La pedantería del daguerrotipo

Extracto de algún discurso de Diane Arbus. Tal vez. 

¿Tú sabes lo que es un daguerrotipo, verdad? Que no se te enrede el fuego en las mejillas, puedes admitir tranquilamente tu ignorancia; al fin y al cabo, es en una gnosis desnuda e hinojada donde mejor encajan los oblongos engranajes del conocimiento. Se van apilando uno a uno con la consistencia egipcia y mecánica de un tema de Kraftwerk, y permíteme soslayar la obvia referencia a Fritz Lang por resabida y cuantiosamente magreada. Pues verás, querido, existe un consorcio universal de culto a la imagen: el certificado de defunción más certero es la contemplación íntima y silenciosa del cuerpo inerte, tendido en lúgubre solemnidad sobre la moqueta con la desgarradora vacuidad de ciertos párrafos de Robert Musil. La imagen acecha la retina, la tantea y la penetra y la escandaliza destruyendo luces y arquetipos, en un súbito ritual de maremoto colérico. El aposento de la mente no es sino un laberinto de espejos donde la imagen, como Rita Hayworth, se contempla y se solaza, parapetándose de manera temporal como una huelga estudiantil o una corriente estílitica. Eres consciente de que la memoria no es más que un desván umbrío de lánguidas imágenes, ¿no es cierto? Se empeña en juntar vívidos recuerdos en un intocable álbum de recortes, con el impreciso olor de la distancia como acompañante. Y entonces pretende educarnos en el arte de la arqueología para preservar el patrimonio de technicolor de nuestra cabeza, pero no sabe que el otoño no interrumpe su desfile por nadie.

La tecnología supone el oligopolio de los parias

El problema estriba entonces en la labor que asignamos a nuestra memoria, delegando todo el trabajo de recordar en un animal falible y poco fiable, chatarra desdeñada y baratera de una boutique asiática. Imagino que ahora estarás pensando “esto tiene fácil solución: el arte copia la naturaleza”. Sin embargo, la pintura se sitúa como un desiderátum difuso, una aspiración más que algo realmente fidedigno, si no mira a Turner, a Mondrian, a Hopper: sus tentativas extraen una realidad familiar pero alienada, reconocible pero no por ello cierta. Yo podría depositar una gárgola o una náyade en mitad de Central Park y esperar a las consecuencias, porque al fin y al cabo un cuadro no es más que una reacción metafísica de un elemento extraño en la realidad, un elemento foráneo que asimila la atmósfera y se esparce hasta hacerse con el control, como una tiranía de la atención no-pactada. Facultar nominativamente los recuerdos es entonces una tarea fútil e insatisfactoria para los pintores, que se acomodan con un simulacro de cielo, de campiña o de sacrificio. Desechada la opción de la pintura por ser esta parte no de lo cierto sino de lo intuido, la otra posibilidad existente la descubrimos en la sucesión inevitable del conocimiento humano, con la impasible y tediosa tarea de evolucionar: la tecnología.

Primer_daguerrotipo_en_España,_Casa_Xifré,_1848

Primer daguerrotipo en España, 1848.

Digo, escupiendo en la cara a Saussure, que la tecnología nos propone un enigma mayor que el que desenmaraña con su servidumbre: somos tan vanidosos y tan cobardes que sólo sentimos deleite cuando nos mofamos de la creación con la quijada descoyuntada de tanta risa de hiena. La tecnología supone el oligopolio de los parias, que suman en la adversidad y asumen su posición descabellada de líderes, asegurándose el puesto de cabeza en la carrera del conocimiento, mientras que el resto de tullidas tortugas se habitúan a observar el menor de sus avances como un fenómeno o una maravilla, repitiendo competentemente la envidia como mantra, acostándose con un nuevo eslogan bajo el brazo sin saber de dónde viene o a quién pertenece, pero haciéndolo desayuno y salmo y tarareo involuntario. En fin, bien sabes que entonces la tecnología se nos presenta como un cableado abúlico, nos fuerza a dar por sentado su integridad y su complicidad, haciéndonos partícipes del milagro de la evolución humana, que tras siglos de estudio ha confirmado plenamente el prodigio del retrete.

Pero volvamos a la fotografía, dijo Susan Sontag, que es el tema que nos ocupa. Una cámara fotográfica no supone un problema para un iletrado bosquimano; su concepción es tan elemental y tan desprovista de magia que el menor asombro sería sin duda fingido. La universalidad de este aparato tan extraordinario pareció vencer el problema de la exactitud del retrato y de la plasmación exquisita de los recuerdos: ahogando en un carrete nuestras poses, petrificamos expresiones y llantos para parir una estampa acrítica, innecesariamente pasiva, temerosamente indiferente. Posee la fotografía cierto encanto, es indudable: es la expresión más pacata del deseo, o al menos del anhelo; se han dado casos de obstinados fanáticos que la han visto como una cárcel o como un purgatorio donde sus almas fueron capturadas demoníacamente. Mi naturaleza epicúrea me permite desbotar esta sandez nigromante; tú y yo sabemos que en la fotografía se incineran demasiados hábitos y que las figuras que lo transgreden nacen del artificio, no de la naturaleza.

El daguerrotipo es una de las más hermosas formas de muerte

Sé lo que piensas: que, al partir de una posición trucada, falseando sentimientos y decepciones, se da una anfibiología fatal que condena esa imagen a la categoría ilusoria, aceptando como real lo quimérico, lo sintético; pero piensa que con esta imagen simulada nace una nueva, de cuño ilusorio y contrahecho, que imita libremente a la naturaleza y a la emoción, pero a la que no se le puede conferir confianza al estar despojada de legitimidad. Me dirás luego que la irrealidad no parte de un reflejo sino de un plagio, y por lo tanto esas fotografías, si bien procediendo de una demostración franca de sensibilidad, pertenecen al campo de lo inestable, ergo no pueden considerarse firmes testigos de las impresiones, de los desasosiegos y de los traumas. No vas errado, desde luego, pero se te presentan numerosas trabas epistemológicas. La principal falacia de Hume está en que lo empírico se agolpa con lo sensible, se ensarzan en una lid absurdamente ontológica que contrae la duda de si recuerdo y sentimiento se separan como dos ríos descongraciados o si, por el contrario, convergen en un mar de entendimiento. Todas estas cuestiones exceden amablemente el territorio de lo sensitivo para adentrarse casi en lo onírico: ahí es donde quisiera yo ver a Locke o a todos esos locuaces empiristas, vestidos con un escueto calzón de púgil entre boas y faquires, entre helechos y deshechos, defendiendo la validez de un recuerdo que ni siquiera forma parte de nosotros, y que por lo tanto (y sirva de moraleja tántrica) no nos toca en lo sensible, sino en lo somero.

Apresar la sensación en un recuerdo es una hipótesis del estudio del olvido, no algo verdaderamente científico: uno no puede reconstruir con plena precisión el terremoto de piel de la primera vez o viviseccionar las lágrimas por el fallecimiento de un ser querido. La fotografía entonces sería un óleo al que le han arrebatado la nitidez emocional, sentando las bases de una estatua desesperada y hostil. Y ello nos lleva de nuevo a los daguerrotipos, sorteando de manera gentil por circunloquios y oxímoros como un Teseo desabrido. Enfrentemos al minotauro de la ignorancia, pues: tomando como pauta fundamental el espectro de la muerte, el daguerrotipo nació como una manera acofensional de acomodar la expresión ante la trágica presencia de la mejor jugadora de ajedrez.

Su técnica es basta y obsoleta; el medio cuerpo congelado, frígido incluso, se dispone ante la mirada impertérrita de un foco, un ojo de cíclope insomne, que observa y juzga y estructura nuestras más innatas peculiaridades en una superficie de plata pulida, lisa como un azogue nuevo. He aquí que se busca la precisión en los detalles; no se pretende economizar en el revelado, sino que se ambiciona la aprehensión de todo síncope, de toda sístole, de todo entusiasmo. Ninguna facción le resulta apática al dispositivo; los rasgos se imprimen como marcas de sangre, en busca de la copia perfecta, de la reproducción milimétrica. El revelado nace de una aleación de la placa de metal con vapores de mercurio, en una polímera amalgama de sustancias bellas y plásticas. ¿Por qué, entonces, por qué me decanto por el daguerrotipo? Oh, su defensa resulta sencilla: es el preámbulo más preciso de la muerte, una griposa antesala para su llegada.

El daguerrotipo encuentra su fama (su mala fama, en realidad) en su elaboración ciertamente letal: el prolongado tiempo de exposición necesario para su realización entraña la inhalación continua de los vapores de mercurio que darán lugar a la imagen, dejando al individuo a merced de la repentina guadaña, sin tiempo para el arrepentimiento o para la redención. Es decir: el daguerrotipo nos presenta nuestro semblante al momento de fallecer, ahogados por la tóxica atmósfera del taller de imagen. Podemos ver, detenido en el tiempo, el momento exacto en que el sudor se hace océano en el cuerpo, logrando en ese preciso instante la identificación de espacio y tiempo en el sentimiento; todo cobra entonces el significado que merece, y que hemos escamoteado en nuestras vanidosas edades: alfa y omega, jarrones de Sêvres, los abrazos de la Tía Tula, el miedo… todo se transfigura en una ráfaga liviana, en un insoportable gemido que se hace grande en el corazón y en la garganta hasta que, ligeros de equipaje y casi desnudos, desaparezcamos en una turbulencia de cigarrillos y velas perfumadas, mientras afuera recién descubren que Monet copió sus ideas a los atardeceres.

img105

El daguerrotipo es sin duda una de las más hermosas formas de muerte, si me lo permitís. Es una bella solución de continuidad para un divorcio entre lo vivo y lo vivido, cortando como parcas apabullantes los descosidos de la vida, enflaqueciendo como un bote de mermelada o una cuenta de ahorros. Pensálo bien: te deshaces simultáneamente con la imagen. Eres la viva imagen de tu cadáver. Nada importa ya la estrechez de tus cejas o los días en las carreras y sus noches en la ópera; el lamento se postula entonces como un episodio presente y profundo de realidad, con la forma de un labio mordido, un labio pródigo en heridas. Al carajo la constricción de tus parientes y la desazón en sus rostros: te legarán a sus repisas o a sus desvanes como una reliquia en principio valiosa, de naturaleza ornamental, memorándum tanto de lo que fuiste como de lo que pudiste ser; te vestirán de elogios y te desnudarán de oprobios, canonizando hasta el cariño que nunca les mostraste, haciendo de tu biografía un circo milagroso para ciegos y leprosos, construyendo tu leyenda desde el paroxismo tenue y desde el requiebro exacerbado; luego, ventilada ya tu reputación de las manchas de sangre que dejaste, te convertirás en un elemento secundario, vulgarizando el hogar con tu presencia, arreándole a sus visitas una molesta bofetada con tu mirada escurridiza, hasta que sólo seas el incordio que realmente fuiste, un deshonesto adán de cínicos modales, incapaz de cumplir la menor normativa o el menor protocolo en público. Ahí lo tienes: es curioso como el tiempo te retira el olimpo y el parnaso mientras tú no te desplazas, constante monumento, rigurosamente quieto sobre la repisa, pero el almanaque rueda rueda rueda y rueda hasta que regresas hasta donde partiste y te reconcilias con la imagen que realmente te corresponde y te hace distinguido negativamente. Ahí lo tienes, somos testigos de tu ascenso y caída, Ziggy Stardust, y esto que tú no te moviste de tu pedestal. La moraleja de toda esta historia es que el universo bien podría colapsarse en unas décimas de segundo, que la raza humana seguiría comentando en Twitter la inmovilidad de todo el planeta ante la inminente destrucción. Porque cualquier imagen vale más que 140 caracteres, ya sabés. Y mucho mejor si esa imagen es un daguerrotipo.  

–Me parece que has estado demasiado tiempo leyendo Rayuela. Es increíble que no hayas respirado ni una sola vez en todo tu discurso. Pero más increíble es que nadie haya interrumpido tu monólogo para decirte lo pedante que eras.