La noche de los amordazados

El 3 de enero de 1944 tuvo lugar un accidente ferroviario terrible. Sucedió en Torre del Bierzo, en León, dentro de la línea Palencia – A Coruña. El choque fue brutal, implicando a un tren correo, una locomotora en maniobras y un tren de mercancías. Las cifras oficiales, en un hábil trabajo de la censura franquista hablaron de 78 muertos. Sin embargo, posteriores estudios se refieren a esta catástrofe ferroviaria como la mayor de la historia de España, manejando cifras de entre 500 y 800 muertos.

Hoy Franco ya no está, y la censura la ponen otros, que tienen más cartera que galones, pero saben ser igual de peligrosos. Algunos que, en un ejercicio de atrevida ignorancia, creen saber lo que necesitan los demás. Lo que deben darle. Varias cadenas de televisión decidieron no prestar atención a lo que estaba sucediendo en Santiago de Compostela en una noche terrible. Pensaron que, al fin y al cabo, gente muriendo hecha pedazos en un accidente ferroviario no importaba tanto; que sus series, sus películas, sus programas, podían disputar perfectamente la importancia de un hecho terrible. Se permitieron mirar a la cara a los muertos y decirles que no importan a nadie, que ellos saben más que la vida y que la muerte.

 Pensaron que, al fin y al cabo, gente muriendo hecha pedazos en un accidente ferroviario no importaba tanto; que sus series, sus películas, sus programas, podían disputar perfectamente la importancia de un hecho terrible

Que una redacción enmudezca solo puede significar dos cosas: que no hay noticias o que éstas son tan terribles que no queda más remedio que callar para digerirlas. El habitual bullicio de los periodistas con sus teclados y sus teléfonos, el sinónimo ambiental del corazón palpitante de un oficio tan bello como necesario, también se permite -aunque muy de vez en cuando y durante un tiempo limitado- cortarse, infartar, encogerse sobre sí mismo mientras el horror lo inunda todo. Los periodistas son humanos. También cabe una tercera posibilidad, que es terrible si se mezcla con lo terrible: que no dejen contar. Que algunos, que no suelen tener ni puta idea de lo que tienen entre manos, apaguen la luz y envíen a los narradores a casa con una palmadita en la espalda y un “vaya día, eh”. Porque para un periodista hay días que no acaban, días que simplemente se pegan como un chicle y se confunden entre el final del anterior y el principio del siguiente. Días que huelen a café, a última hora y a colirio. Días que no deberían ocurrir pero ocurren.

Aunque el silencio de la tragedia se permita atenazar pechos y empujar algunas lágrimas, hay que seguir. Al igual que hay que seguir viviendo, hay que seguir contando. Mientras exista alguien que quiera o necesite saber, tendrá sentido.

Porque para un periodista hay días que no acaban, días que simplemente se pegan como un chicle y se confunden entre el final del anterior y el principio del siguiente.

Se encoge el alma de un periodista cuando tiene que callar. Un abrazo fuerte a todos los amordazados. Ánimo.