Bienvenido, señor gorrón

El sol —sorprendentemente— brilla y el cielo es azul; los pajarillos cantan alegres interrumpiendo nuestro ansiado descanso y las calles se abarrotan de mamás que pasean —exhiben— en carritos a sus retoños. Sí señor, el verano ha llegado.

Llega la época en que los jerséis y chaquetones se trasladan —por unos pocos meses— a la parte más alta de nuestros armarios. Toca abarrotar filtros de Instagram con fotos de pies descalzos y piscinas, y de pasar las tardes al sol cual lagartos. Paseos por la playa, siestas a la sombra, tapas a media tarde y canciones trascendentales sobre helados —“lo que me gusta del verano es poder tomar helado; chocolate, fresa y nata, stracciatella o naranja, de vainilla o after eight… ¡el helado es el rey!”, canta Papá Topo— pasan a estar a la orden del día.

Foto: Lucía Rodríguez

Foto: Lucía Rodríguez

Los más afortunados, hacen ahora las escapadas y viajes —en familia o con los amigos— que llevan todo el año planeando. Hay destinos variados y para todos los bolsillos pero, sin duda alguna, el más solicitado es el turismo del gorroneo. No se confundan, no es esta una forma de viaje novedosa u originada por la crisis: hace décadas que se lleva.

Para los más despistados, empezaremos explicando que los solicitantes de este tipo de turismo son los hijos emigrados de familias que todavía viven en pueblos más o menos pequeños. Personas que, por diversos motivos —el trabajo, el amor… —, se marcharon a vivir a grandes ciudades y, llegado el verano, se vienen a la aldea a desconectar del estrés de la metrópoli.

Generalmente de mediana edad, llegan el día uno de julio en sus monovolúmenes cargados de equipaje, con sus parejas, sus hijos, sus amigos e incluso sus mascotas, gritando con un peculiar acento entre el gallego y el madrileño y con expresiones dignas de la Blasa.

Con su aparición, se llenan de gente los paseos y malecones lo que, de entrada, resulta agradable. Hasta que, después de una semana, sigues sin encontrar sitio para aparcar o mesa para tomar algo; las colas en los supermercados, piscinas y cines se triplican y el ruido ambiente sube de decibelios —de manera realmente alucinante— en bares y parques hasta que es insoportable.

En mi tierra, los más mayores tienen un  nombre que concuerda mucho más con su naturaleza: “roncos do xamón”, porque, acabado el verano, se vuelven a subir a sus monovolúmenes, con el maletero cargado de chorizos, salchichones, jamones, chicharrones, lacones…

Las bermudas a juego con la visera y las chanclas son su seña de identidad, se mueven en grupos de no menos de siete personas y se los suele apodar “guiris” o “diesel” —porque andan mucho y consumen poco—. Pero en mi tierra, los más mayores tienen un nombre que va más acorde más con su naturaleza: “roncos do xamón” —los roncos son unos bichitos blancos que se comen y estropean el jamón—. ¿Que por qué? Porque, popularmente, se dice que las visitas al cine, la cerveza de media tarde y el chapuzón en la piscina lo pagan sus padres —“xa que nos veñen ver…” — y, acabado el verano, se vuelven a subir a sus monovolúmenes, con sus parejas, sus hijos, sus amigos y sus mascotas… y el maletero cargado de chorizos, salchichones, jamones, chicharrones, lacones…  Se marchan con un “chao mama, te llamo cuando lleguemos” y dejan las despensas de mama papa cuasi vacías, las calles descongestionadas y el pueblo singularmente tranquilo.

¡Pero no me entiendan mal! ¡Yo soy la primera en defender a los roncos! Su llegada parece anunciar el inicio del verano, estimulan la economía de la zona, dan vidilla al pueblo, hacen felices a sus padres —supongo— y… bueno… ¿qué sería de este artículo sin ellos? ¡Se quedaría en un típico comentario sobre las vacaciones y el calor en verano!

Así pues, sean bienvenidos, señores gorrones. ¡Y feliz verano!