¿De quién es la culpa?

Llevamos casi 6 años de crisis. Millones de personas en paro, mayor pobreza, ajustes… Y siempre que se escucha a la gente discutir en la calle se percibe un claro y sonoro “es que los políticos…”. Los políticos. Siempre el origen de la causa de los problemas de un país. Parece estar bastante claro que la mayoría de las veces velan más por su propio interés que por el común. De hecho, la evidencia empírica es bastante clara al respecto. Como ya he comentado en otras ocasiones aquí y aquí, los políticos y las instituciones son probablemente el determinante más importante del desarrollo económico de un país. Con un enorme peso económico y social, las instituciones tienen la capacidad de organizar los incentivos de un país y decidir el rumbo que tomará. De hecho, no cabe duda de que si las decisiones hubieran sido otras, la crisis hubiera sido más corta y menos dolorosa, pero eso es otro tema.

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La incompetencia de los políticos es en gran parte responsabilidad nuestra.

Volvamos al asunto. Decía que las discusiones en la cola del supermercado o en las comidas familiares siempre se quedan ahí: los políticos. Las instituciones. La culpa es obviamente de ellos. La respuesta fácil y cómoda. ¿Pero acaso no tenemos el poder de cambiarlos? ¿Acaso no han existido a lo largo de la historia revoluciones y cambios de sistema? ¿De quién es la voluntad de cambio sino del pueblo? Y es que nunca se da el paso más allá. Sí, las instituciones son la clave del crecimiento y el desarrollo, pero somos nosotros quienes decidimos cómo deben funcionar. Porque si la élite política sabe que no se le consienten sus desfachateces, directamente ni las intenta (o las hace en mucha menor medida). Es una simple cuestión de incentivos. Pero es que el sistema jurídico está corrupto, claman algunos. ¿Y por qué no exigimos cambiarlo, entonces? Y no, el sistema electoral no es el culpable. Puede que diste de ser perfecto, pero incluso bajo una reforma del mismo no es la panacea.

¿No estás de acuerdo con algo? Manifiéstalo, muévete, organízate para intentar cambiarlo.

No debemos ser engañados. No es nuestra cultura. Ya va siendo hora de reconocer que la historia de la picaresca española es una chorrada. Todas las grandes naciones que se nos ocurran han sido pobres y llenas de caciquismo en algún momento, pero lo que las diferencia del resto es que ellas sí han ido más allá para cambiar el statu quo. Nos jactamos de ser la generación más educada, pero… ¿Realmente esto se manifiesta en nuestras decisiones políticas? Algo va muy mal cuando la gente defiende a un partido político de la misma forma que lo hace con su equipo de fútbol. No hablo tampoco de desafección o descrédito político, que puede ser tan perjudicial y peligroso como ser un fan incondicional de la rosa o de la gaviota, sino de saber enfocar nuestras ideas. ¿No estás de acuerdo con algo? Manifiéstalo, muévete, organízate para intentar cambiarlo. No desde el idealismo con una pancarta mal pintada, sino desde una perspectiva pragmática. Debemos admitir que la sociedad no busca extremos. Ni desea “autarquía alimentaria”, ni un “socialismo antiimperialista bolivariano” o un sistema anarcocapitalista. Ya es hora de aprender que hay que ser escépticos en cuanto a lo que política se refiere, y reconocer que la gente siempre se mueve por interés propio. Y eso no tiene por qué ser nada malo, si se sabe encauzar adecuadamente.

La organización y la presión es clave

Siempre que alguien escucha la palabra “lobby” siente un escalofrío e imagina grandes grupos de corporaciones con intereses malvados. Nada más lejos de la realidad. Los lobbies tienen una función democrática vital. Llaman la atención sobre un tema, lo ponen sobre la mesa y generan propuestas. Pues bien, esto es lo que hay que hacer. La sociedad debe constituir también un lobby que luche para hacerse oír, no solo a través del voto, sino con propuestas en temas más determinados. Y no, muchas de las políticas que se toman no son una cuestión de ideología. Existe multitud de evidencia empírica muy sólida en educación, sanidad, ciencia, política fiscal, etc que nos indica las decisiones que debemos tomar para tener un sistema efectivo y eficiente. Pero no se hace. ¿Por qué? De nuevo, porque no interesa. Porque hay otros grupos de presión que buscan lo contrario. Lo que debemos hacer por tanto es que ese interés propio de los políticos coincida con el común, y para ello tenemos que imponernos. Por ejemplo: la crisis ha destruido un 43% de empleos temporales, comparados con un 6% de empleos fijos. ¿Cómo es posible que nadie hable de la barbarie que supone el esquema de contratos temporales/fijos que tenemos ahora, habiendo evidencia de que es posiblemente uno de los mayores creadores de desigualdad actualmente en nuestro país? ¿Cómo es posible que los jóvenes, los más perjudicados por esto, apenas se hayan pronunciado sobre el tema? Evidentemente hay un grupo que hace presión para que la situación no cambie: los privilegiados, que lucharán para que todo esté estático. Es posible que estos colectivos lo hagan de forma inconsciente, sin pensar en las consecuencias que tiene su inmovilismo sobre el resto de la sociedad. Pero para eso tenemos el conocimiento científico, para discernir lo que es más eficiente para todos de lo que no. Evidentemente habrá aspectos en los que no estará tan claro el resultado o estén fuera del alcance de la ciencia, pero para eso está la prudencia, la democracia y la voluntad popular. Pero lo importante es que la sociedad esté viva políticamente, para que así sepa criticar, votar y aportar.

Por eso la organización y la presión es clave. Todo este proceso ni es fácil ni es inmediato, pero acaba mereciendo la pena. Porque al fin y al cabo los que tienen que votar y decidir somos nosotros, no ellos. Y la historia nos ha enseñado que es posible cambiar un sistema, si se hace de la forma adecuada. Utilicemos pues el conocimiento del que disponemos. No son necesarias ni revoluciones, ni panfletos, ni ideologías estancadas en el siglo XIX. Solo saber leer y organizarse adecuadamente. Sin excusas. Sin echar balones fuera. Y es que la culpa principalmente es nuestra. Por haber estado dormidos, por pensar “bah, qué se le va a hacer…”. Y ya va siendo hora de despertar.