Sin derechos ni libertad

El ruido era ensordecedor. Miles de bípedos coreaban de forma estruendosa a su alrededor, alzándose hacia las alturas como en una colosal prisión circular a cielo abierto, en una lengua que él desconocía. Olé, olé y olé. Bípedos que llevaban pieles encima de sus propias pieles. Y enfrente, el peor de todos, con una luminosa piel dorada que cegaba sus ojos con su fulgor. El ser al que se enfrentaba llevaba una larga piel roja que movía con aspavientos incitantes, intentando provocarle de nuevo, una y otra vez. En su otra mano llevaba también el largo diente plateado, aquel que se había llevado las vidas de tantos de sus hermanos, mucho más peligroso que aquellos que le habían clavado violentamente ya en su lomo y que hacían que su magullada espalda se cubriese progresivamente de viscosa sangre. No hay salida, no hay final feliz, no hay vaca con la que retozar ni comida que ingerir. Ni agua que beber. Ni tan siquiera más aire que respirar entre agotamiento, dolores y vergüenza. Gloria, cortijos, y una vida que se marcha ante el sol cuando la espada penetra entre las vértebras superiores del toro. Todo deja de brillar, no hay sonido, no hay colores… incluso el dolor termina cesando, todo se desvanece en olvido y negrura.

toro_sangrando

 

Esta dantesca y lamentable escena, tal y como la concebimos fantásticamente desde unos ojos que no nos pertenecen, es cultura. Así como lo leen, oigan, para todos aquellos que acaben de volver de Marte, esto es comparable a Espronceda, Monet y Tchaikovsky juntos. Por lo menos. Cultura y tradición, sea en Madrid, en Cataluña (aunque sea la “fiesta nacional” y no cuente) o en Andalucía. Es parte de esta España en la que tantas cosas se hacen mal. Una cultura basada, como muchas veces semeja que queremos olvidar, pura y duramente en el sufrimiento de un ser vivo. ¿Cultura? Este término, al igual que el de tradición, asienta su significado en ser un legado humano, es decir, que no deja de ser algo que no viene proporcionado por la naturaleza en sí misma. La tauromaquia no es cultura, sino maltrato. O mejor dicho, sí es cultura, pero no porque algo sea cultura ya de por sí tiene que ser algo bueno ¿Y por qué es maltrato? Porque es una actividad humana que se fundamenta en la no consideración moral de los animales, excluyendo de nuestra conciencia su capacidad de sentir y disfrutar.

Fijémonos en la ablación vaginal, por ejemplo, ritual de muchos países centroafricanos,  en el cual nos saltamos a la torera, esta vez, las consideraciones morales de las mujeres, dictándolas incapaces de sentir placer sexual. Me atrevería a asegurar que pocas personas entre las que lean este artículo aprobarían que a su futura hija le realizasen la extirpación del clítoris (aunque aún hay por ahí votantes de Falange, nunca se sabe). Y además que luego se lo vendan con tela de araña, que es producto ecológico, si, pero sin demasiadas garantías sanitarias, que yo sepa. Pero oye, es tradición, cultura, ellos sabrán ¿no? Si es que hay que preservar las culturas milenarias, dirán.

Aceptemos que, hasta donde la ciencia ha descubierto, tan sólo la especie del Homo sapiens sapiens tiene la capacidad de razonar abstractamente o elaborar un lenguaje lógico complejo (pese a pequeños ejemplos recientes, que por momentos parecen estar a punto de demostrar lo contrario, como el papagayo gris, los cuervos o ciertos ejemplares de chimpancé pigmeo, que son capaces de aprender lenguas de signos, realizar operaciones matemáticas y similares y superan en inteligencia a un niño de 2 o 3 años). ¿Pero acaso no existen individuos humanos que no ostentan esa capacidad de razonar anteriormente citada, como podemos observar en quienes han sufrido graves accidentes cerebrales o son objeto de capacidades funcionales reducidas? Como en todas las especies, diferentes individuos particulares tienen distintas habilidades, o capacidades, de un gran grupo común. ¿Y no es cierto que, hablando de estas habilidades, los homínidos no estaríamos en una significativa desventaja al haber perdido tantos de nuestros instintos primarios naturales? Los humanos somos una especie animal. Ni más ni menos. No existe una delimitación posible entre humanos y “resto de animales”, como a veces intentan hacernos creer, sino que simplemente somos unos simios desarrollados que distan tan sólo en un 3% de sus genes del chimpancé pigmeo. Pero, a diferencia de la mayor parte de las especies, nosotros no tenemos la capacidad de valernos por nosotros mismos al poco de nacer. Un antílope puede caminar apenas unos minutos después de nacer, mientras que nosotros tardamos casi un año. Nuestros instintos naturales desaparecen durante las primeras fases de nuestra vida, a excepción de algunos como el de supervivencia o reproducción. ¿Debería ser ésta una capacidad peor valorada por ser menos compleja que aquella que nos hace razonar? Ahí dejo la pregunta.

Como antes mencioné, las consideraciones morales de los animales se basan su capacidad de sentir y disfrutar. Un perro siente placer cuando su amo lo acaricia, le cepilla el pelo o juega con él. Los elefantes consumen frutas fermentadas que les llevan a un estado muy similar a la ebriedad y los bonobos utilizan la masturbación como forma de tranquilizarse y mantener la calma ante una situación de estrés o descontrol. Pero el propio perro siente dolor cuando se le pega y, a un nivel más “humanoide” el cánido puede llegar a morir de pena si se le abandona, como hemos visto y oído innumerables veces. Pueden disfrutar, pueden sufrir y pueden agonizar en todos los sentidos.

“Pues todos veganos, tío, nos quieres obligar”. Quien esto suscribe no quiere obligar a nadie, solo concienciar. Para muchos, todo esto no es más que una perspectiva personal, una opción. Pero lo que no debería considerarse como perspectiva personal es el hecho de atentar contra esa capacidad de sentir que tiene un ser consciente, de hacerles sufrir y alterar sus sensaciones de forma negativa pasándonos por el forro cualquier consideración. La tauromaquia, si, hablo de ella porque el animal sufre sin motivo alguno e incluye una espectacularización de la misma, pero no sólo eso, sino también la caza deportiva, el maltrato de mascotas o su mal cuidado, el abandono, la mutilación por diversión… Un sinnúmero de aberraciones.

perro cadenas

La pregunta que debemos hacernos ante todos estos razonamientos es muy sencilla: ¿Por qué causar dolor a alguien que tiene la capacidad de sentirlo y que sufre con él? ¿No deberíamos tener una serie de consideraciones morales respecto a otros seres vivos, sean Homo sapiens, Fringilia coelebs o Sphenodon punctatus?

Ningún otro animal hace daño a sus coetáneos si no es para preservar su especie o alimentarse, salvo muy raras excepciones. Los leones macho, cuando llegan a una nueva manada, aniquilan a las crías del macho dominante anterior, pero lo que podría parecernos un acto de suma crueldad no es más que un instinto de supervivencia muy desarrollado. Se encargan de que el código genético que se perpetúe  sea el suyo, el del más fuerte y apto, y no el de un león débil que ha sido expulsado de la manada. Los humanos, por nuestra parte, debido a la capacidad de razonamiento de la que muchos de nuestros miembros hacen gala (aunque en el caso de algunos depende del momento del día y de la ingesta de alcohol, si me lo permiten) podemos elegir hacer daño intencionadamente o no a un animal. Podemos elegir maltratar a nuestra mujer, a nuestro marido, a nuestro propio hijo. Podemos elegir engañar a un país entero y aún encima conseguir que luego nos voten una y otra vez para poder seguir engañándolos. Podemos elegir ser los mayores villanos que han pisado la Tierra en sus 4600 millones de años, ir camino de dejarla prácticamente inhabitable y aún encima jactarnos de ello y endiosarnos en nuestra soberana y alarmante estupidez. Pero eh, también podemos pararnos, pensar que a lo mejor vale la pena bajarnos del pedestal y rectificar. Podemos no proporcionar sufrimiento, sino respeto y amor, podemos escoger preservar especies que estaban aquí antes que nosotros y que, según los designios de la Madre Naturaleza, deberían continuar por estos lares unos cuantos millones de años más, cuando nosotros llevemos un buen pedazo criando malvas en masa. Podemos dejar de maltratar animales de compañía, tratándolos como si fueran objetos en lugar de seres vivos a los que tenemos que cuidar. Podemos dejar de llamar cultura, de aplaudirle, a la tortura y comenzar a rectificar todo lo que hemos hecho mal en lugar de creernos los amos del mundo, de un mundo que nunca nos ha pertenecido ni nos pertenecerá. Podemos convertir nuestra estupidez en una virtud.

Solo falta que queramos. Y eso, por desgracia, es lo jodido.