El plantón como concepto

El otro día estuvieron a punto de darme plantón. Faltó poco, pero como simulacro no estuvo mal. De todas formas, espero que no sea la última vez, porque eso solo podría significar dos cosas: o bien que pasaré solo el resto de mis días o bien que estaré demasiado acompañado. Con perspectiva, no sé qué es peor.

El plantón, bien dado, es peor que una buena hostia, porque te ronda, lo ves venir y, si te lo han metido bien, no hay nada que puedas hacer. Cuando la aguja del reloj deja atrás la hora acordada, no queda otra que ir poniendo cebos esperanzados al aguante: un cuarto de hora, media hora… y a la hora todas las que has pedido al camarero no han servido para calmar el regusto ácido que sube del estómago y sabe a vergüenza y rabieta a partes casi iguales. A mí, lo que verdaderamente me gusta de los plantones es lo trágicos que son en las películas americanas: con un muchacho bajo la lluvia portando un ramo de flores dobladas y un coche que salpica al pasar. Por menos alguno empezaría una guerra o se haría cantautor.

Si uno tiene mala suerte, el plantón aborta en la tardanza, cuyo desarrollo es el mismo pero con un final más incómodo. Con el plantón uno se va a casa y lo duerme como una buena resaca; pero la tardanza tiene ese punto de impotencia sexual, sin principio ni final, que es terrorífico.

Al final me quedé sin plantón. Y menos mal, porque no había ni una nube en el cielo.

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