Las horas críticas del verano

La entrada del verano se aprecia inequívocamente no porque el Infierno asciende hasta la superficie terrestre abarrotando playas y piscinas municipales –ni por hasthtags tan triviales como este artículo, tan dados a glosar patadas al diccionario como #moreneo,  #piscineo y familiares– sino por una serie de escenas casi imperceptibles que apuntalan el paisaje de mangas cortas, gafas de sol y bermudas retro. El hielo entra en el monopolio invernal del café, las radiofórmulas calientan los discos de King África y El Tiburón de Henry Méndez se repite más que un yogur de ajo. En verano, las noches no están pensadas para dormir y algunos aparcan temporalmente los dictámenes de la moda para vestir el modelo guiri de sandalias con calcetines y camisetas de sus campamentos pretéritos.

No obstante, las horas más críticas de la jornada estival se encuentran después de la pitanza de mediodía, probablemente con un menú que gira alrededor de la ensaladilla rusa o la pareja de moda en la mesa: melón con jamón. Los mejores amigos que uno puede tener a las cuatro de la tarde, cuando el calor revienta el mercurio, llevan por nombre Carlos y Perico, por todos conocidos. Son Carlos de Andrés y Perico Delgado, narradores de las etapas del Tour de Francia. Una especie de Epi y Blas parlanchines según el día. O eso o la telenovela de rigor. Los espectadores de la ronda gala, debidamente agasajados con el don de la paciencia –esperamos hora y pico para ver un sprint final de 30 segundos–, apretamos los dientes desde nuestros sofás cuando vemos a la serpiente multicolor del pelotón (así la llamó Javier Ares) poner a mil las pulsaciones cardiacas y vaciar  bidones de un trago, como un bebedor indiscreto en una barra libre. Y si pensamos en una siesta como remedio para adelantar el reloj, ingenuos nosotros. A no ser que la noche anterior haya entrado en el club de las toledanas o la kurda que te agarraste anoche no permita mantenerte en los niveles normales de consciencia. El calor es el antagonista del sueño, como el aceite al agua, como el Barça a Tomás Roncero, como Bárcenas a Hacienda. Siempre podemos blandir el Bloom Radioactivo para cometer un mosquicidio desenfrenado y creernos Chuck Norris eliminando mosquitos a palmadas. No hay lugar para el ocio improvisado de un colega que te invita a tomar una caña a no ser que queráis perecer en el intento de pisar la calle. Hasta parece que la tinta de periódicos y libros pasa de estado sólido a líquido. Tampoco Internet abre la chistera del antídoto contra el sopor. Sólo queda aferrarse a la esperanza de un ocurrente plan veraniego de última hora y el consuelo de, pasada la picabea de los exámenes de julio, no tener que resignarse delante de los apuntes. En fin, el calor le ha dado el pésame al ocio en el funeral de la diversión. Darwinismo natural, siempre gana el más fuerte.