Metamorfosis brasileña

“Um país mudo é aquele que não muda”. Y los brasileños han decidido que quieren cambiar. Se han arrancado la banda de miedo que les cubría los labios para mostrar con fuerza a su Gobierno que ha vuelto la más valiosa fuerza política del mundo, el pueblo en pie.

Así es. Brasil se suma a la emergente lucha social que hemos podido observar en Turquía este mismo verano, o incluso en Chile o Túnez si volvemos la vista un poco más hacia atrás. Concentraciones de valores que parecían sepultados por la corrupción de gobiernos empachados de poder. Ciudadanos convertidos en redactores de la injusticia social y que publican en hojas de aire, corresponsales en sus propias calles, defensores de sus propias causas. El mes de Junio supuso la erupción del volcán brasileño, arrasando con su lengua de lava todas las calles de las principales ciudades del país.

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Las calles brasileñas abarrotadas de manifestantes – Google Images

Se anuncia la última medida gubernamental: se aumentará el precio del transporte público unos 20 céntimos de real (0,07 céntimos de euro). Adiós a las calles durmientes, a la fingida alegría por la “buena imagen” de Brasil en el exterior. El Gobierno ha abierto el telón y en escena aparece el comienzo de la soberanía popular.

Dilma: entresijos políticos y llegada al poder

Es una mujer que ha sabido ganarse el puesto que tiene. Es decidida, segura, voraz. Con ideales claros y una simbiosis con el pueblo que muchos otros gobernantes envidiarían. Pero esto parecen cuentos baratos del pasado. Puede que el poder y la niebla de muchos inviernos hayan provocado en Rousseff una especie de amnesia, un olvido que sirve como cañón de tiro a medidas que poco o nada tienen que ver con aquello que en su pasado decía defender.

Aterrizemos en el 1964. João Goulart es el gobernante brasileño que se encuentra frente al federalismo presidencial establecido en el país. Pero el anticomunismo es una fracción latente en la sociedad militar brasileira, por lo que las fuerzas armadas deciden poner orden en lo que creen un sistema de gobierno disparatado e imponen su propia ley con un Golpe de Estado. El fantasma de la dictadura asola Brasil bajo la firme mano de Ranieri Mazzilli. En este momento Rousseff comienza a militar en ORM-POLOP (Organización Revolucionaria Marxista – Política Obrera) para luchar contra la represión de los derechos y de las libertades impuesta por el nuevo régimen.

Pasado el tiempo, la baza del poder cae en manos del general João Baptista Figueiredo, el cual – puede que intentando sofocar las cada vez más numerosas oposiciones a la dictadura – acepta una pequeña apertura en el hermetismo del régimen, permitiendo el paso del bipartidismo obligatorio al pluripartidismo. En este contexto, Dilma Rousseff inicia su actuación política en el Partido Democrático Laborista (PDT), al frente del cual se encontraba Leonel Brizola. Otro de los partidos que salieron a la luz tras esta sutil permisividad es el Partido de los Trabajadores (PT), que se convertirá en la principal oposición del PDT.

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Dilma Rousseff junto a Leonel Brizola, del PDT – Google Images

Llegado el 1998, el PT y el PDT deciden forjar una alianza con el fin de mantenerse más fuertes. Tal decisión parece agradar a todos los costados del complicado torso político brasileño, pero Brizola decide que no puede mantener esta alianza. Es debido a esta causa por la que, en 2001, Dilma Rousseff abandona el partido que la vio crecer para convertirse en una política adulta en el seno del Partido de los Trabajadores, cuya cabecera estaba liderada por Lula da Silva. Finalmente, en 2002, el lulismo que se desarrolló en tierra brasileira llevó al PT a la presidencia.

El ex-presidente brasileño, Lula da Silva - Google Images

El ex-presidente brasileño, Lula da Silva

Lula da Silva fue uno de los presidentes más queridos en Brasil, pero tras 8 años de gobierno, debía ceder el puesto al siguiente cabeza pensante que llevara a su pueblo hacia lo más alto. Su candidata casi sin discusión ni opciones fue Dilma Rousseff, nuestra princesa del pueblo a la que se le han subido un poco los aires de la capital. Accede a la presidencia el 1 de enero de 2011.

Gobierno del PT con Rousseff: Brasil se hace adulta

La llegada de Dilma a la presidencia no supuso grandes cambios con respecto a la forma de gobernar de su antecesor. Pero los problemas de conciencia empezaban a fraguar entre los brasileiros.

Los tres primeros retos a los que se tendría que enfrentar la primera mujer al frente de Brasil se resumen en tres puntos clave: mantener los logros hacia un desarrollo más inclusivo, profundizar en las transformaciones económicas (fundamentalmente, luchando contra la pobreza) y asumir las responsabilidades del creciente liderazgo brasileño en un contexto de crisis económica internacional.

Ciertamente, el panorama con el que se encontró la presidenta no era el peor en absoluto, pero la necesidad de reformas asomaba la cabeza, el cuello y medio cuerpo. Las transformaciones que Brasil necesitaba tenían que encauzarse cuanto antes. Pero Rousseff decidió centrar sus esfuerzos en mantener y promocionar la imagen de “país emergente con óptimas condiciones para la inversión”, olvidando cómo sus propios ciudadanos veían la situación desde dentro. Corrupción, ausencia de democracia participativa, calidad de vida que no se correspondía con la imagen global del país…Esa era la realidad que se amoldaba por las calles y avenidas brasileñas. Quedaron en el tintero la reforma fiscal, la política, la de la Seguridad Social, la de educación, la del modelo económico…Rousseff se marchó demasiado rápido al desfile ante los jueces mundiales y se dejó olvidados en casa los zapatos de tacón que tanto daño estaban haciendo en los pies brasileiros.

Cuando Rousseff volvió a la política interior, recordó que en su blog de notas ponía “graves problemas macroeconómicos” y, para empezar a tachar de la lista, decidió tomar una medida de la cual se arrepentirá el resto de su vida política. La tarifa del transporte público se incrementará 20 céntimos de real (0,07 euros). No hizo falta más. São Paulo, Rio de Janeiro, Porto Alegre…las ciudades más importantes del país acogían mil gritos de protesta abanderados bajo la insignia de la conciencia y justicia social.

Protestas en Brasil - Google Images

Protestas en Brasil – Google Images

“No necesitamos ser un partido para protestar”

La mecha se estaba quedando sin llama, así que Brasil decidió avivar el fuego. Jueves, 13 de junio. Una manifestación masiva en San Paulo se salda con 235 detenidos y 100 heridos. La policía (siempre tan democrática defendiendo la seguridad nacional) utilizó gases lacrimógenos y pelotas de goma para desalojar a los manifestantes. La radicalidad de la respuesta policial aumentó la crispación, que no era mucho más sólida que papel de fumar. Estos procedimientos policiales fueron agazapados bajo la excusa de que los protestantes tenían una actitud de “resistencia a la autoridad”. Pero ya nada servía, no se puede engañar a un perro viejo. Estas protestas ya habían marcado un precedente, dejaron marca en la piel de quienes las iniciaron y su efecto de contagio fue asombroso.

Un manifestante tapando nariz y boca para evitar los gases lacrimógenos - Google Images

Un manifestante tapando nariz y boca para evitar los gases lacrimógenos – Google Images

Nadie ignoraba ya que la subida de las tasas del transporte había sido un cebo. Los motivos reales de este levantamiento total eran más profundos y graves. Para empezar, la violencia, que parecía tener algún tipo de parentesco con el día a día de Brasil, el cual cifraba sus índices de criminalidad en 11´5 homicidios por cada 100.000 habitantes. Por otro lado, la falta de vivienda: un 30% de los 11 millones de habitantes de São Paulo vivía en condiciones inadecuadas, según la Secretaría de Viviendas Municipal. Sumamos y seguimos. Es el turno de las inversiones mal destinadas. Estamos hablando del dinero invertido por el gobierno en los macroeventos deportivos como el Mundial de fútbol de 2014, la Copa Confederaciones y el establecimiento de los JJOO de Verano en la ciudad de Rio de Janeiro (y no nos olvidemos de la visita del Papa Francisco por las Jornadas Mundiales de la Juventud, una concentración más eclesiástico que deportiva, sin lugar a dudas). No hacía falta más que leer las pancartas que desfilaban firmes por las calles. “Nuestros héroes son los profesores y no los jugadores”, se podía observar. He aquí la señal de madurez ciudadana y democracia participativa que Brasil había adquirido tras muchos años en letargo emocional.

Manifestantes con la máscara de Anonymus - Google Images

Manifestantes con la máscara de Anonymus – Google Images

Viernes, 15 de junio. En Sao Paulo continúan las manifestaciones convocadas primeramente por el Movimiento Pase Libre (MPL), y más tarde por la Articulación Nacional de los Comités Populares de la Copa (ANCOP) y por Resistencia Urbana.

Lunes, 18 de junio. El país entero se echa a las calles convocado por Internet, donde lideraban los enaltecimientos jóvenes y adolescentes. Los políticos y los sociólogos están desconcertados. No saben a qué se enfrentan, no saben cómo manejar la rebeldía de un país que les está comiendo terreno.

Claro ejemplo de la potencia de las redes sociales - Google Images

Claro ejemplo de la potencia de las redes sociales – Google Images

Jueves, 21 de junio. Las autoridades de Rio de Janeiro y São Paulo anuncian la revocación de la subida de 20 céntimos de real en las tarifas del transporte debido al avance de las protestas.

Viernes, 22 de junio. Una marea de más de un millón de personas paralizan las principales ciudades de Brasil alzando al cielo un punto en común: el rechazo a la presencia de los partidos mayoritarios.

Sábado, 23 de junio. Rousseff anuncia un gran pacto por los servicios públicos, contando con un plan de movilidad que privilegie el transporte colectivo. La ciudadanía no se siente del todo satisfecha ya que lo ve como el caramelo que contenta al niño que se ha quedado sin el juguete que le gustaría tener.

Domingo, 24 de junio. Las protestas pierden algo de intensidad, pero se recrudecen. Se concentra la manifestación más numerosa en Belo Horizonte, ahumada con gases lacrimógenos y saldada con 12 heridos.

Lunes, 25 de junio. Los brasileiros siguen en pie de guerra. Se han convertido en una sociedad a la que no le basta con promesas, sino que demandan hechos reales y concretos. El ambiente recuerda al que se respiraba en las manifestaciones de universitarios en Chile de 2011 o en los cacerolazos argentinos del 2011 y 2012.

Vuelta a la normalidad: Brasil 2.0

Tras las protestas, según un sondeo realizado por el Instituto Brasileño de Opinión Pública y Estadística (Ibope), todas las instituciones de Brasil han perdido credibilidad, empezando por la Presidencia de la República, el Parlamento y el Congreso, seguidos por la Iglesia, los bomberos y los medios de comunicación.

Con respecto a la aprobación de su gobierno, Dilma Rousseff vió desplomada su popularidad en más de 40 puntos, de hecho se estima que un 41,6% no volvería a votarla de ninguna forma.

Ahora, el adolescente país con esa rebeldía que caracteriza a los jóvenes con granos, necesita volver a pisar los pies en la tierra, volver a la normalidad en las calles, pero eso sí, con una mentalidad diferente. Ahora es una sociedad que ha decidió que no sólo quiere más, sino que también y sobre todo lo quiere mejor. De hecho, la solidez de que los manifestantes quieren un modelo democrático se avala con intención de éstos en mejorar el sistema que ya tienen, en ningún momento pusieron sobre la mesa un cambio de régimen, sino la búsqueda de una política real, no virtual.