Lászlo Krasznahorkai: la melancolía de la existencia

Es curioso, pero uno de los grandes puntos en común que parece haber entre los dos principales integrantes del viejo imperio de los Habsburgo es ese elemento devastador, obsesivo, devorador que parece impregnar gran parte de su arte.

Concedo que es una generalización, pero no la presento sin pruebas. Miremos por ejemplo la literatura austríaca; ¿de qué clase de país pueden salir un Thomas Bernhard, un Josef Winkler, una Elfriede Jelinek, un Michael Haneke? Más que fuerza vital, parece que el mismo hecho de ser austríacos les dé el poder de devastar, les done una especial capacidad de absorber y pudrir y mostrar todo aquello que es sucio, empantanado, de una geometría brutal y deshumanizadora. Desde luego, de ambos países parece proceder un gigantesco aroma a muerto, a podrido, a cadáver no enterrado que simboliza demasiado bien lo que ha sido el siglo XX para sus paranoicos vecinos. Duro sería el combate si tuviéramos que decidir qué país es el más pútrido; quizás algún día, de alguna forma, alguien consiga hacer un buen estudio que concentre y ponga en oposición las actitudes de dos de los referentes literarios principales de ambos países, el ya mencionado Thomas Bernhard y el húngaro Lászlo Krasznahorkai.

Así, con una suave floritura, llego al escritor que me interesa. Pero, y me siento terrible por ello, creo que os he engañado. En realidad, Bernhard no puede oponerse, quizás ni siquiera compararse, a Krasznahorkai; si uno se lanzara contra otro, ni siquiera se tocarían. Pasarían de largo, o quizás se tocarían en algún punto, allí, hacia el infinito, en el terreno de los números imaginarios y de las tierras prometidas. Sí, hay que recordar que, en algún punto del infinito, las líneas paralelas se tocan; pero no soy fan de Euclides, y que cada uno se quede con el pan que se ha ganado. Ambos escritores son grietas en la realidad, y no hay nada tan delicioso como eso.

La violencia en las obras de Bernhard es, por usar una palabra rápida y expresiva, vertical. Es una violencia repentina, en columna, una especie de superficie plana cargada de grietas (O hiancias, si queremos ser afrancesados) por las que entra, vuelve, toda la monstruosidad, todas las situaciones y pensamientos y esquemas que han sido iluminados en algún momento por la fría, radical, cargada de odio mirada de nuestro querido, intenso, purpúreo austríaco. Por hacerle un poco de publicidad, añadiré que nunca es mala idea leerle. Aunque quizás lo sea, porque desde la primera línea todo empieza a plegarse sobre sí mismo y quizás la realidad ya no se aparezca de la misma forma. Dejémoslo en que, si tenéis tendencias obsesivas, quizás no sea tan buena idea.

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Bernhard, como todo escritor que se precie, obsesionándose con introducirse en las arrugas que ve en el espejo | Fotografía tomada por Sepp Dreisinger

Tiene, además, un punto en común con la escritura de Krasznahorkai: su estilo. Tanto Bernhard como Krasznahorkai escriben con una prosa extraña, fluida, sin puntos, de frases y párrafos de longitud casi infinita. Pero de nuevo encontramos una diferencia entre ambos, y prometo dejar aquí las comparaciones; la prosa de Bernhard funciona como un sistema de pliegues, de situaciones y frases que se pliegan a sí mismos y se niegan a ir más allá. La de Krasznahorkai es más bien, tal y como la definió George Szirtes, traductor de sus trabajos a lengua inglesa, “un lento fluir de lava narrativa”. Pero hinquémosle el diente de una vez: ¿Quién demonios es ese húngaro de apellido hermoso e impronunciable?

Fotografía de Horst Tappe.László Krasznahorkai no se mira en el espejo. En el mundo de Krasznahorkai no hay espejos.

László Krasznahorkai no se mira en el espejo. En el mundo de Krasznahorkai no hay espejos | Fotografía tomada por Horst Tappe

Como ya os habréis dado cuenta, László Krasznahorkai es novelista. Es novelista, y además es húngaro. Esto último es esencial; para que los cinéfilos os deis cuenta de hasta qué punto lo es, es Krasznahorkai el que ha escrito buena parte de los guiones de Tarr, y escritor de más de una novela en que éste ha basado sus películas. Es decir, que Krasznahorkai, sutilmente, parece echar mano a buena parte del arte narrativo que sale de su (probablemente odiado) país.

Su prosa ha sido definida como “un lento fluir de lava narrativa”

Krasznahorkai es un nihilista. Eso quede claro desde el principio. No un nihilista falso, pasivo, débil, hipócrita, convencionalista, un nihilista de El gran Lebowski, no; Krasznahorkai es un nihilista sincero, un nihilista verdadero, de la estirpe de un Mishima, o de un Nietzsche si Nietzsche hubiera tenido acceso a la horizontalidad. Pero Krasznahorkai no es un nihilista como Mishima, un nihilista de lo grande, de lo cortante, del músculo, del dolor; no, Krasznahorkai es un nihilista muy, y realmente creo que hay insistir en esto, húngaro (repitámoslo varias veces en la cabeza: húngaro, húngaro, húngaro, húngaro…). Krasznahorkai es un nihilista de tundra. ¿Qué nos presenta Krasznahorkai en sus novelas? La tundra. El desierto húngaro, frío, ventoso, aterradoramente horizontal, aterradoramente devastado, ante el que no podemos más que arrebujarnos y arrodillarnos y rezar a un Dios que “no sólo no aprobó, sino que ni siquiera se presentó al examen” (James Wood sobre La melancolía de la resistencia, el magnum opus de nuestro húngaro, y base de la película Armonías de Werckmeister, del ya mencionado Béla Tarr). Krasznahorkai nos muestra nuestro alrededor, y nos muestra lo vacío que está; Krasznahorkai lo observa todo, y se da cuenta de que no es nada. No, esto es erróneo; Krasznahorkai se da cuenta de que el todo sólo está en la ruina, como bien dice uno de los extraños personajes de La melancolía. A estas alturas, ya sólo puede hacerse un todo con la ruina; el mundo es un fracaso, una tundra, una brisa gélida que nos cala hasta los huesos, y estamos solos, o peor, no lo estamos, y nos rodea una masa informe de carne, de carne tan gélida como el viento, como el suelo, como la basura esparcida por las calles, y nos arrebujamos en nuestras pieles, asustados, notando los gusanos, notando que nuestra carne está en descomposición, notando que el suelo mismo que pisamos está descomponiéndose y que quizás, quizás no tarden en abrirse grietas que dejen escapar cientos y cientos de toneladas de basura, de vacío, de gases nobles expulsados por la boca de un diablo iracundo, y quizás incluso lo deseemos, quizás deseemos destruirlo todo, quizás deseemos llegar finalmente a la ruina, dejar de intentarlo (¡El lema de Bukowski!) , dejar de arrebujarnos, dejar de esperar, quizás deseemos que todo se descomponga de una vez y que acabe de una vez esa especie de doloroso proceso de descomposición que nos mantiene en vilo, sin saber dónde estamos, sin cruzar la línea, ni vivos ni muertos, ni esperanzados ni desesperados, y nos acompaña la soledad del sabernos acompañados y la triste seguridad de que las armonías son sólo una creación artificial que un día un loco trató de aplicar a un mundo en el que no hay nada verdaderamente presente, en el que nunca ha habido nada realmente propio, existente, único, separado, en un mundo en el que todo es un viento gélido helando los huesos de un animal muerto.

Portada de la edición inglesa, fragmento del cuadro "Entrada de Cristo en Bruselas", de James Ensor.Sospecho que hasta un Fellini se habría quedado satisfecho con semejante portada.

Sospecho que hasta un Fellini se habría quedado satisfecho con semejante portada | Portada de la edición inglesa, fragmento del cuadro “Entrada de Cristo en Bruselas”, de James Ensor

Pero lo más probable es que Krasznahorkai se hubiera reído al leer el anterior pasaje (Y no le culpo, yo mismo me río al leer las tonterías que he escrito intentando explicarle). Krasznahorkai tiene sentido del humor. Un sentido del humor cargado de una mala hostia que francamente echa para atrás, pero sentido del humor al fin y al cabo. No es un Dalí, pero el patetismo de su gélido mundo le hace carcajearse, y, entre sonoras risotadas, nos presenta a esos personajes, que, tan serios, tan elevados que parecen, no tardan en mostrársenos como entes patéticos, enanos, arquetípicos, estúpidos, ridículos, y nos señala sus faltas y no tenemos más remedio que sonreír, reconociendo nuestras expresiones, nuestros pensamientos, reconociendo nuestras obsesiones y nuestras vidas en las gélidas (se debe reiterar la perfecta adecuación de este adjetivo) obsesiones y vidas de nuestros compatriotas ficticios. Lloramos, y sonreímos. Y nos abandonamos suavemente, suavemente a la conciencia de que sólo estamos repitiendo lo que ya tantas veces tantos han hecho y que no somos diferentes de esos mediocres que sólo reciben la luz del ojo del escritor por una simple casualidad, esos seres absurdos que sonríen nerviosamente como durante una de esas viejas fotos realizadas pos-morten.

No es un Dalí, pero el patetismo de su gélido mundo le hace carcajearse

Es posible tildar a Krasznahorkai de posmoderno. Su ironía, sus momentos de distanciamiento, su forma particular de nihilismo, parecen avalar que sea incluido dentro de ése bastante gigantesco, y quizás falto de significado, abanico que es lo que llamamos posmoderno. Y si lo es, en él hay suficientes motivos para confiar en que quizás el posmodernismo no se merezca desaparecer del todo. Escribir desde y sobre la abulia tiene un mérito especial del que no puede atribuirse a un romántico o un realista.

Y, por último, consideraciones prácticas. La siempre curiosa y fascinante editorial Acantilado ha editado cuatro libros de Krasznahorkai en castellano, todos traducidos, y muy bien, lo suficiente como para que uno pueda simplemente dejarse llevar por el deleite que es la prosa-lava del húngaro, por Adan Kovacsics. Son La melancolía de la resistencia, Guerra y guerra, Ha llegado Isaías y Al Norte la montaña, al Sur el lago, al Oeste el camino, al Este el río. Dos de sus libros han sido llevados a la gran pantalla por Béla Tarr: La melancolía de la resistencia y Sátántangó, novela que no ha sido traducida al castellano.