La olimpiada de los niños de África

Hay cosas que me cuestan trabajo, pero reconocer un nuevo deporte cuando lo veo no es una de ellas. Me pasó el otro día en Vigo, en la calle Príncipe, que es donde la ciudad se concede un descanso poniéndose plana. Ya un poco antes de llegar a la calle en cuestión vi la futura disciplina olímpica clarísima. Allí, repartidas de forma estratégica por toda la senda peatonal, varias figuras llamaban la atención sobre la multitud. Un escalofrío se me anudó en el estómago; no he nacido yo para ser una estrella olímpica, y en aquel lugar se requerían superestrellas para esquivar a todos los muchachos y muchachas de las diferentes ONGs que pululaban de un lado a otro con sus chalecos y carpetas. El atletismo tenía nueva disciplina, y yo con la mañana tan poco caritativa. Estuve a punto de cambiar de idea e ir al Ayuntamiento a pedir que nombrasen a la calle Príncipe embajada del Cuerno de África, pero el argumento de la tirita hizo que me autoconvenciese: atravesar aquel tramo sería cosa de un momento, había que cerrar los ojos, apretar los dientes y caminar. El problema es que cuando uno se quita una tirita tamaño calle siempre se acaba pillando algún pelo.

Tras un análisis rápido de la situación mantuve cierta esperanza: perdían rápido los ancianos y las veinteañeras que más carne llevasen al sol. La lentitud y las hormonas en su máxima expresión; ya es primavera en el feudo vigués. Sorteé a los dos primeros grupos con relativa facilidad, pero el tercero me pilló tan fácil que casi le aplaudo. Ahora por aquí, ahora por allá, que si te saludo y camino a tu lado un ratito, y al final te monto un perímetro que ni los SWAT. Desconcertado, me fui a la heroica y mentí como un bellaco, lo cual no es nada heroico: ya había hablado con otros, no me interesaba, pero que gracias. “A mí no me importan los otros”, sonó tan rotundo que casi le hago un cheque allí mismo. “Lo que me importan son los niños de África, hago esto para ellos”. “Pero cobras, ¿no?”, le pregunté ya acojonado de verdad. “Sí, pero poco”. Poco, casi tan poco como separaba lo que diferencia “para ellos” de “por ellos”. Estos muchachos que últimamente se multiplican por las calles a ritmo de gremlim en aquapark ponen comisión a la caridad, que ya es un acto bastante caritativo para con ellos mismos. Lo hacen por alguien, pero para sí mismos. Y no hay que olvidarlo, porque a veces se ponen tan pesados que es fácil acabar cayendo en el impreso. Se confunde además el derecho a no dar con el ser un nazi, cosa que por otra parte está bastante de moda en este país. Al final, tras repetirme cuatro veces que no me importaban los niños de África con un tono que migraba peligrosamente de la pregunta a la afirmación, claudiqué y acabé suplicando: “Por favor, yo solo quiero comprarle un regalo a mi madre por su día”. Mi ruego debió surtir efecto, eso o que pasaba una anciana con bastón a unos cuatro metros. El caso es que, mientras el muchacho se giraba, el viento me trajo lo que quizá él nunca pronunció. O quizá sí.

-Te importa más tu madre que los niños de África.

Maldita sea, que mal se me da lo de ser estrella olímpica.