El gran Gatsby se queda pequeño

“Siempre que sientas deseos de criticar a alguien, recuerda que no a todo el mundo le han dado tantas facilidades como a ti” era el consejo que dio a Nick Carraway su padre en las primeras líneas de El Gran Gatsby. No puedo aplicarlo a Baz Luhrmann en esta ocasión, porque ni siquiera las facilidades que le proporcionó un presupuesto abultado consiguieron hacer justicia a la brillante obra de Fitzgerald. Juro que intenté obviar el dicho apocalíptico que dice “los libros son siempre mejores que las películas”. Juro que lo intenté.

El director no supo amoldarse a una historia que pedía elegancia y sutileza. Luhrmann se limitó a dejar su sello característico a lo largo de toda la obra dejando confuso al espectador por lo poco adecuadas que resultaban sus elecciones. Empezamos con la música. Si el director quería dar un aire fresco a la película con la banda sonora ha fracasado por completo. Desde luego, no parece que Jay-Z y Beyoncé, con todos mis respetos a sus respectivos fans, sean la mejor de las elecciones para ambientar un filme en los años veinte. La película pedía jazz y resultaba bastante incongruente que en las sofisticadas fiestas descritas por Fitzgerald sonaran las canciones que podríamos escuchar en un pub cualquiera este verano.

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La iluminación y el artificio en los cambios de escena distraían del verdadero objetivo. Los colores brillantes y ese despliegue de luz con el que nos “obsequiaba” Luhrmann son del todo inapropiados para una historia que pedía atmósferas ténues  y delicadas. El artificio en los efectos, que imagino serían por causa de la versión 3D del film,  flaco favor hacían al resultado final. También llama la atención el montaje cutre de varias escenas, destacando esa en la que Carraway observa los apartamentos de enfrente la noche que va con Tom y su amante a Nueva York. Parece que Luhrmann necesita ser un poco más comedido en sus elecciones, eso que  las madres  llamarían “saber estar”, una cualidad del que sabe adaptarse a todas las situaciones. Por descontado, es esa una cualidad que sin duda posee Gatsby y de la que, definitivamente, carece Luhrmann.

Pero no todo iba a ser malo. La película se queda medio salvada por la fuerza del argumento, pero eso es mérito de Fitzgerald. También las actuaciones reflotan un poco este barco. Encontramos a un DiCaprio brillante, haciendo gala de la madurez en su actuación que le proporciona tantas grandes películas a cuestas. Logra materializar esa sonrisa de la que hablaba Fiztgerald en su libro “una de esas sonrisas con inagotable capacidad para tranquilizar que sólo se encuentran cuatro o cinco veces en toda una vida.” El actor consigue captar toda la fuerza del personaje de Gatsby y transmitirla al espectador. Probablemente sea su actuación lo mejor que ofrece la película.

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En cuanto a Carey Mulligan, a pesar de que algunos la tachan de inexpresiva, considero que su actuación ha sido buena. Interpreta a la misteriosa Daisy, esa especie de muñeca de porcelana que se mueve entre el amor  y el capricho, que a todos engatusa. Creo que ha conseguido expresar esa idea ayudándose de su aspecto angelical.  Tobey Maguire y Elizabeth Debicki, Nick Carraway y Jordan Baker respectivamente, no tienen una actuación destacable ni por mala ni por buena. Lo que se echa de menos es una mayor conexión de estos dos personajes con el resto del hilo argumental, quizá haciendo mayor alusión a esa atracción que en la novela existe entre ellos y que en la película pasa desapercibida. En ocasiones uno no sabe muy bien qué es lo que hacen en pantalla ya que hay momentos en los que son auténticos convidados de piedra.

La historia está situada en una época muy concreta a la que tampoco se da el protagonismo que merece. Es el espejismo de felicidad que proporcionaron los años veinte, campo de cultivo de nuevos ricos que ascienden sin cesar ignorando todavía que les espera una vertiginosa caída. En la película se describe muy bien el auge, la facilidad de hacer dinero, pero es menos explícito el dolor de la caída, lo que acompaña también a la decadencia de las pericias de los protagonistas.

En resumen, que una historia de tal calibre pedía que se la situara en el claro de un bosque, decorada, eso sí, con las más bellas flores. En lugar de eso, Luhrmann la ha situado en un bosque frondoso, que apenas nos deja verla, que nos distrae con todo lo que la rodea y que deja parcialmente oculta su esencia. Cuando se tiene una historia con tanta fuerza, cuando el fondo es así de brillante, la forma ha de cuidarse de manera especial para no sobrecargar el resultado final. Entre tanto artificio, el gran Gatsby se queda pequeño.