La historia de un Rey

“Para crear el musical del Rey León el desafío consistió en coger esta película épica, encontrar su esencia y transformarla en teatro”, Julie Taymor

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

 Y, sin lugar a dudas, desafío conseguido. El Rey León ha dado un salto de tigre desde la pequeña pantalla hasta el gran telón.

La Gran Vía de Madrid, convertida en el Broadway español, esconde la joya de su corona en el teatro Lope de Vega, gran impulsor de los musicales de categoría en nuestro país, destacando las representaciones de Jesucristo Superstar, Mamma Mia o Los Miserables, entre otros. Por ello, la compañía Stage Entertainment España junto con The Walt Disney Company, eligieron las espectaculares instalaciones del Lope de Vega para albergar el ambicioso proyecto que suponía acercar al público español la historia de Simba y su reino. Para poder llevarlo a cabo, el teatro tuvo que someterse a una serie de reformas que permitiesen acoger toda la escenografía del musical y así ofrecer a Madrid la oportunidad de ver “el musical  que conmueve al mundo” en todo su esplendor.

Desde el primer minuto, sentarse en una de las butacas color burdeos supone sumergirse en una África mágica y profunda, respirar un ambiente étnico y animal, desaparecer en la energía de la sabana.

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

Desde las fundas de los djembes que sonaban en directo en los esquinales del escenario hasta el propio telón formaban parte de este ambiente africano, todo cuidado hasta el mínimo detalle. Pero la explosión llega con el primer desgarro de garganta de Rafiki, encarnado por la sudafricana Zama Magudulela, entonando el mítico Ciclo sin fin.

El arranque de la primera escena es un dibujo de colores arrollador, quizá hasta pecando en mostrar todos los secretos del musical desde el minuto cero. A medida que avanza la canción, aparecen diferentes animales y la sorpresa de los que estamos allí sentados es generalizada. Sorpresa y admiración. No estamos ante caras pintadas y mallas imitando cuerpos de animales. Esto es diferente, la construcción de cada especie encierra sus propios mecanismos pero manteniendo un eje común: unas máscaras increíblemente diseñadas, que permiten al espectador elegir a quien observar, al actor o a animal, al ojo humano o al movimiento felino. Las jirafas encabezan la procesión, alzadas en unos zancos de vértigo, y tras ellas las gacelas, la hierba, las palmeras, las aves y el guepardo. Toda la familia de la selva reunida ante la Gran Roca, todos preparados para recibir al príncipe, todos preparados para dar la bienvenida a Simba. Y, aún siendo más que suficiente el despliegue, aparecen por entre las butacas más bailarines, más animales y…la sorpresa, un elefante a tamaño real, construido a base de telas y movido con la fuerza de los que iban en su interior. Llegados a este punto, cualquiera de los allí presentes sabíamos que había valido la pena venir.

Tras la fastuosa presentación, toma el relevo del protagonismo Skar, interpretado por Sergi Albert, que cobra en la representación teatral un cariz más complejo del que posee en la película, acercando en ocasiones al espectador a la trama shakesperiana de Hamlet que se esconde tras la inocente historia de Simba. Muy cínico e irónico, aparece en su cueva maquinando sus planes de derrocar a Mufasa con el fin de hacerse con el reino, derrochando victimismo debido a su condición de hermano repudiado, de oveja negra. Se vive un momento de tensión al aparecer el hermano pródigo, acompañado de su leal Zazu (Esteban Oliver), y se desencadena un enfrentamiento entre los dos leones, las dos caras, el bien y el mal. El traje ideado para Skar es, quizá, el más expresivo, ya que es un león relleno de púas y de un color granate que incita al peligro.

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

El detalle más interesante de esta escena es el juego de sombras y títeres del que se valió la directora para crear la fantasía de un ratón que corretea y que será cazado por Skar. Esta técnica está heredada de la tradición teatral asiática, muy presente en toda la puesta en escena del musical y acompañada de otras influencias como el teatro africano, europeo o americano.

Las siguientes en aparecer son las leonas. Es increíble cómo se consigue afeminar y embellecer su personaje, con el fin de diferenciarlo de los leones macho. Sus trajes son como telas caídas a la espalda y que se enganchan a las manos, y sus máscaras son más finas y pulidas. Además, sus números musicales sirven de transición entre los puntos de inflexión de la historia.

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

A continuación, hacen su entrada triunfal Simba y Nala, dispuestos a aventurarse a entrar en el cementerio de elefantes, lugar que no pertenece al reino de Mufasa (David Comrie) y que, como todo lo prohibido, están deseando conocer. Sarabi accede, pero con la condición de que Zazu acompañe a los pequeños y alocados leones. El personaje de Zazu es de las más interesantes sorpresas del musical, ya que se basa en la técnica de la ventriloquia.

Con el fin de escaquearse de Zazu, Simba y Nala entonan un número musical, Yo voy a ser el Rey Leon, mofándose del pobre pájaro y repitiendo la explosión cromática del principio pero algo más contenida. Tras despistar al mayordomo del Rey, llega el momento de las hienas. Shenzi, Bazai y Ed son tan increíblemente reales, con unos movimientos, unas voces y unos trajes tan logrados, que hasta da escalofríos verlo. El atrezzo que acompaña la escena es a su vez impresionante, reproduciendo huesos de elefante a tamaño gigante, sobre los que corretean las famélicas hienas acorralando a los dos pequeños leones. Pero antes de que puedan comerse a su presa, Mufasa aparece, peligroso y justiciero, salvando a las dos criaturas. Tras esto, Zazu acompaña a Nala a casa y Mufasa decide dar una lección a su hijo. Es un momento especial, tierno y adulto, con reflexiones que cuando éramos unos críos todavía no alcanzábamos a comprender.

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

Pero las hienas no se van tan fácilmente. Recuperan la batuta de la obra en la escena más intensa de toda la representación. El Conspirar de Skar, incitando a las hienas a apoyarle en su plan de derrocar al Rey, es un subidón de adrenalina, con un escenario repleto de hienas gimiendo y riendo, con luces rojizas, humo y coreografías que asustan. Y, a partir de aquí, la acción se precipita, se desenfrena, los ñus comienzan a resbalarse por el desfiladero (conseguido de nuevo gracias a la técnica de las sombras), Mufasa intenta escapar de la estampida y Skar ejecuta su plan, soltando la garra de su hermano, de su Rey, y condenándolo a la muerte. Culpa al pequeño Simba del accidente y le manda huir como mejor solución. Se inicia la era de Skar.

 “¿Pero esto qué es? Zi ez un leoncito!!!” Así, con acento andaluz y un carisma arrollador entra Timón (David Ávila), acompañado por su inseparable amigo Pumbaa (Albert Garcia), el cual tiene un papel bastante más secundario en la representación teatral que en la película. Simba despierta asustadizo e inocente, pero pronto se suelta al ritmo del más que famoso Hakuna Matata, convirtiéndose en un gran león, en el Simba adulto.

Es en este momento se da por finalizado el primer acto. Una hora intensa, quizá demasiado, lo cual repercute en que el segundo acto desluzca. De hecho, esta segunda parte ralentiza las acciones y no tiene nada nuevo que enseñar, pero eso no quiere decir que se desvanezca la atención del público. Se comienza mostrando la devastación reinante en las tierras de la sabana, fruto del gobierno de Skar, lo que lleva a Nala a marcharse para intentar buscar comida, ya que las leonas no pueden cumplir las partidas de caza. Gracias a eso encuentra a Simba y lo insta a volver, pero él no quiere recobrar sus responsabilidades. Es el momento en el que Rafiki ayuda a Simba a ver la realidad del pasado, que él no fue culpable de la muerte de su padre, sino víctima de una traición.

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical

En esa epifanía vital, a Simba se le aparece el rostro de su padre, encarnado en escena con una gigantesca máscara de madera de Mufasa. Ahora sabe que está preparado para volver y, junto a Timón, Pumba y Nala corre a recuperar su reino y hacer justicia. El detalle más gracioso de la escena es el guiño que la directora ha querido hacer a la marca España, vistiendo a Timón de sevillana en vez de de hawaiana para distraer a las hienas.

Y el clímax de todo el acto se vive en la lucha entre Skar y Simba, llena de fuerza, ira, venganza.

Suben por la roca, se enzarzan y Simba toma las riendas de la situación, manteniendo al borde del precipicio a Skar. Su tío le confiesa lo que hizo y Simba le obliga a gritarlo: “Yo maté a Mufasa”.

La coronación del nuevo rey es una escena parecida al principio, todo color y abundancia y la canción que finaliza la película sonando al son de los movimientos felinos de los animales, que rodean a Simba y a Nala, viendo en ellos la vuelta a la justicia y a la libertad.

Este musical encierra tal cantidad de matices que es imposible reducirlos a un puñado de letras. Es necesario verlo, sentirlo, olerlo. Sentir África bajo la butaca. La sabana y el misterio étnico jamás visto dentro de un teatro. Y, por supuesto, una historia que ha hecho historia. Os invito a que disfrutéis de EL musical. ¡Abran el telón!

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Imagen: Facebook El Rey León, El Musical