Conde Roa y el rock de provincias

El otro día me pareció ver a Conde Roa. Fue en una gasolinera, que es el escenario más político que puede pisar hoy en día. Un hombre pasó por delante de mi coche en dirección a la caja, y mis ojos reconocieron ese perfil de mayoría absoluta histórica. Me quedé petrificado con el volante entre las manos sin saber qué hacer, abrumado por completo. Pocos días atrás lo había visto en el periódico, sonriente como en antiguos carteles de campaña, saliendo del juzgado tras declarar cinco horas. Se lo dijo a los tres o cuatro periodistas que estaban allí: “Solo le temo a Dios”, y les alegró la mañana. La relación Dios-mandatario gallego se remonta años atrás, cuando el caudillo se decía tan solo responsable ante el Señor y la Historia. Es, básicamente, una forma de longevidad con base de temor: no le quería ni Dios; por eso se quedó tanto rato.

Debo confesar que a veces echo de menos a Conde Roa. Se trata de una nostalgia peligrosa, que se acrecenta con los ecos de las genialidades a las que durante un tiempo acostumbró a toda una ciudad. Su tercera imputación en un año, y solo le teme a Altísimo. A quién le va a temer un hombre que se vistió de gaiteiro en una ofrenda al Apóstol. Un hombre que decidió que con su fiesta era suficiente para Santiago, diciéndole a los estudiantes que el beber se iba a acabar, para luego montarse una rave light en el Obradoiro, con escenario y azafatas vestidas de Papá Noel en faldita. Es su leyenda una línea que discurre paralela a la de una estrella del rock, tan pegadas que a veces cuesta diferenciarlas. El carisma se tiene o no se tiene, no como 290.000 euros, que se tienen o se estafan. Lo resumían bien los Terbutalina en entrevista hace unos meses: “Conde Roa es lo mejor que le ha pasado a la política europea en los últimos veinte años”, por no decir desde siempre. Es, Conde Roa, necesario. Necesario como el primer polvo chusco o la primera vomitona por beber más de la cuenta. Necesario para no olvidar que podemos hacerlo mejor.

Para todo mito del rock, la caída debe ser tan –o más– fulgurante que el ascenso; un ciclo tan redondo como escarpado. A Lemmy, de Motörhead, le preguntaron cómo le gustaría que acabara la película que recogiese su vida: <<Debería terminar con rayos y truenos, mientras yo desaparezco en la cima de una montaña, dejando atrás solo una placa que dijese: “Os he engañado. De nuevo”>>, contestó con la mirada perdida, y el periodista estuvo a puntito de canonizarlo allí mismo. Para Conde Roa, con una placa que pusiese “lo intenté” sería suficiente. Es lo que tiene el rock de provincias, que es más modesto.

Al final el de la gasolinera no era Conde Roa. Lo supe al ver que volvía de pagar. Además, físicamente no se parecía en nada.