Los fantasmas

Septiembre empezó con la muerte de mi abuelo. La noticia me llegó cuando estaba en Londres limpiando vasos en un pub por 6’19 libras la hora menos impuestos y preguntándome qué coño estaba haciendo con mi vida, sin saber en qué iba a gastar ese dinero, qué iba a hacer después de trabajar ahí ni cuándo iba a llegar ese después en cuestión. La sensación de estar perdido -que no  había tenido desde hacía mucho tiempo- acabó en el instante en el que colgué el teléfono, con mi madre al otro lado de la línea destrozada ya antes de haberme llamado.

Cogí un avión dos días después porque no había otro antes. Me había perdido su entierro, al igual que había perdido la oportunidad de despedirme de él unas semanas antes porque mi vuelo salía tan temprano que habría sido inmoral despertarle. Pero pude tirar sus cenizas en el muelle de su pueblo natal y, lo más importante, estar junto a mi familia. Abrazarla. Brindar junto a ella por él. Empezar a curarnos la herida.

Dentro de las muchas cosas que supone nuestra quinta (finales de los ochenta en adelante) y nuestro país (España, o lo que ustedes prefieran), hasta la fecha somos la última de varias generaciones de emigrantes de un país que ha ido recibiendo y mandando personas durante toda su historia. Y hasta la fecha somos la que más fácil lo ha tenido. Están Ryanair, Skype, Whatsapp y otras herramientas que constituyen un completo kit de supervivencia para el emigrante español actual con sobredosis de nostalgia en el cuerpo y pocos glóbulos blancos para afrontarla.

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Sin embargo a pesar de esas facilidades, la sensación de lejanía nunca se irá. Y no lo digo sólo porque mi abuelo haya muerto: muchos tenemos nuestros problemas, pero muchos más echan de menos a alguien. Todos esos medios (y otros tantos que seguramente existan y que no conozco) suponen un analgésico, pero no un anestésico. Y posiblemente eso sea bueno.

La nostalgia, el dolor, la distancia y la impotencia son malas por definición, pero hay que plantarse ante ellas y superarlas. O al menos aprender a convivir con esos fantasmas sentados al borde de la cama y tener el valor suficiente como para mirarlos a los ojos. La alternativa a esto -la cobarde- es encogerse y llorar. Y nadie debería escogerla.

La realidad de “lo que no te mata te hace más fuerte” siempre estará ahí. Con mayor o menor intensidad, detrás de varios disfraces y en cualquier lugar donde esté uno. Y ante eso, sólo se puede luchar por seguir vivo para, precisamente, aprender a vivir mejor. Aunque sea en Londres limpiando vasos en un pub por 6’19 libras la hora menos impuestos.