La muerte anónima de Golferías

La semana en que se fue Golferías murieron unas cuantas personas más. Entre ellas, un destacado hombre que se iba como un espejo en el que muy pocos son dignos de mirarse y un actor de Hollywood rubio y de ojos azules como solo saben serlo los actores de Hollywood. Aunque estos dos murieron más tarde, llegaron antes arriba, porque Golferías siempre había sido de paso lento. En la cola le pidieron los datos; tenía nombre y apellidos pero los guardaba para ocasiones especiales, por lo que hizo el check-in con lo puesto.

Vivía Golferías en uno de esos barrios de Vigo que ya no son Vigo. Jubilado, era el sueño modesto de cualquier periodista, ese filón que vive entre los hombres disimulando hasta consigo mismo. Se nos escapó a todos, incluido a mí, que lo sabía pero todo lo dejo para mañana por vagancia y timidez. Tenía pinta de Krahe con un Cristo en su punto recién deglutido. Barba amarillenta, labios cortados y ojos astillados, de los que comienzan a desgastarse por el uso. Con una leyenda de magnate de barra americana venido a menos, vivía con su hermana, que le racionaba la pensión y los cigarrillos, por lo que no era difícil encontrarlo pidiendo un pitillito a cambio de una enseñanza más bien intrascendente. El resto del tiempo lo dedicaba a pasear sacando pecho sin razón alguna, que ya es bastante razón para sacar pecho.

Vivía con su hermana, que le racionaba la pensión y los cigarrillos, por lo que no era difícil encontrarlo pidiendo un pitillito a cambio de una enseñanza más bien intrascendente

Fiel a su estilo de galán de extrarradio, apuró el año hasta que intuyó la semana clave para emprender el viaje. En medio del ruido, de los tweets abigarrados que sustituyen el sentimiento y las fotos con leyendas cutres que se han convertido en la máxima expresión de duelo, Golferías tan solo generó un par de Whatsapps de aviso más bien anecdótico. Uno me llegó a mí, y me puso tan triste que no se lo dije a nadie. Si la muerte viese la cantidad de poesía infame que genera, más de uno sería inmortal.

Nunca hablé con Golferías, supongo que por miedo a destruir la virginidad de la leyenda. Me conformaba con cruzármelo de vez en cuando e imaginar una ficticia y gloriosa entrevista que nadie leería. Golferías no sale en Google. No deja frases célebres ni fotos bonitas con la mirada perdida. Como tantos otros, logró escapar al jolgorio infame que las redes sociales y algunos medios de comunicación han unido a la muerte del famoso moderno. Nunca el final anónimo fue tan sobriamente digno como en nuestros días. Tras el último suspiro, la tabula rasa es una frontera inexpugnable. Una vez le pregunté a un hombre cómo había muerto su padre. Se lo pensó dos segundos y me regaló la mejor descripción que he escuchado hasta la fecha: “Se sentó, respiró un par de veces y luego ya no; muy a su estilo”.