Detrás de la arrogancia

Nos cuenta la historia que, cierto día, ante la osada pregunta que Querefonte le hizo sobre si había alguien más sabio que Sócrates, el Oráculo de Delfos respondió: nadie es más sabio que Sócrates. Prosigue contando que entonces el filósofo, al oír tal afirmación, se preguntó qué querría decir Apolo con esto, y fue a reunirse con diferentes personalidades atenienses para refutar lo que para él debía tratarse de algún tipo de adivinanza. Primero, se encontró con uno de los políticos de Atenas y, tras conversar con él durante un tiempo, se dijo: “Yo soy ciertamente más sabio que este hombre, aunque es verdad que ambos no sabemos nada bueno. Él supone que sabe algo, y sin embargo no sabe nada. Es cierto que yo tampoco sé nada, pero tampoco lo pretendo”. Después de esto, se dirigió a hablar con los poetas, obteniendo un resultado semejante al anterior. Acto seguido, acudió en búsqueda de los artesanos, y en efecto sabían cosas que él no comprendía, pero lejos de llegar a conclusiones distintas, llegó a la misma. Volvió Sócrates con esa idea: todos sabían cosas, aunque en realidad no sabían nada, pero todos creían conocer más de lo que en realidad conocían; su arrogancia era mayor de lo que era su conocimiento. Y ahí, reflexionó hasta descubrir lo que el Oráculo de Delfos buscaba señalar con su respuesta: “el verdadero sabio es el que, como Sócrates, reconoce que en realidad no es sabio.”

Este fragmento de la obra de Platón, la Apología de Sócrates, define con mucha claridad la idea que tenía el filósofo protagonista en lo referente a la honestidad intelectual; ya que para él, no era más sabio el que más conocimiento albergaba, si no el que era más consciente del poco que poseía: es decir, la modestia intelectual se demostraba con una humildad absoluta hacia su propio conocimiento, y una modestia infinita se interiorizaba con la consciencia de la suma ignorancia que se tenía en su haber.

"La Mort de Socrate" (La muerte de Sócrates) de Jaques-Louis David. Obra que representa la condena a muerte del filósofo posterior a su exposición ante los jueces.

“La Mort de Socrate” (La muerte de Sócrates) de Jaques-Louis David. Obra que representa la condena a muerte del filósofo, posterior a su exposición de defensa ante los jueces.

La psicología social, que a veces sirve como hilo conductor entre lo que el refranero popular ya ha predicado a lo largo de los siglos mezclándose con estudios de campo y laboratorio, es decir, entre el pueblo y la ciencia —lo cual es lógico, porque la sabiduría popular se basa en la observación sagaz que ha soportado la prueba del tiempo—, también se involucró en el estudio de ese curioso efecto que tiene la arrogancia sobre mujeres y hombres. Y aunque por todos es sabido que “la ignorancia es atrevida”, remangarse y adentrarse en la investigación sirve como apertura ante los escépticos que no acaban de dejarse convencer por la sabiduría convencional. Todos nos hemos topado en algún momento de frente con un dueño de la verdad, a veces varios por día, que ante nuestra mayúscula osadía de rebatirle algún punto determinado nos ha mirado con cara de solemnidad invitándonos a leer algo más. Y aunque no siempre, que generalizar es de pobres, puede que se trate de un ejemplo pragmático de lo que vamos a explicar.

En el año 1999, los psicólogos David Dunning y Justin Kruger, de la Universidad de Cornell, realizaron una serie de pruebas para encontrarle una respuesta a esa curiosa tendencia que se ve con tanta frecuencia; esa facilidad con la que a priori el más simplón se privilegia con el monopolio de la verdad, y descubrieron un sesgo cognitivo que servía como explicación esto, al que bautizarían con el nombre de Efecto Dunning-Kruger.

Observaron, tras trabajar con sus propios alumnos, que este sesgo cognitivo tenía como resultado que los que más incompetentes eran tendían a sobrevalorarse por encima de sus compañeros: cuanto más mediocre era su habilidad, más arriba se situaban en la escala virtual de intelecto. En cambio, como efecto contrario, los más competentes optaban en situarse por debajo, no solo de lo que les correspondía, si no considerándose inferiores que muchos de sus compañeros con un claro menor nivel. Su conclusión fue bastante clara: las personas menos competentes suelen atribuirse más cualidades de las reales, mientras que las competentes atribuyen cualidades mayores a los demás: los poco inteligentes se creen más listos, y los más inteligentes consideran tan listos como ellos a los otros. Con sus propias palabras: “La mala medición del incompetente se debe a un error sobre sí mismo, mientras que la mala medición del competente se debe a un error acerca de los demás. Las personas de escaso conocimiento tienden sistemáticamente a pensar que saben mucho más de lo que saben debido a que su propia incompetencia les dificulta reconocer sus errores y limitaciones”. Todo un despropósito.

Efecto Dunning-Kruger

Gráfico del “Efecto Dunning-Kruger”. Por los descubrimientos obtenidos, David Dunning y Justin Kruger ganaron el premio Nobel en el 2000.

No deja de ser curioso este sesgo porque confirma algo que es bastante común de ver: el exceso de confianza que tienen en sí mismas personas que no saben tanto como ellas mismas creen, pareciendo que el sentido del ridículo solo descansa en el interior de los que, con más conocimientos quizás, no se atreven a enzarzarse en un debate ante el miedo que da pensar que no se está lo suficientemente preparado. Algo que si reflexionamos no nos coloca en muy buen lugar: los débiles hinchan el pecho y gritan mientras los fuertes callan, con frecuencia otorgan la razón a quien no la tiene y se otorgan la paciencia para soportar las confianzas ilusorias de los primeros.

Al igual que la mente hace que nos veamos más atractivos al espejo, consigue que creamos que conducimos mejor que todos los demás, veamos a nuestros hijos los más guapos del parque, y un larguísimo etcétera, este sesgo no deja de ser una protección natural que hemos desarrollado para no destrozar nuestras autoestimas; a nadie le gusta ser consciente de que es un mono vestido, así que nosotros mismos nos damos una pequeña palmadita en la espalda. La mente tiene esa maravillosa tendencia de ayudar a vernos mejores de lo que somos, y nos engaña, piadosamente y con cariño, para que cada día nos levantemos de la cama. Sin ir más lejos, no hay dicho más falso que el que asegura que “todo tiempo pasado fue mejor”, ya que solo se trata de nuestra mente edulcorando las malas experiencias para que recordemos que nuestra vida no tuvo tanto dolor como el que en realidad pudo haber sentido.

La mente nos ayuda a vernos mejores de lo que somos para que cada día nos levantemos de la cama

Pero como toda palmadita, que peligra de ser un empujón que nos estampe contra el suelo, este arma mental que sirve para defendernos de nosotros mismos puede ser utilizada como las de fuego: tanto como protección ante el peligro como para pegarnos un tiro en el pie. Por ello, caer en un exceso de arrogancia no deja de ser un ejercicio de ignorancia supremo, ya que, el asumir por decreto que nuestros pensamientos y creencia subjetivas son la verdad objetiva puede hacernos víctimas de nuestras cabezas, presas de un ego desbocado que se empeña en imponer a los demás un modo de ver el mundo que solo existe de nuestras córneas para fuera. En relación a esto, el que haya leído el fantástico manual de la autodestrucción vital que escribió Paul Watzlawick, El arte de amargarse la vida, sabrá que el punto cardinal para caer en la amargura es creer que la única opinión correcta es la propia, y que lamentarse de que los demás no ven lo que tú tan fácil comprendes — “la gente o es tonta o está ciega” — es la más extendida tarea para caer en la desdicha.

Más peligroso que el monopolio de la verdad es el de la bondad

Sería un debate hermoso el intentar resolver el dilema de si hay tantas realidades como personas o una sola realidad e interpretaciones individuales, pero obviamente no está el día para filosofar sobre el sexo de los ángeles. Lo que sí está claro es que la dosis de cura para la arrogancia tiene dos ingredientes fáciles de encontrar: humildad y tolerancia. Como ya deberíamos saber, nuestra mente destaca los argumentos o hechos que se adecuan a nuestros esquemas —que están configurados con nuestros valores y experiencias ocultando los que no— y es prácticamente —y diría que sin prácticamente— inevitable que así sea. Caer en el sectarismo está a la orden del día y es un ejercicio tan humano que si lo perdiésemos nos aburriríamos porque no habría nada que discutir; somos huéspedes en el “efecto de perseverancia”, que nos regala una fuerte rigidez de pensamiento. Pero el autoritarismo, es decir, caer en la trampa de ese ego que nos lleva a tratar de imponer nuestra verdad como verdad absoluta, que nos hace creer que somos los buenos —infinitamente más peligroso que el monopolio de la verdad es el de la bondad—  y que nuestra idea es la que a la gente le hace falta asumir e incomprensiblemente no ven, solo puede esquivarse conscientes de que, aunque en nuestra cabeza todo se vea muy limpio y ordenado, fuera de ella quizás no tenga ningún valor para otras mentes que siguen su propio orden.

Gráfica sobre el estudio del efecto.

Una de las gráficas del estudio del Efecto Dunning-Kruger, publicado en 1999 por la revista Journal of Personality and Social Psychology.

Como Karl Popper decía, es terrorífica aunque curiosa esa capacidad humana de asumir malas intenciones al que defiende teorías distintas; o como escribía Thomas Szasz, asombrosa la facilidad con la que los contrincantes entienden que por estar en desacuerdo con un argumento significa por obligatoriedad comulgar con el opuesto —dado que se pasó su vida defendiendo la legalidad de las drogas pero no que la gente se drogase, es para tenerlo en cuenta—; y esto sigue siendo algo de actualidad y que la historia no deja de repetir en un bucle infinito, ya que, a pesar de la complejidad de las cosas, el ser humano tiene esa graciosa aunque mezquina simpleza de reducirlo todo a dos frases contrarias animándose a defender todo lo que desde su bando se escupa. Siendo la política el más claro ejemplo de ello.

No se trata, nada más lejos de ello está la intención, de caer en un pesimismo exagerado ni en un bajón de autoestima atroz; pues precisamente las personas de autoestimas más altas son conscientes tanto de sus virtudes como de sus defectos, y no temen practicar ese ejercicio tan sano que resulta y que está demasiado olvidado: admitir que no todo se sabe. Ésa es la diferencia principal entre una sana autoestima y caer en la trampa del ego: en evitar levantar la voz y no enrocarse en un tema del que no se tiene el suficiente conocimiento. No hay prueba más concluyente para captar que alguien no sabe de algo que un individuo subiendo el tono y aporreando la mesa: el volumen y el tono agresivo son inversamente proporcionales al conocimiento que se posee. Cuanto más alto hable, menos sabe; de ahí la necesidad de utilizar simbólicamente la fuerza para convencer de lo que no se consigue conversando.

Las personas de autoestimas más altas son conscientes tanto de sus virtudes como de sus defectos, sin temer admitir que no todo lo saben

El conocimiento, la experiencia y la ciencia, en ese bendito empeño de enterrar viejas teorías para ofrecernos las verdaderas, están a la disposición de cada uno para combatir con firmeza esta guerra. Pero adentrarse en el mundo del conocimiento necesita de valentía y de la posesión de una mente lo suficientemente abierta para correr ese bendito peligro de que de la primera página del libro que se consulte salga una mano que clave una bofetada en todas las ideas preconcebidas y cause un esguince cerebral.

Cualquiera que se haya involucrado en esta batalla, que tenga un mínimo de interés por el estudio, sabrá muchísimo mejor que yo que cada vez que se cierra un libro se han contestado dos preguntas por cada diez nuevas que se plantean; y que en cada libro, artículo, o lo que fuera, se encuentran veinte o treinta más que se necesitan leer para comprender medianamente una materia. Aunque parezca contradictorio, eso es lo que otorga humildad y tolerancia. Como señala siempre Antonio Escohotado, el conocimiento nos hace pisar la tierra, destroza el sectarismo y evoluciona al primitivo; el conocimiento y el estudio doman a la fiera y amansan al animal. Un animal evolucionado no da explicaciones absolutistas porque sabe que defender algo con extrema firmeza puede acabar en un renuncio cognitivamente mucho más costoso de borrar; por ello es que la virtud del sabio no es otra que la humildad intelectual.

Más vale que en un momento dado uno sea sensato consigo mismo y, mirándose al espejo, se repita alguna que otra vez la valiosa noción socrática: “Solo sé que no sé nada, y apenas eso”. Detrás de la arrogancia, que no es más que un escudo hecho de paja, al soplar, no habrá más que un ser perdido padeciendo su ignorancia.