“Tanto gilipollas y tan pocas balas”

“Me llaman Ford Fairlane, el detective rockanrolero, tengo derecho a entrar en los mejores clubs, en los mejores camerinos,….y en las mejores chicas. Reconozco que esto puede parecer una chulada. ¿Y qué hago yo aquí? ¿Por qué me gustaría que la industria de la música y el resto del globo me tocaran la minga dominga? Muy sencillo, yo no lo sabía pero iba a hacerme cargo de la peste negra. Y no es esa enfermedad que mató a millones de personas en el siglo XII, era algo mucho peor…”

Lo sé, cualquier trabajo cinematográfico que empiece con un monólogo interior de este calibre, tan profundo, sincero y poético, promete ser como una experiencia religiosa (parafraseando a Enrique Iglesias, si se permite) para cualquier espectador. Las Aventuras de Ford Fairlane fue un esperpento hecho película en 1990, para la recreación y gracia personal del cómico Andrew Dice Clay (algo así como el Ricky Gervais de la generación MTV, solo que con un mayor índice de exabruptos y pegándose contra una sociedad algo menos comprensiva que la actual). El encargado de dirigir esta curiosa producción fue Renny Harlin, quien ostenta a sus espaldas auténticos ladrillos de la talla de Deep blue sea o La isla de las cabezas cortadas.

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“Vuélvete a Michigan, paleto” / Brianodorf

Dice Clay interpreta a Ford Fairlane, detective privado que trabaja para las estrellas de la música en Hollywood y que, casi envuelto en la ruina, se ve implicado en la investigación de la muerte de Bobby Black, cantante del grupo Peste Negra e interpretado por Vince Neil (sí, el cantante de Mötley Crüe, quien cada día se parece más a nuestra querida Bárbara Rey). Esto le llevará a una conspiración de piratería discográfica de proporciones millonarias. Por el medio, cameos de famosos, situaciones increíbles e irreverentes y una pizca de acción con su punto de gracia.

En principio, la película lo tenía todo para estrellarse internacionalmente y quedar relegada al olvido. Una recaudación ruinosa en USA, vapuleada por la crítica y el público a partes iguales y ganadora de tres premios Golden Raspberry (a peor película, guión y actor principal). En un año en el que estuvieron especialmente disputados, gracias a joyas de la corona como la desastrosa Rocky V, la terrible interpretación de Sofía Coppola en la decadente El Padrino III o el infame cameo de Donald Trump en Ghosts can’t do it. Sin embargo, algo ocurrió cuando llegó a nuestro país pues, tras un periodo de incertidumbre, el film se convirtió en una auténtica película de culto. Tras su emisión en el Canal+, que todos pirateábamos en nuestras comunidades de vecinos (vale, es mentira, nadie lo hacía, porque era ilegal, ¿verdad?), las grabaciones caseras en VHS de la película se extendieron de mano en mano a una velocidad pasmosa. Y la culpa, aunque os cueste creerlo, es principalmente de Pablo Carbonell.

Pablo Carbonell  fue el artífice de que hoy en día os esté hablando de este despropósito fílmico

 Si, habéis leído bien, el simpático colaborador de programas como El Intermedio, CQC o Buenafuente fue el artífice de que hoy en día os esté hablando de este despropósito fílmico (así lo han catalogado en varias webs de “expertos” del séptimo arte). Cuando la película llegó a nuestras tierras lo hizo en medio de una gran huelga de actores de doblaje. Ante la falta de efectivos profesionales acabaron contratando a Carbonell, quien, a todas luces, acudió a trabajar ostensiblemente ebrio. Al contrario de lo que normalmente se dice en todas las películas, ésta pierde bastante escuchada en su versión original. Que nadie se confunda, la calidad del doblaje en sí misma, y al menos analizándola de forma objetiva, es mala. Más que mala, totalmente aberrante. Peor que la de Juego de Tronos o incluso que la de Star Wars: La Venganza de los Sith, pero las frases… ay, las frases. No está claro hasta qué punto se inventaron en el último momento el director de doblaje Ramiro de Maetzu y el actor gaditano perlas como “toma una magdalena ridículo” o “saltaaa membrillooooo”, pero por cosas así la película se ha hecho un hueco en nuestros corazones. ¿Y cómo olvidar la de “oye, como vuelvas a decir un taco te reviento la cabeza… Y ahora vete a tomar por culo por ahí” o la aún mejor huevos fritos con jamón, te los comes cuando quieras, pero folla siempre con condón?

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¿Patriarcado? Ford era el favorito de las nenas / Dcine

La gracia del doblaje y el encanto de los personajes salvan a esta película de la quema general. No nos engañemos, en el fondo siempre hemos sido más de Alfredo Landa y Arévalo que de James Bond, y los cretinos graciosos y chulescos como Ford nos encantan. No es un film grandilocuente, ni pretendió en ningún momento marcar un antes y un después. Incluso es altamente dudable que Harlin o Dice Clay pensaran en su interior que realmente estaban haciendo un gran trabajo. Esta película, al estilo de Zoolander, Tropic Thunder (quizás el mejor exponente jamás realizado sobre esta corriente de comedia) o Airbag, sólo tiene dos propósitos (y entre ellos no está ser un buen film): hacernos reír y resultar entrañable. Y Las Aventuras de Ford Fairlane los cumple con creces.

¿Y qué fue de Dice Clay? Nuestro duro monologuista y actor fue expulsado y vetado de la MTV por un monólogo que sentó especialmente mal a los colectivos más conservadores y fácilmente escandalizables de norteamérica (recordemos que estaba especializado en chistes que cualquier cualquiera tildaría de homófobos, machistas y discriminadores), y su carrera se fue al traste allá sobre mediados de los 90. No obstante, Dice Clay no se ha quedado en el anonimato. Recientemente participó en el reality de Donald Trump, en algunos capítulos de Entourage y realizó un cameo en la fabulosa serie Colgados en Filadelfia, junto a un Haley Joel Osment con más papada que rostro. Ah, si, y Woody Allen le fichó para Blue Jasmine. Como diría nuestro amigo Ford: increíbleble.

(Imágen destacada cortesía de brianodorf)