Se canta lo que se pierde (I)

Con los primeros días de septiembre y el cinismo dulce de Iván Ferreiro entonando su ya mítica Años 80, vuelven a mí unos versos que Antonio Machado escribió pensando en Pilar Valderrama, un amor imposible: se canta lo que se pierde. Aciertan las palabras del poeta sevillano porque, desde los caliginosos blues de Son House o Skip James- pasando por la voz pesarosa de Billie Holiday- hasta la atmósfera trágica de las melodías de Elliott Smith, la música ha servido siempre de manera especial a esta causa. Por eso, qué mejor forma de pertrecharse contra el otoño inminente que con un puñado de canciones verdaderamente tristes. Tomen asiento, un paquete de kleenex y recuerden…

1- Brand New – Play crack the sky (Deja entendu, 2003):

What they call love is a risk, ’cause you’ll always get hit out of nowhere by some wave and end up on your own.

Si hay un grupo capaz de transformar la convulsión adolescente en pequeñas joyas musicales, ese es Brand New. Su errático y poco original debut (Your favorite weapon, 2001) dio paso a un segundo álbum de una insólita madurez juvenil: Deja entendu. El disco es una sentida oda a la tristeza, de difícil catalogación, pues sus influencias son un compendio de pinceladas post-hardcore, elementos folk y estructuras indie rock en la onda de bandas como Okkervilr River.

Play crack the sky, un sencillo tema acústico a modo de coda, presenta las relaciones personales en su máximo nivel de autodestrucción. Fatalista y conmovedora, aquí el amor se transforma en un barco a la deriva de inevitable naufragio, que se lleva todo por delante. ¿El resultado? Dos cuerpos maltrechos y agonizantes sobre la arena de cualquier playa abandonada.

2- The Smiths – I know it’s over (The queen is dead, 1987):

Love is natural and real, but not for such as you and I, my love.

Cuando pienso en la soledad, siempre me viene a la cabeza la imagen del líder de los Smiths marchito y ausente apoyado sobre la barra de algún antro escondido en las profundidades de Manchester. No sé si es un farsante de tres al cuarto, pero a mí logra engañarme. I know it’s over es excepcionalmente ambigua, apática y deprimente. Contagia al oyente un sentimiento de pérdida constante y, por momentos, su voz convierte todo en algo inusual e inútil.

rockaxis.com

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Cada vez que la escucho se me empaña el corazón con estos versos de Vicente Gallego recogidos en su poema La pregunta: durante cuánto tiempo cumpliré mi condena/ de buscar en los cuerpos y en la noche/ todo eso que sé/ que no esconden ni la noche ni los cuerpos. Morrisey parece saber la respuesta… ¿Y tú?

3- Quique González – Discos de antes (inédita):

Estas noches encerrado en casa, tan lejos de mis viejos amigos. Hay noches que no encuentro casi nada de todo lo que ayer era mío.

¿Un piano y Quique González? ¿Qué más se puede pedir cuando la nostalgia es la única elección posible? El cantautor madrileño es el paradigma de la melancolía hecha canción. Para algunos será un llorón autocomplaciente, pero en las noches incurables de angustia, en las que la mujer de tu vida se ha largado con ese cabrón mucho más feo, fuerte y formal que tú; la voz intranquila y nasal del autor de Salitre es un bálsamo insustituible y necesario. Porque en cualquier momento los gatos de tu barrio pueden empezar a temblar sobre el capó de tu coche.

4- Bon Iver – re: Stacks (For Emma, forever ago, 2007):

The fountain in the front yard is rusted out: all my love was down in a frozen ground.

Convaleciente de una mononucleosis y decepcionado por la disolución de su banda, DeYarmond Edison, Justin Vernon se refugió en una cabaña de algún apartado bosque de Wisconsin. En aquel lugar, el joven músico se dedicó durante tres meses a gestar un álbum que versaría sobre “un antiguo amor”, For Emma, forever ago, y que acabaría siendo todo un éxito, catapultando a la banda hasta convertirla en uno de los referentes actuales del indie/folk.

Re: stacks comienza con un verso profético, introspectivo, que juega con el hecho histórico del hallazgo de los manuscritos del mar Muerto. Un inteligente recurso metafórico que viene a reflejar todo aquello que, por su transcendencia inesperada, puede transformar y cambiar nuestra trayectoria vital y nuestra concepción del mundo. Sin embargo, el cambio es mínimo, pues ni la redentora estrofa final nos salva de una atmósfera circular y repetitiva. La canción se convierte entonces en un reflejo de la constante zozobra interior de alguien que, pese a todo, continúa sin saber muy bien quién es y a quien el azar traiciona una y otra vez sin posibilidad de tregua.

5- James Vincent McMorrow - We don’t eat (Early in the morning, 2010):

Sunk like a stone, desperately reaching for nets that the fishermen have thrown trying to find a little bit of rope.

Un piano temeroso y machacón sirve de base para esta intrigante canción. La voz asustadiza del espigado cantautor irlandés salta de verso en verso bajo una atmósfera de nostalgia casi sagrada. Pero de pronto irrumpe la batería como una tensa exhalación y James Vincent McMorrow se abandona creando un vigoroso e hiriente clímax.

Esta especie de salmo incongruente tiene en el misterio su mejor arma. No se puede dilucidar con exactitud lo que aquí se trata de expresar, pero poco importa: búsqueda de una fe insostenible, añoranza infantil o las mismas historias de siempre sobre trenes sin aliento… Posibilidades que forman un conjunto cautivador con el que, aún sin saber muy bien por qué, al corazón abandonado le resulta fácil identificarse.

6- Bob Dylan – I was young when I left home (The bootleg series Vol. 7: No direction home: the soundtrack, 2005):

I was young when I left home an’ I been out a-ramblin’ ’round an’ I never wrote a letter to my home.

Un Dylan todavía inmaduro y expectante firma esta emocionantísima interpretación de un tema tradicional que aprendió durante un viaje en tren al más puro estilo de su ídolo Woody Guthrie. La canción fue grabada a principios de 1960 en un hotel de Minnesota, pero se publicó oficialmente y de forma global en el bootleg que acompañó al estreno del documental No direction home, que Martin Scorsese realizó sobre el bardo de Duluth hace ahora ocho años.

La voz de Zimmerman suena aquí quebradiza y sincera como pocas veces se ha visto en su larga trayectoria. Es esta sinceridad la que nos guía en cada estrofa narrando las tribulaciones familiares e internas del típico rambler de la imaginería folk americana. Cinco intensos minutos de guitarra arpegiada y voz que te harán viajar irremediablemente a los tiempos secos de la Gran Depresión y el medio oeste, donde los trenes todavía eran seres mitológicos y la palabra dust aún tenía dimensiones casi divinas.

7 – Lorraine Ellison – Stay with me (Stay with me, 1969):

Who did you touch when you needed tenderness?

La canción escrita por George Weiss y Jerry Ragovoy (autor de otros éxitos de renombre como Time is on my side, impulsada por The Rolling Stones en 1964) iba a ser interpretada en un principio por Frank Sinatra. Sin embargo, este se encontraba enfermo y no pudo asistir a la grabación. Con la orquesta preparada y el estudio reservado, Warner no podía permitirse el lujo de mirar hacia otro lado perdiendo así su inversión. La compañía optó entonces por ofrecerle a uno de los autores del tema que la grabara él. La propuesta recayó en Jerry, pero este rehusó, delegando la responsabilidad en la cantante gospel Lorraine Ellison. La elección fue un triunfo rotundo e inmediato.

La interpretación in crescendo de Ellison, desgarradora y potente, transforma la canción en una experiencia única. Comienza sus fraseos tímida, apagada, pero cuando llega al estribillo estalla con una fuerza inabarcable que convierte cada palabra en un dardo envenenado. Se han hecho innumerables versiones de este clásico del soul, pero ninguna ha sido capaz de reflejar con tanta profundidad el sentimiento de dolido abandono como esta. Recomendable para corazones al borde del abismo, todo un bálsamo.

8- The Tallest Man on Earth – Love is all (The wild hunt, 2010):

Love is all, from what I’ve heard, but my heart’s learned to kill, oh! mine has learned to kill.

Es indiscutible la influencia que ha ejercido el Bob Dylan más primitivo sobre el cantautor sueco, no sólo en su timbre desgarrado y estridente, sino también en sus letras cargadas de metáforas e imaginería surrealista. Por lo tanto, de obligada escucha para todos los amantes del autor de Blowin’ in the wind.

Respecto a Love is all, cuando uno se centra en ella puede evitar pensar que Kristian Matsson hace aquí una relectura de una de las canciones insignes del bardo judío: I threw it all away. Sin embargo, si en el texto de Zimmerman es el yo poético el que se culpa de su fracaso en defensa del amor, aquí se señala a este como generador del conflicto y encrudecedor del alma humana, del mundo circundante; porque lo realmente difícil – no conozco ningún caso- es salir entero de una historia de amor, y, Love is all, con sus versos saltando como conejos sobre un los mordaces arpegios de su guitarra acústica, es un acertado ejemplo de ello.

9- Leonard Cohen – Seems so long ago, Nancy (Songs from a room, 1969):

She never said she’d wait for us although she was alone.

Seems so long ago, Nancy es una de las canciones más amargas, decadentes y oscuras de Leonard Cohen. Infinidad de veces versionada y magistralmente adaptada a otros idiomas, como al italiano, por músicos de la talla de Fabrizio de André. En ella se da cuenta de la muerte de Nancy, hija de un importante juez de Montreal. La muchacha, educada en un ambiente aristócrata y opresor, se vio obligada a dar en adopción a un hijo concebido fuera del matrimonio. Este hecho sumió a Nancy en una depresión profunda, tanto que acabaría por conducirla al suicidio: se disparó usando la pistola de su hermano pequeño.

hollywoodandfine.com

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Aunque el cantautor canadiense apenas coincidió con ella en un par de ocasiones, la canción logra trazar un minucioso retrato de la soledad de una mujer que, pese a su posición y belleza, no consiguió encajar en la voracidad de este mundo moderno tan hipócrita y tan de los chinos. Las imágenes turbadoras, en las que se da cuenta de su confusa promiscuidad y de la frivolidad de sus amantes, construyen un relato sórdido de gran carga poética, sostenido por una leve guitarra junto a un coro femenino que potencia la inquietante solemnidad de la interpretación.

10- Luis Emilio Batallán – Ahí ven o maio (Ahí ven o maio, 1975):

Pra min non hai maio… ¡pra min sempre é inverno!

El gallego Luis Emilio Batallán grabó a mediados de los setenta una auténtica obra maestra del género de autor. En estado de gracia, musicó excepcionalmente a una serie de poetas gallegos, creando clásicos como Quien poiedera namorala, Camiño longo o Ahí ven o maio.

Los versos de Curros Enríquez, que componen este tema, encajan a la perfección con la sencilla melodía del compositor compostelano. El poema toma el mes de mayo, y por lo tanto la llegada de la primavera, como encarnación de la libertad (no en vano es un mes de importantes celebraciones en Galicia). Sin embargo, aquel que no puede disfrutarla vive en un perpetuo invierno. No importan aquí las posibles connotaciones políticas, sino su valor universal y humano, porque, como ya dijo Goytisolo: en este mismo instante/ hay un hombre que sufre/ un hombre torturado/ tan sólo por amar/ la libertad; y Ahí ven o maio recalca magistralmente esta idea triste, penosa, pero que a nadie debería olvidársele nunca.

11- Jackson C. Frank – Blues run the game (Blues run the game, 1965):

Wherever I have gone the blues come following down.

La tragedia fue el implacable demiurgo de la vida de este músico folk. Tras una fructífero pero funesto periplo londinense que le llevó a grabar uno de los discos capitales de los 60, Jackson C. Frank pareció evaporarse. No se volvió a saber nada de él hasta bien entrados los noventa cuando fue rescatado, de pura casualidad, por un melómano neoyorquino llamado Jim Abbott. El muchacho había adquirido en una tienda de segunda mano un vinilo de Al Stewart que llevaba años buscando. Curiosamente, en su interior se encontraba esta extraña dedicatoria: “To Jackson, all the best, Al Stewart”. ¿Era posible que el disco hubiera pertenecido a aquel malogrado cantautor del que Jim Abbott había oído hablar tanto en el ambiente diletante que frecuentaba? Por lo visto sí. El músico neoyorquino, que desde su desaparición vivía en la más absoluta miseria, solía acercarse de vez en cuando a esa tienda para vender algunos de los discos que sus compañeros de generación le habían regalado durante su estancia en Londres. Supervivencia, lo llaman. Jim Abbot no tardó mucho en ponerse en contacto con él y, tras ver el estado en el que se encontraba, le ayudó para que pudiera pasar sus últimos años de vida dignamente.

Por lo demás, Blues run the game es una melancólica balada folk de gran poso profético si tenemos en cuenta la historia de su autor. Aquí el protagonista deambula de un lado a otro con la única compañía del alcohol y el recuerdo de la mujer que ama. Además, su única certeza es que, vaya a donde vaya, la tristeza ya estará instalada allí antes que él, implacable y gratuita. Sus versos reflejan una dolorosa resignación prueba de una vida inútil, solitaria e injusta, pero que a veces es lo único que se posee verdaderamente.

12- Nacho Vegas – Morir o matar (El manifiesto desastre, 2008):

Y salimos de allí y me miraste asustada y el miedo sonó en tu voz: antes de que tú te mates prefiero matarme yo.

Pese a la insistencia en los últimos tiempos de dulcificar su sonido, la verdadera esencia de Nacho Vegas se encuentra en terrenos más farragosos: canciones densas y pegajosas, letras sórdidas y tremendistas apoyadas por un acertado abuso de los acordes menores y cuyo eje central gira siempre en torno al consumo desmedido de drogas, las relaciones autodestructivas y la desesperación cotidiana.

20minutos.es

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Morir o matar es uno de sus mejores ejemplos. Cruda y real como el Cohen de Dress rehearsal rag. En ella no hay escapatoria posible y, en el timbre decadente de Nacho, el amor se convierte tan sólo en otra forma de muerte. Los estribillos apocalípticos nos atrapan en un ambiente claustrofóbico, convirtiendo cada palabra del asturiano en un eco punzante que no nos abandonará hasta mucho después de haber terminado la canción.

13- The Magnetic Fields – The book of love (69 love songs, 1999):

The book of love is long and boring. No one can lift the damn thing. It’s full of charts and facts and figures and instructions for dancing.

Stephin Merritt firmó a finales de los noventa junto a su banda, The Magnetic Fields, un álbum mítico de la música popular: 69 love songs. Más de ciento setenta minutos repartidos a través de sesenta y nueve canciones con, como bien indica el título, un único tema: el amor. Pese a ello, el conjunto es heterogéneo y muy vistoso, donde se recoge un amplio abanico de registros y enfoques sobre un asunto a priori ya muy trillado dentro del arte.

The book of love es una tema con ciertos aires sardónicos. La voz con resonancias de bronce de Merritt crea una hieratismo molesto pero efectivo; y el ukelele, como único acompañamiento de esta versión, aporta una fragilidad necesaria, construyendo un equilibrio casi perfecto. El amor es un libro ininteligible – nos dice-  de magnitud inabarcable e indescifrable interpretación; sin embargo, todos queremos que nos lo lean una y otra vez y – ¡ay!- cuando lo hacen, qué divertido y fácil nos parece el mundo.

14 Amália Rodrigues – Com que voz (Com que voz, 1970):

Com que voz chorarei meu triste fado que em tão dura paixão me sepultou.

Si la armónica puede considerarse el instrumento que mejor canaliza la melancolía, el fado, sobre todo el de Lisboa, es quizá el género musical que con mayor profundidad y precisión la refleja. Com que voz recoge doce poemas de los más diversos escritores en lengua portuguesa. Las composiciones corren a cargo de Alain Oulman, que acierta siempre en la tonalidad que requiere el texto (euforia juvenil en temas como Havemos de ir a Viana o nostalgia desatada en canciones como Naufrágio). Todo ello acompañado únicamente por una guitarra acústica y otra portuguesa.

Com que voz es un soneto de Luís de Camões, conocido principalmente por la epopeya en verso Os lusíadas. Su contenido: destino trágico e inevitable por la ausencia y crueldad de la amada, muy en relación con el maravilloso primer soneto que abre la obra de Garcilaso de la Vega. La voz de Amália Rodrigues desgrana cada verso con una intensidad que transforma la propia realidad de quien la escucha. Perfecto para degustarlo en algún hotel destartalado de Lisboa.

15- The Gaslight Anthem – Blue jeans and white t-shirts (Señor and the queen, 2008):

We’re never going home until the sun says we’re finished and I’ll love you forever if I ever love at all.

Si Joe Strummer se hubiera puesto a versionar a Bruce Springsteen seguramente sonaría como The Gaslight Anthem. La banda de New Jersey es capaz de mezclar ese toque punk y desaliñado de The Clash con la vertiente más folk y pausada del Boss; pero Blue jeans and white t-shirts quizás conecte mucho más con el autor de The River.

Esta debería ser la verdadera canción del verano, de todos nuestros veranos. Es un canto excepcional a la juventud, a las noches eternas que acaban y a los amores de nostalgia adolescente; base de toda verdadera memoria. La sentida voz rota de Brian Fallon, su estribillo pegadizo, exultantemente melancólico, y unos arreglos contenidos como pequeñas gotas, crean un himno inolvidable. Imprescindible.