Ver para votar

Hace unos meses el 90% de asuntos que ocupaban mi día a día dejaron de preocuparme. Todavía no sé por qué, pero de pronto me pareció que solo me faltaba un white russian (y bastante carisma) para ser como el Gran Lebowski. Cuestiones tan trascendentales que antes iban amargándome la existencia, como llegar a la parada del bus cuando éste se marchaba, que el Celta perdiera un partido por culpa del árbitro o que el ordenador tardara 25 minutos en encenderse, empezaron a darme absolutamente lo mismo. Ya pasaría otro bus, aún quedan cantidad de jornadas para salvarse y ya funcionará el ordenador cuando él quiera. Fue un paso hacia la ataraxia. De pronto, podía soportar la música comercial, los perros, la gomina y el olor a tabaco. Recordando a Gil de Biedma, es como si empezara a darme cuenta de que “esto iba en serio” (sí, con toda la resignación de ese pretérito imperfecto) y mis desvelos se limitaron a un par de asuntos que directamente me superaban.

Así, la frustración fue volviéndose expectativa. Pasé a ver mi vida en tercera persona y como esto no es una serie ni una novela donde los interludios de inactividad se puedan resumir con un “tras tres semanas de pusilánime existencia, Brais se reencontró con el vídeo de Tojeiro blablablá”, tuve que ocupar esos largos períodos con alguna distracción. Aunque es cierto que el respirar y el hacer que mi corazón latiera ocupaba una gran parte del día, en ocasiones era capaz de compaginarlo con otras actividades como ver películas y leer. En cuestión de unos meses, la lista de novelas que había leído se duplicó y mis votaciones de Filmaffinity crecieron exponencialmente. Leí (o leo, para qué engañarnos) con rabia y vi cine a cámara rápida. Parecía una venganza. Una vez asumí el no poder intervenir me limité a ver cómo otros sí lo hacían. Cómo Benjamin Braddock buscaba a Elaine, cómo Stanley Kowalski llamaba a Stella, cómo un viejo se pasaba tres días en el mar o cómo Burroughs se volvía loco por un poco de morfina.

Fonte: vayatele

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Al principio me fue bien. Veía las pelis y luego, si me acordaba, las votaba. Pero parece que cuando nos acostumbramos a algo, de algún modo tenemos que mantenerlo, aunque no nos guste. Así fue que tan a la deriva me sentía incómodo, y sin comerlo ni beberlo, por la pura inercia de preocuparme, de pronto estaba metido en el fenómeno de las puntuaciones. No entendidas como el recurso ortográfico sino como el hecho de votar numéricamente una película/libro/disco… Antes y después de ver una película la buscaba en Filmaffinity. Conocí páginas como Librofilia, IMDB o Rateyourmusic y las exploré con una mezcla de fascinación y asco. En la habitación oscura tecleaba con furia y me incorporaba de irritación sobre la pantalla pálida. Sin dejar de pensar en lo repugnante que era meter en una misma escala libros completamente distintos, no podía dejar de buscar las notas que tenían los que yo había leído. Me indignaba y bufaba con condescendencia. Y peor todavía con las pelis. Las buscaba y me pensaba la nota después de verlas, lamentando el no poder usar decimales. Me impresionaba el tener “almas gemelas” y el poder ver las puntuaciones de “mis amigos”. Si no era lo suficientemente buena, ya cuando estaba por la mitad me planteaba qué le pondría al acabar. Hasta que la votaba sentía que no la había terminado y cuando lo hacía, me frotaba las manos con la satisfacción de haber contribuido cumpliendo mi deber.

En cuanto a discos y libros fui capaz de controlarme, pero ni yo mismo entendía lo del cine. Llegaba a fiarme de Filmaffinity y su espíritu democrático para ver una película. No alcancé la demencia de las plebeyas listas de 20minutos, pero aquello iba tomando tintes obsesivos. Puntuar me reafirmaba. Tenía la sensación de victoria tras poner un 2 a una película con la que había malgastado 123 minutos (aprox.). La votaba y me reía mefistofélicamente. Ya los había jodido. JAH. Yo sabía más de cine que esa mierda de director y actuaba mejor que ese bufón barato. Mientras odiaba los registros de “megusta” de Facebook o sus aplicaciones de viajes, yo seguía con mi mantra examinador.

Aplicando la evaluación continua, Elia Kazan solo había mejorado y se merecía ser el delegado. A Tarantino, sin embargo, lo tengo de cara a la pared. Woody Allen se pasa todo el rato en el patio, haciendo lo que le da la gana. Terrence Malick tiene que copiar tres mil veces “no debo ser tan presuntuoso”… Muchos otros me hacen un buen examen, pero suspenden por falta de dedicación global. Y yo, mientras tanto, los observo con los pies sobre la mesa. Nada más.

Por otra parte, la responsabilidad se me venía encima ante la duda de si podría votar una película que había visto hacía tiempo. En cuanto a discos era el asunto todavía más peliagudo, pues ¿cuántas veces habría de escucharlo entero y por orden, para ser un legítimo votante?, ¿qué baremo aplicar para tan diferentes tipos de música?

Fonte: niveloculto

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El punto de inflexión, el momento en que me di cuenta de que tenía un problema, fue cuando empecé a ver Irina Palm suponiendo de antemano que le daría un 7. Ahora, en rehabilitación y con algo más de perspectiva sobre mi adicción a puntuar, tengo mejor visión de conjunto sobre el caso. Ya no solo me encontraba ante el problema de no poder disfrutar por completo de la película pensando cómo evaluarla sino que, además, estaba hasta tal punto sugestionado por el sistema que  el hecho de tener un actor u otro o de tratarse de tal o cual director me inclinaba hacia determinadas calificaciones. Truffaut no podía tener menos de 7; si aparecía Cary Grant, tenía que ser buena como mínimo…

Lo cierto es que cada clic del ratón era como un chute de seguridad. Saber que iba a ver una película de 9, toda una garantía de éxito. Tenía la noche resuelta. Y es que las cifras siempre dieron seguridad al ser humano. Una referencia numérica es mucho más fiable que cualquier comentario aleatorio. ¿Es más un “buena” o “interesante”, un “sobresaliente” o un “excelente”? Sin duda, un 6 es más que un 5 y un 10 es más que cualquier cosa del mundo mundial.

Viví por y para las votaciones audiovisuales. Durante meses de enganche, mi vida consistió en votar y en seguir las recomendaciones de Filmaffinity. Recuperé series de mi infancia, cortometrajes, pseu-docine abominable de serie sin letra. Ahora, alejado de ese mundo de vicio y autosuficiencia, solo me queda la esperanza de llegar a recuperar la pasión por la vida. Con ojos llorosos, moquillo en la nariz, piernas débiles, temblores y alucinaciones, me mantengo alejado del ordenador tras cada película. Me enfrento a inciertos directores sin la seguridad que dan las estadísticas. No sé de porcentajes, ni la impresión de mis almas gemelas, pero lo desafío igualmente. Estroboscópicas recaídas hacen que en ocasiones vote, pero pronto me retracto.

En cualquier caso, sigue lloviendo…