló para alcanzar la Final Four de la NCAA. Una vez allí, Noah y compañía se impusieron a George Mason y, en la final, a UCLA, ganando de este modo el primer título de la historia para la University of Florida. La actuación de Noah fue determinante y consiguió ser nombrado como Mejor Jugador de la Final Four. Sus promedios hablan por sí solos: 14.2 puntos, 7.1 rebotes y 2.4 tapones. Era el primer paso en la carrera de un ganador.

Joakim Noah celebra su victoria en Semifinales de la NCCA ante UCLA | © Streeter Lecka | Getty Images

Joakim Noah celebra su victoria en Semifinales de la NCCA ante UCLA | © Streeter Lecka, Getty Images

Noah decidió seguir en Florida una temporada más, al igual que sus compañeros Al Horford y Corey Brewer. Los Gators partían como favoritos, y no defraudaron. Se presentaron en la Final Four, donde eliminaron a UCLA de nuevo, esta vez en semifinales, y a Ohio State, en la final. El premio al Mejor Jugador de la Final Four fue a parar a manos de Brewer, ya que Noah había dado un paso atrás ofensivamente, dejando la mayor parte de la responsabilidad anotadora en manos de sus compañeros. De este modo, Florida se convertía en el primer equipo en proclamarse campeón de la NCAA dos años consecutivos desde que los Blue Devils de Duke (dirigidos por Mike Krzyzewski) lo hicieran en 1991 y 1992. Con la satisfacción de haber conseguido el éxito en su etapa universitaria, era el momento de dar el salto: Joakim se presentó al Draft de 2007.

El 28 de junio de ese mismo año, el de Joakim Noah era el noveno nombre que anunciaba David Stern: los Bulls lo habían elegido. Antes que él habían sido escogidos jugadores que a día de hoy son líderes en sus equipos, como Kevin Durant (2º) o Mike Conley (4º). También hubo sitio para hombres de gran potencial esclavos de sus rodillas de cristal (Greg Oden, 1º) o jugadores de tan escaso recorrido en la liga que ya la han abandonado (Yi Jianlian, 6º). Como era de esperar, también era el año de Florida: Horford, Brewer y Noah se convirtieron en el grupo de jugadores de una misma universidad elegidos en mejor posición (tercero, séptimo y noveno, respectivamente).

Horford, Brewer y Noah se convirtieron en el grupo de jugadores de una misma universidad elegidos en mejor posición

Dicen que la historia está condenada a repetirse una y otra vez, y en el caso de Noah no parecen equivocarse: tampoco demostró todo su potencial desde el primer día en la NBA. A pesar de ello, ya desde su año de rookie se hizo un hueco en el equipo, a pesar de ser el suplente de Ben Wallace durante el último año de la estancia de éste en la Ciudad del Viento. Cuando Wallace abandonó Chicago para irse a Cleveland, Noah fue quien se quedó con el puesto de center titular. Si bien la confianza en el francés y el cariño de la grada fueron determinantes, también es cierto que la competencia era escasa: Aaron Gray era el único cinco puro de la plantilla de los Bulls por aquel entonces. La temporada terminó de forma prematura para los Bulls, incapaces de alcanzar los playoffs.

Joakim Noah durante la Primera Ronda de "playoffs" de 2009 | © Elsa, Getty Images

Joakim Noah durante la Primera Ronda de playoffs de 2009 | Fuente: Getty Images

El segundo año de Noah comenzó con muy malas sensaciones para el jugador, pero la noche siempre es más oscura antes del amanecer. Después de un verano en el que se relacionó al pívot con alcohol y drogas, sus primeros partidos fueron decepcionantes. No fue más que un espejismo: Noah comenzó a jugar con su intensidad característica, siendo uno de los artífices del acceso de su equipo a los playoffs, junto a un recién llegado Derrick Rose. La presencia de los Bulls fue corta en la postemporada, ya que cayeron en Primera Ronda ante unos Celtics que venían de ganar el anillo la temporada pasada. A pesar de esta temprana eliminación, estos jóvenes Bulls llevaron a sus rivales hasta el séptimo partido. En la retina de muchos aficionados queda uno de los momentos más memorables de la historia reciente de Chicago: en la tercera prórroga del sexto partido de esa serie, a falta de un minuto, Noah robó un balón de las manos de Paul Pierce, recorrió toda la cancha y anotó la canasta mientras forzaba la expulsión del 34 de los Celtics. Los Bulls habían conseguido un partido más jugarse la eliminatoria a todo o nada. Sin embargo, la épica no estuvo del lado de Chicago y tuvieron que volver a casa con las manos vacías.

La siguiente temporada el resultado sería el mismo: los Bulls alcanzarían los playoffs, pero caerían en Primera Ronda, esta vez ante los Cavaliers de LeBron James, en el último año de éste en Cleveland. A nivel individual, Noah creció como jugador, pasando a promediar el doble-doble que asegura prácticamente cada noche desde entonces: el francés anotó de media 10.7 puntos, atrapó 11 rebotes y puso 1.6 tapones, mientras conseguía cifras más inusuales para un center, como repartir 2.1 asistencias por encuentro. Esta mejoría, sin embargo, no era suficiente para Noah: lo que él quería era ganar, y un año más se había estrellado contra la misma puerta.

El esquema de Thibodeau era perfecto para él: era el eje del juego defensivo de su equipo. Los resultados hablaron por sí solos

Para dar un paso adelante, los Bulls acabaron de conformar el núcleo que se mantiene hoy en día con la adición de Carlos Boozer. Noah, Deng y Rose ya tenían a su lado a un ala-pívot de garantías. Además, el pívot francés fue renovado por cinco años más, por un total de $60 millones. Chicago lo quería y él quería a Chicago. También fue la primera temporada completa de Tom Thibodeau al frente de los Bulls, después de haber sido el ayudante defensivo de Doc Rivers. Desde el primer momento Thibodeau dejó las cosas claras: su equipo tenía que ser el mejor defendiendo de toda la NBA. Para llevar a la práctica esta filosofía, Noah era un hombre clave: tener a uno de los pívots con más movilidad (si no el que más) de la liga era fundamental. Su entrenador exigió… y Noah cumplió. El esquema de Thibodeau era perfecto para él: era el eje del juego defensivo de su equipo. Los resultados hablaron por sí solos. Con este cambio, Chicago pasó a situarse en los más alto de la Conferencia Este, sumando un total de 62 victorias, y Noah obtuvo su merecido reconocimiento con su inclusión en el segundo mejor quinteto defensivo de la NBA. Todo iba bien en la Ciudad del Viento.

Joakim Noah intenta taponar a Dwyane Wade en las Finales de Conferencia de 2011 | © Jonathan Daniel | Getty Images

Joakim Noah intenta taponar a Dwyane Wade en las Finales de Conferencia de 2011 | © Jonathan Daniel, Getty Images

Llegó la postemporada, y con ella nuevos desafíos. La Primera Ronda fue un mero trámite, en el que Chicago se llevó por delante en cinco partidos a Indiana Pacers. Con un poco más de dificultad conseguirían eliminar a los Hawks en las Semifinales de Conferencia, después de cinco partidos. En las Finales de Conferencia esperaba un equipo que también había arrasado hasta entonces: Miami Heat y su Big Three, con LeBron, Wade y Bosh. Un United Center abarrotado fue el escenario del nacimiento de una ilusión: los Bulls ganaron el primer partido de la serie, con 9 puntos, 14 rebotes y 2 tapones de Noah. Pero esa victoria no dejó de ser eso: una ilusión. Una ilusión que se desvaneció con las tres derrotas siguientes. Era el momento del quinto partido, de volver a casa, de cambiar el destino… pero fue imposible. Un desesperado Noah fue testigo de la eliminación de su equipo ante sus aficionados. Eran tiempos difíciles para los soñadores: Miami empezaba a imponer su ley en la NBA, a pesar de caer más tarde ante los Mavericks de Dirk Nowitzki.

Con el lockout de fondo comenzaba la temporada 2011-2012. Los Bulls volvían al trabajo con más ganas que nunca, conscientes de su potencial y de que podrían alcanzar sus metas a base de trabajo duro. Con una afición entregada, el entrenador perfecto para el equipo y talento a rebosar empezó la temporada en Chicago. 66 partidos más tarde, ésta finalizó. Los Bulls habían sido el mejor equipo de esa escueta temporada regular, con 50 victorias y 16 derrotas. Por si fuera poco, Derrick Rose se convirtió también el MVP más joven de la historia de la NBA. Se plantaban en los playoffs como el rival a batir, pero el destino no había reservado para ellos las mieles del éxito: en el primer partido de la serie que enfrentaba a Bulls y Sixers, Derrick Rose se lesionó. Chicago pudo ganar ese encuentro, pero el mazazo fue demasiado grande para la plantilla. Con los Bulls totalmente desmoralizados, un equipo netamente inferior como Philadelphia venció tras cinco partidos.

La lesión de Rose y los continuos rumores sobre su regreso monopolizaron la agenda mediática de Chicago. Sin embargo, mientras su estrella se encontraba inmersa en un largo proceso de rehabilitación, la vida seguía. Noah y Deng, teóricos líderes de la plantilla, tuvieron que dar un paso adelante. El equipo había perdido la explosividad que aportaba el joven base, así que intentaron suplir la ausencia de anotación con un mayor nivel defensivo. Aunque las victorias se resistían más que en años anteriores, los Bulls en general y Noah en particular sacaron a pasear de vez en cuando su garra, echando por tierra las rachas de victorias de New York Knicks (13 partidos) y Miami Heat (27 partidos, la segunda más larga de la historia de la NBA). Esto le valió al pívot su primera participación en el All-Star Game.

Noah tras vencer en siete partidos a Brooklyn Nets | © Getty Images

Noah tras vencer en siete partidos a Brooklyn Nets | © Getty Images

A base de entrega por parte de todos sus jugadores, los Bulls se las arreglaron para alcanzar la postemporada, siempre con la eterna promesa del retorno de Derrick Rose. Éste nunca llegó, así que Noah y compañía tuvieron que afrontar la serie contra Brooklyn Nets en Primera Ronda sin su ayuda. El resultado fue una de las series más memorables de los últimos años: Deng estuvo hospitalizado, Noah jugó lesionado los siete partidos, Nate Robinson lo hizo con gripe… Los impedimentos no eran pocos, y ante ellos se encontraba la inversión millonaria de Mikhail Prokhorov. En el recuerdo de todos los aficionados quedará el partido que se llevaron los Bulls tras tres prórrogas, o el séptimo partido, igualado hasta que en el último cuarto Chicago sacó toda su casta y acabó venciendo por 20 puntos. En la siguiente ronda aguardaban los Heat, que esperaban una serie plácida ante un equipo mermado por las lesiones y cansado tras siete partidos. El destino a veces es caprichoso, y esta vez hizo que los Bulls ganasen el primero de estos encuentros con el último aliento que les quedaba tras la larga temporada. Ya habían cumplido, no se podía hacer más. Con la cabeza alta, Noah y sus Bulls perdieron los cuatro siguientes partidos.

Esta última temporada nacía con renovadas esperanzas. El equipo estaba con la moral por las nubes: jugadores como Jimmy Butler o Taj Gibson habían dado un paso adelante, Joakim Noah y Luol Deng estaban jugando el mejor baloncesto de sus carreras y Derrick Rose estaba a punto de volver. A pesar de esto, el inicio fue decepcionante, con un récord negativo hasta que, en un partido contra Portland Trail Blazers, Derrick Rose se volvió a lesionar. Misma dolencia, diferente rodilla. Los viejos demonios del pasado volvieron a asolar la plantilla, dando paso a una travesía por el desierto que duraría hasta el comienzo de este año. En enero, otro mazazo sacudiría de nuevo los cimientos del United Center: Luol Deng abandonaba la franquicia. Sólo quedaba él. Sólo quedaba Joakim. Cualquier otro había dado la temporada por perdida ante la imposibilidad de llegar lejos en playoffs. Cualquier otro se habría dado por vencido. Pero no él.

“No me gusta que me griten MVP. Tenemos sólo un MVP aquí, y es Derrick Rose”

Noah se puso al frente del equipo y decidió que no se podían dejar llevar. Y empezó el cambio. Chicago recuperó la actitud de aquella prórroga contra los Celtics de hace cinco temporadas y de la serie frente a los Nets del año pasado. El pívot explotó todo cuanto tenía en su interior y dio paso a la magia, el único nombre que puede tener que un equipo que pierde en un año a sus dos estrellas se mantenga con claridad como cuarto clasificado de su Conferencia. Desde el mes de febrero ya ha conseguido tres triples-dobles, y a lo largo de este mes de marzo está promediando 15 puntos, 10 rebotes, 8 asistencias y 2 tapones. Números de otro planeta, que le valieron para estar presente otro año más en el All-Star Game. En sus partidos en el United Center, son muchos los que gritan MVP cuando el balón está en sus manos. Noah es tajante en este asunto: “No me gusta. Tenemos sólo un MVP aquí, y es Derrick Rose. Esto no es sobre MVPs, es sobre anillos, y algún día espero conseguir uno aquí”.

No quiere ser el mejor. Quiere ser el mejor para su equipo. Él es diferente. Puede que en unos años hablemos de los anillos que habrá ayudado a conseguir. De lo que seguro que hablaremos será de que, al lado de dos camisetas con el 23 de Jordan y el 33 de Pippen a sus espaldas, en lo más alto del United Center colgará otra que lleve el 13. Un número 13 grabado en su camiseta con sangre y sudor, con el esfuerzo de quien no tiene todo el talento en sus manos, pero sí la determinación de llegar a lo más alto. El trabajo de un jugador que lo sacrifica todo por obtener la victoria. Hablaremos de Joakim Noah.

Foto de portada: Mike Ehrmann | Getty Images.