Y los chinos dijeron basta

Sin duda alguna, China está destinada a ser la gran superpotencia del siglo XXI; su potente industria, engrasada con una mano de obra barata y con unos derechos laborales ínfimos, se combina con una gran cantidad de recursos naturales, energéticos y financieros, constituyendo las arterias que bombean la sangre del corazón del dragón chino. No obstante, la prosperidad del país es un regalo envenenado, una daga de doble filo para la población.

Este acelerado crecimiento económico atrae a poblaciones de campesinos hacia las ciudades, creando el mayor éxodo rural de la historia de la Humanidad; 300 millones de chinos abandonarán el campo desde este año hasta el 2025. Es más, el 51% de la población china ya vive en núcleos urbanos. ¿Qué buscan allí? Oportunidades de conseguir una vida mejor, un trabajo mejor pagado en las fábricas y, en definitiva, un futuro más agradable para sus hijos y para ellos mismos.

Esta situación es aprovechada por el Estado, que busca  una rápida urbanización y expansión de la industria en las zonas rurales de las afueras de los grandes núcleos urbanos. Sin embargo, hay gente que se niega a abandonar el campo, argumentando que pueden ganar más dinero que trabajando en la floreciente industria o con las compensaciones gubernamentales por expropiar esos terrenos. Esta situación origina un grave conflicto entre el Estado chino y los campesinos, un envite desigual que degenera en situaciones dantescas, como la muerte de una niña de cuatro años en la provincia de Fujian, golpeada por bulldozer al mismo tiempo que su familia trataba de evitar que se quedaran con sus tierras.

Sin embargo, este conflicto tiene ramificaciones mucho más radicales. En septiembre de este año, el periodista Ian Johnson denunció en un artículo publicado en el International New York Times que la situación en algunos casos era tan desesperada, que los campesinos recurrieron al suicidio como forma de protesta; se quemaron vivos.

Desde hacía cinco años atrás, treinta y nueve granjeros han decidido inmolarse de tan drástica manera para intentar denunciar las injusticias y los abusos del gobierno en  relación a las expropiaciones masivas de tierras, usadas para acelerar el  ya citado crecimiento urbanístico e industrial del país. Son campesinos, gente normal que buscan conservar sus hogares a toda cosa y, en un país en el que la democracia es un cuento chino (valga la redundancia), la muerte se convierte para ellos en su única voz. La reacción de la policía fue bloquear los accesos a los medios de comunicación a los lugares de las inmolaciones.

Una idea de los extremos a los que se ha llegado es lo que le ocurrió a un obrero de Zhoukeng, en la provincia de Jiangxi. Este sujeto, llamado Hu Tengping, estaba emigrado en la ciudad de Changsha, y al volver a su pueblo para celebrar el Año Nuevo Chino, se encontró que su casa había desaparecido. Ya no estaba. La habían derribado completamente. Su reacción fue ir a las oficinas del Partido Comunista Chino y prenderse fuego en ellas.

El suicidio, sea usando el fuego o no, no es la única manera de protestar que tiene el pueblo del país asiático; también protestan, pelean, luchan por sus tierras.

Uno de estos casos es el ocurrido en el pueblo de Zhugosi, futuro emplazamiento para la nueva ciudad financiera de la cercana urbe de Chengdu. Los habitantes del lugar llevan ocho meses haciendo un anillo alrededor de su aldea para evitar que los bulldozers y las excavadoras acaben con las casas en las que han vivido durante toda su vida. Los 1.500 dólares por mu, es decir, la sexta parte de un acre (un acre son 4.046’9 metros cuadrados) les parecen insuficiente compensación por parte de su gobierno, y se niegan a abandonar el lugar, lo que les ha valido enfrentamientos con la policía que se han saldado con golpes y cercos a la población local.

No es, ni de lejos, un caso único en China. Sólo en el año 2010, se realizaron 180.000 protestas en el país asiático, teniendo como protagonistas la mayor parte las disputas de tierras,  y conflictos de esta índole se extienden por el territorio. 50 millones de campesinos se han visto afectados por estas expropiaciones.

Un ejemplo especialmente conocido es la revuelta de Wukan, en la que los habitantes de este pueblo pesquero de la provincia sureña de Guangdong se rebelaron contra el gobierno, hartos de las expropiaciones ilegales, de la corrupción de sus dirigentes y de que supuestamente torturasen y asesinaran a Xue Jinbo, uno de los cabecillas de del movimiento de protesta (la versión oficial es un infarto, pero… ¿qué infarto produce cardenales por todo el cuerpo?). Los vecinos, encolerizados, se manifestaron, exigiendo que les sean devueltas sus tierras, liberar a los detenidos y poder elegir libremente a sus líderes. Incluso se enfrentaron a la policía con azadas y garrotes. Al final, gobierno y pueblo llegaron a un acuerdo.

¿Y los que ordenaron esas expropiaciones? ¿Han tenido alguna clase de castigo o de escarmiento? Pues hay pocas pruebas que demuestren tal cosa. Un importante diario chino, Southern Weekend, analizó ocho casos entre 2008 y 2010, y descubrieron que los funcionarios responsables continuaban en sus puestos como si nada. No es algo nuevo.

Protestas en Wukan en 2011 elconfidencial.com

Protestas en Wukan en 2011 vía elconfidencial.com

El gobierno del país, viendo cómo está la situación,  decidió incluir entre las nuevas medidas del partido mejoras para los agricultores, permitiéndoles el derecho a poseer, transferir, beneficiarse y dar uso a sus tierras, usándolas para uso agrícola colateral, e incluso como garantía para acceder a financiación. Tantas protestas, tanta airada discrepancia tuvo su fruto.

Wukan, Haimen, Zhugosi… algo está cambiando en la mentalidad de los chinos. Nuevas plataformas de comunicación por internet, como Weibo (red social de microblogging parecida a nuestro Twitter, con 368 millones de usuarios) están manifestando el descontento de una sociedad que está hasta las narices de escándalos de corrupción, de las terribles condiciones laborales, de la contaminación de las grandes urbes, de los abusos de poder por parte de las élites privilegiadas del partido y, por supuesto, de las expropiaciones masivas de tierras. La nueva clase media, nacida del fuerte aumento del consumo y del crecimiento económico del país se suma, junto a los agricultores y trabajadores de otros sectores, al descontento generalizado, poniendo en una situación compleja al antaño indiscutible Partido Comunista Chino. Nuevos tiempos vienen para el dragón.