Dame comida que quiero morir

Al ritmo de los Chunguitos empieza este artículo. Finales de los años 90. Leonardo DiCaprio cubría las carpetas de mis compañeras. Todos los niños odiábamos por aquel entonces a Jack Dawson y deseábamos que nunca ganase el Oscar. Se ve que funcionan las flores de diente de león.

Observemos en este anuncio qué es un tamagotchi:

Por fuera parece un huevo (tamago en japonés) y por dentro es un amigo (tomodachi). Era como un Nokia 3310: pantalla en blanco y negro, casi sin funciones y no se rompía aunque esa fuese tu intención. Un pequeño juguete electrónico en el que podías “simular” una mascota. Una mascota virtual que te pedía comer, dormir y otras necesidades básicas también interesantes. Si no estabas atento y no eras cuidadoso, el tamagochi moría. Recuerdo que la media de vida entre los tamagotchis de mis compañeros era 3 o 4 días.

Era como un Nokia 3310: pantalla en blanco y negro, casi sin funciones y no se rompía aunque esa fuese tu intención.

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No os puedo decir cuál era la media de vida de mi tamagotchi porque yo no tenía. Mis padres consideraban que era mejor convertirme en un niño triste y asocial dejándome sin el juguete que lo petaba. Intenté que me comprasen uno, pero aquello era tan inútil como buscar vida inteligente en Marte o en la UXA. Después intenté que algún familiar me lo regalase, pero era entonces cuando mis padres intervenían para evitar, de nuevo, mi felicidad. Este constante intento frustrado de lograr juguetes divertidos continuó en el tiempo: nunca tuve un furby. Y casi tenía pelos en la barba cuando logré que me comprasen un móvil. Pero bueno, oye, visto ahora, tenía su lógica. Ni los tamagotchis son imprescindibles para criarse ni los argumentos que usamos contra nuestros padres suelen ser muy buenos. “Mamá, quiero un móvil, todos mis amigos lo tienen” “¿No tienes gustos propios?” “Sí, y me gustan los móviles” “Pues a mí me gustan los yates y ya ves”.

Discutir con una madre es complicado. Puedes creer que ganas la discusión, pero en realidad has empatado. Al final conseguí convencerla de que necesitaba un móvil y a la semana siguiente, por fin, después de tanto tiempo, me trajo un tamagotchi.

Así que mi experiencia con estos huevos electrónicos se limitó al feedback que mis amigos me iban dando. Y si algo me quedó claro fue que a los que más los cuidaban, antes les morían. Al típico chaval que pasaba de todo le duraba una semana. En cambio, a la niña repipi que no se lo sacaba de la mano… dos días y al cementerio. Creo que los empachaban de comida. Intentaban cuidarlos tanto que los sobreprotegían y después no sobrevivían al duro invierno del mundo real. Un tamagotchi necesita aprender la dureza de la vida, no puede desarrollarse en una burbuja de plástico.

Los bichos estos tenían tres botones y funcionaban con una pila de botón (que son estas pilas que no tienen ningún botón). Estas pilas se llaman así porque se parecen a un botón, concretamente se parecen tanto a un botón como a un lacasito.

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Por alguna extraña razón, los japoneses tenían prohibido exportar estos aparatos. Pero ni siquiera los metódicos asiáticos son capaces de poner puertas al campo, y al final el estraperlo dio sus frutos. Los tamagotchis llegaron al resto del mundo de forma ilegal y se hicieron tan famosos que acabó habiendo un juego de Game Boy, otro de Nintendo DS y hasta una película relacionada con el huevo electrónico.

Los bichos estos tenían tres botones y funcionaban con una pila de botón (que son estas pilas que no tienen ningún botón).

Este escrito iba a ir de tamagotchis pero es que se me murió a la mitad del artículo. Cuando se morían tenías que esperar un tiempo de rigor (rigor mortis) y ya nacía otro. Un divertimento interminable. Apelaban a nuestra biología: por un lado, ese aspecto maternal que hace que todos queramos una mascota que cuidar. Por otro lado, ese sentimiento de posesión de que el animal virtual es nuestro, de que somos sus dueños y de que si queremos darle muerte por exceso de comida, lo haremos.

Los tamagotchis acabaron evolucionando en juegos como el Nintendogs de la DS. Bastante más completo pero igual de estúpido. Todo lo desafortunado de este mundo se resume al ver al niño jugando con el perro virtual mientras el de verdad está atado en el exterior porque nadie le hace caso. Pero ese, pequeño huevo, es el sentido de la vida. El interés subjetivo que se vuelve irónico ante los ojos del cínico que te observa con supuesta superioridad moral.