Manos de piedra

Ayer le dije a un amigo que trabajar en el bar a veces me resultaba kafkiano. Como respuesta, mi amigo se rió y me miró como la gente mira a los gilipollas: dejándolos vivir porque, bueno… porque son gilipollas. Reconozco que decir kafkiano en voz alta hace que suenen las voces de alarma, pero mi amigo no se rió de mí por haberla usado (es un tipo que en los pocos ratos libres que se tiene trabajando detrás de una barra es capaz de usar términos como keynesiano posmoderno sin despeinarse). Se rió ya que (como luego me explicó) se notaba que no había currado nunca. O al menos no en serio.

Posiblemente deba explicarme antes. Al referirme a lo de kafkiano pensaba en que al trabajar en un lugar como aquel, incluso cuando no hay nada que hacer, no puedes estar quieto: tus jefes te dirán que hagas algo, tus compañeros te dirán que hagas algo. Incluso tú mismo, una vez que hayas asimilado cómo funciona el bar, te dirás a ti mismo que tienes que hacer algo. Es un trabajo que nunca termina, donde las órdenes a seguir muchas veces se contradicen, donde para limpiar algo ensucias otra cosa que luego tendrás que limpiar y que a su vez ensuciará lo que habías limpiado en primer lugar.

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Pero mi amigo dice la verdad. Nunca trabajé duro hasta ahora, esto es, dejándome las rodillas y notar cómo mis manos se están convirtiendo poco a poco en piedra por los callos. Resulta duro pero también enriquecedor, porque el trabajo supone una oportunidad para cincelar detalles de la personalidad de cada uno. Como todas las cosas de la vida, da la oportunidad de aprender ciertas lecciones que se esconden entre los diferentes momentos anónimos. Trabajando uno aprende a valorar realmente lo que cuesta una hora de la vida, a perseguir lo que realmente se quiere hacer en ella.

También se plantean retos diarios en los que sólo uno mismo es el actor, observador y juez, porque el resto está demasiado ocupado con sus propios retos. Suponen grandes éxitos o enormes fracasos dependiendo de cómo acaben, pero normalmente el mayor de todos ellos no es -y esto acaba siendo paradójico- hacer lo que dice tu contrato: lo más difícil es conseguir llegar al final de tu jornada sin haberle partido la cara a alguien que realmente se lo merecía.

Mi amigo dice que hasta ahora viví en una burbuja llamada universidad y que esto que nosotros hacemos es la vida real. La gente, excepto muy pocos casos, se parte la espalda o la cabeza diariamente por un par de monedas a la hora que caben en la mano. La perspectiva de esto es bastante amarga, pero realmente espero que de todas las lecciones que me quedan por aprender en el trabajo, una de ellas sea la de disfrutarlo.