Dime de dónde eres y te diré cómo quieres

Amor, love, amour, amore, liebe, láska… Diferentes formas de nombrar un único sentimiento. Universal. La afinidad entre seres sin importar su procedencia o especie. Desde el deseo pasional hasta la estima familiar. Es el tema más investigado, que mayores intrigas causa al ser humano y posiblemente, del que más informados estamos. El amor está en todas partes, dicen. El cine, sin duda, es uno de sus escenarios favoritos.

El juego se había puesto en marcha de
nuevo. Felicidad en estado puro.
Era lo mejor del mundo. Mejor que
la droga, mejor que la nocilla y los
batidos de plátano. Mejor que la
trilogía de George Lucas, que la serie
completa de los Teleñecos, que el
fin del milenio. Mejor que los andares
de Emma Pill, Mariel, la pitufina,
Lara Croft, Naomi Campbell y que
el lunar de Cindy Crawford. Mejor que
la libertad, mejor que la vida.

Echando una ojeada al tratamiento que le dan en diferentes países, asemeja que queremos distinto dependiendo de la localización geográfica. Lo de siempre, el clima. Pero el amor es universal, el amor no entiende de fronteras ni de idiomas. Todo lo que necesitas es amor. Ya está el séptimo arte creando mitos y leyendas, pensaréis. Puede ser el origen de historias de amor alternativas, que rompen con los estereotipos asentados y que a su vez, se acercan más a la realidad. Para algunos se trata de historias antiestéticas, que no reflejan la belleza pura del amor. Sin embargo, relatan de forma más verídica el día a día de muchas parejas fallidas. Poco a poco, van ganando al público con ese mejorado detalle, sobre todo si vienen acompañadas de una fantástica banda sonora como ocurre en (500) days of Summer. Tom, el protagonista, nos narra todas las etapas de su amor con Summer, desde el enamoramiento hasta lo que entiende como una lucha incansable por encontrarle sentido al amor. El mismo final independiente encontramos en “Los amantes del círculo polar” del director español Julio Medem. Podemos esforzarnos en buscar películas de este estilo, pero ¿qué ocurre por norma general en este género? Con la única intención de explorar el cine mundial, podríamos seguir esta clasificación del amor por países. A través de ella parece que el afecto humano no es tan universal.

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Hablando de cine hemos de empezar por cantidad y variedad por Estados Unidos. Los americanos se caracterizan por ser personas poco exóticas. No hay necesidad de elegir unos actores determinados, con un aspecto concreto. Sin embargo, sí logramos identificar una película romántica americana con facilidad. Puede que tengamos los sentidos muy agudizados, o que nos cuenten siempre lo mismo. Por un lado, encontramos la variante neurótica, de análisis exhaustiva de los acontecimientos, toda ella capitaneada por el inconfundible Woody Allen. En sus obras conocemos el amor propiamente neoyorquino. Lleno de inseguridades internas, complejos físicos, dudas existenciales. Sus actuaciones, o los actores que elige para interpretar su alter ego, estrujan el amor hasta culpar a uno mismo de sus relaciones amorosas. Así ocurre en Annie Hall, una de sus mejores películas, en la que descubre, tras mucho análisis, sus errores con su última exnovia.

Sin embargo, ésta es una excepción dentro del mar de comedias románticas estadounidenses que nacen cada año. Lo normal es que sigan el esquema básico: dos desconocidos o viejos conocidos se encuentran. Hay barreras internas o externas entre ellos y tras varias escenas graciosas hay un acercamiento. Uno de los dos se da cuenta de la atracción mutua, esquivan unas últimas balas y se casan, o como nos dice Walt Disney, viven felices para siempre. El matrimonio, esa es la gran obsesión del amor americano y el eje sobre el que giran sus películas. No se me ocurre un ejemplo más ilustrativo que la comedia romántica de  2007 de Anne Fletcher 27 vestidos.

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Katherine Heigl, 27 veces dama de honor

Finalmente, la mayor industria cinematográfica del mundo nos ofrece otra forma de entender el amor a través de sus películas. Se trata de los sacrificios que se hacen por amor. Ya no es un sentimiento que desprende endorfina, sino que se centra en la ausencia de interés, de egoísmo. Suele narrar la lucha incesante de uno de los amantes por la recuperación mental o física del otro. Hablo de todos esos dramas que buscan vuestro consumo masivo de clínex y que tantos éxitos consiguen. Vemos el amor como un vínculo infranqueable que logra conmover hasta a los más incrédulos. Llegan incluso a crearse nuevos males como ocurre en el galardonado film El curioso caso de Benjamin Button, en el que su amor se veía impedido por la dirección en sentido contrario que seguía la vida de Brad Pitt. Le han dado mucho terrero para explorar a las telenovelas sudamericanas.

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Fotograma de “Hierro 3” (Bin-jip) cine365.com

Toca cambiar de escenario. En esta ocasión, centramos nuestra atención en las películas procedentes de Oriente. En los últimos años estamos recibiendo un gran número de historias amorosas al más puro estilo oriental. Su trama muestra una gran predilección por el estilo poético. Tratan de sacar una enseñanza como si de un cuento Zen se tratara. Supone un gran contraste con las vistas anteriormente, ya que rompen totalmente con el molde y no parecen prometer nada, no hablan del futuro, simplemente desean dejar la huella de la sensación momentánea. Es por esa razón que podemos soportar 95 minutos sin apenas diálogos en Hierro 3 (Bin-jip), una película surcoreana que se basta con una relación amorosa callada, para hacernos cuestionar la noción de la propiedad. Pero no sólo aquellas procedentes del propio continente logran crear ese efecto desconcertante del cine asiático. Un ejemplo de ese amor lírico, en este caso japonés, es la película alemana Cerezos en flor. De nuevo, aprendemos a  valorar el silencio y los gestos más que los diálogos empalagosos. No hay bodas ni enfermedades, familiares o circunstancias económicas que dificultan el amor. Es el rastro que deja su paso por la vida de dos enamorados, el significado último de éste.

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Penélope Cruz en “Volver”

No ocurre lo mismo por las costas mediterráneas. El amor en Italia y España se caracteriza por otorgarle un mayor protagonismo a la fugacidad. Se asemejan, a veces de manera demasiado peligrosa, al estilo visto en los Estados Unidos, pero en este caso, sus personajes sí muestran un poco de ese “exotismo” del que carecían los americanos. En el paseo europeo hecho por Woody Allen en los últimos años se ilustró a la perfección la sangre fría y el paso fuerte del amor español en Vicky, Cristina Barcelona, o el exceso y la musicalidad del amor a la italiana en A Roma con amor.  No debemos creer que se trata de  una visión externa. No hace falta más que ojear el producto nacional. Tanto las producciones de Almodóvar, como las tan exitosas adaptaciones de novelas de Federico Moccia por parte de los italianos, nos verifican que los aires mediterráneos nos hacen amar más intenso, pero más breve. No se cree necesario el final feliz, sino que se valora y busca el placer del momento. Quizás por esta razón no logran captar más público que el nacional.

Para terminar, y a sabiendas de que existen muchos otros ejemplos al igual que cientos de otros matices, nos queda por analizar el amor en Francia. Han conseguido dividir a la crítica a lo largo de los años. Podemos encontrar desde seguidores acérrimos hasta auténticos alérgicos a sus creaciones.  Pese a quien le pese, no cabe duda de que han sabido crearse un sello de identidad. Si es que juegan con ventaja, tienen a la ciudad del amor para ilustrar su fotografía. París es el escenario donde desemboca, no sólo el cine francés, sino casi cualquier historia de amor de cualquier lugar de planeta. Nadie sabe decir muy bien por qué, pero el cuento está bastante bien vendido. Si buscáramos una palabra para definir sus historias de amor posiblemente sería locura. Pueden llegar a aparentar elegancia como ocurre en La delicadeza, comedia romántica protagonizada por Audrey Tautou, una de las actrices favoritas para encarnar a la amante femenina francesa. Sí,  la conocerás también por Amélie, su papel más representativo y otra muestra de sencillez y belleza sugerente del amor galo. Se disfraza de juego, parece que tan sólo trata de ayudar a los demás y así se da imagen de mujer frágil, pero Amélie Poulain se acaba enamorando, y de nuevo, irracionalmente. Lo que también parecía un juego y resultó ser mucho más que eso era la divertida caja de Julien y Sophie en Jeux d’enfants.

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En esta ocasión los franceses van más allá y marcan su territorio dentro de “l’amour fou” de lo que se autoproclaman creadores. Una pregunta y un juguete unen a los protagonistas para el resto de sus vidas, hasta dejarse sepultar en un bloque de hormigón. El amor sin justificaciones, sin protocolos, ni escena del sofá como diría Sabina. Simplemente un ente abstracto que los mantiene unidos aún en vidas paralelas.

¿Queremos todos los españoles como Javier Bardem quería a María Elena en Vicky Cristina Barcelona? Esperemos que no, pero ¿se crea esa imagen del amor español? Yo diría que sí. A pesar de todo, ya sabemos que el cine es sólo eso, una gran pantalla. Podemos hacerle caso y buscar nuestra alma gemela en el mapa o mezclar los ingredientes. Al fin y al cabo, como se dijo al principio, el amor es universal, ¿no?

Fotografías extraídas de: cine365, filmaffinity, filmin, yorokobu, topbodas.