“El que quiera ser el centro de la reunión, mejor que no acuda”

El cine nos permite viajar a lugares soñados, lugares en los que hemos estado, queremos estar o que nunca llegarán a existir. Durante unos minutos dejamos de vivir nuestras vidas para sentarnos ante una pantalla. Disfrutamos con las acciones de otros, con las supuestas vidas de gente a la que no conocemos. Nos metemos en su piel, tenemos miedo cuando ellos lo tienen, lloramos cuando algo nos desagrada e incluso nos enamoramos de los enamorados. Todo sin movernos de nuestra butaca. No nos debe extrañar que los directores de cine se queden prendados de actores o actrices por unas condiciones, no sólo físicas sino de carisma. Personajes capaces de traspasar las pantallas, fijar sus miradas en nuestra memoria y hacernos desear estar en su posición, seguir sus pasos o cambiar nuestras vidas.

Comenzó estudiando para ser auxiliar de dentista

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En la literatura clásica griega eran los héroes los que reunían las características del hombre ideal. Amante de su patria, su mujer y sus ideales. Era el modelo a seguir, a lo que todos aspiraban y la guía que todos consultaban. En nuestros días aún existen personajes que pertenecen a esos mundos. Entre ellos encontramos a la bella y dulce Audrey Hepburn. Su rostro angelical, sus profundos ojos marrones o su amplia y transparente sonrisa nos han dejado a todos embobados en alguna ocasión. Sin embargo, no es sólo su físico lo que llamó la atención de directores como Billy Wilder o Blake Edwards. Todos los que han visto alguna de sus películas pudieron comprobar qué diferencia a la para siempre joven Audrey. ¿Su ingenuidad quizá? ¿Su aire desenfadado? ¿O tal vez la naturalidad con la que da cada paso o pronuncia cada frase? Si alguien tuviera la respuesta, lograría la receta para crear musas, pero la cocción de un ángel es lenta y constante.

En la época dorada de Hollywood encontramos una gran cantidad de nombres en el mundo del cine que forjarían los cánones propios de los años cincuenta y sesenta. Actrices como Marilyn Monroe, Jane Russell, Elizabeth Taylor o Sophia Loren acompañan a Audrey en el abanico de musas que nos ofrecía la industria cinematográfica del pasado siglo. Mujeres que siguen siendo mitos eróticos en la actualidad y que analizadas, en conjunto o por separado, ofrecen infinitas polémicas tanto en su vida amorosa como profesional. Cabellos abultados, ostentosas caderas y personalidades vacías de contenido, que simulan una ingenuidad idílica a vistas del caballero de la época, dejaban a Hepburn fuera del calendario de bellezas femeninas. Con su 1,69 de estatura y sus marcados 46 kg, Audrey no seguía las reglas de sus competidoras. De hecho, fue expulsada por su fragilidad y altura de su verdadera vocación, el ballet. La actriz vivía acomplejada con su aspecto, y no creía en sus capacidades. A pesar de ello, directores como Billy Wilder supieron ver en ella el nacimiento de una nueva era. Se enamoró de su sencillez y naturalidad y llegó a decirle, sin saber lo acertado que estaba, la siguiente frase: “No importa Audrey, vas a hacer que los pechos grandes y las caderas parezcan cosas del pasado”.

Su perfume personal "L'interdit" salió al mercado en los 60

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Lo que tampoco sabía es que iría derrotando una a una a las bellezas de su tiempo. Comenzando por su galardonada actuación en Vacaciones en Roma, único Óscar ganado por la actriz. Para este papel, Wilder había pensado en la despampanante Elizabeth Taylor, pero en el casting de la misma película hizo hablar a Audrey ante una cámara sin ella saber que la estaba grabando. No tuvo duda alguna, aquella era su protagonista. Así saltaría definitivamente a la fama y continuaría siendo una amenaza para las actrices del momento. La siguiente en la palestra sería Marilyn Monroe. Desde un primer momento, fue la favorita para hacer de Holly Golightly en Breakfast at Tiffany’s, por ser ésta, en su novela original, una prostituta de lujo bisexual. A pesar de todo, por una inexplicable situación, el director conoció a Audrey Hepburn y decidió moldear el guión para hacer de la protagonista una sofisticada señorita de compañía, y poder así darle el papel a ella. La situación se complica todavía más con la película My Fair Lady. En esta ocasión la candidata al papel de protagonista era Julie Andrews. La aún desconocida actriz había sido quien llevara la actuación de la misma historia al teatro. Eso sumado a las dotes musicales necesarias para la película, provocó el odio generalizado hacia Audrey. Ante la problemática, y haciendo gala una vez más de su humanidad, Hepburn decide renunciar a la película y propone como protagonista a Julie Andrews. Cuando la productora decide darle el papel a Marilyn Monroe, la actriz recapacita y decide quedárselo. Lo curioso es que, a pesar de las envidias y odios ocasionados, las opiniones de todos sus compañeros, hayan o no trabajado con ella, coinciden en que era un ángel caído del cielo.

Llega incluso a ser un enigma digno de estudio. Debido quizá a su pasado, se movió siempre por la generosidad y la humildad. A pesar de proceder de una familia aristócrata – emparentada incluso por Jorge III de Inglaterra- la actriz nunca quiso mansiones ni joyas. Prefería cultivar su propio huerto y mantener separada la vida profesional de su familia. Durante su juventud tuvo que cambiarse su nombre por el de Edda Kaheen Van Hemstra Hepburn para no parecer de origen inglés. Sus padres, ambos simpatizantes del nazismo, se divorciaron y desequilibraron su vida, como ella misma aclara en sus memorias. Lo que parecía ser un camino directo al éxito se complicó y le hizo vivir capítulos como el fusilamiento de su tío a manos del gobierno nazi. Llegaría a declarar que se sintió identificada con Anna Frank, ya que narraba el fusilamiento de cinco rehenes el mismo día de la muerte de su tío.

Hepburn no deseaba la fama, sino una vida tranquila. Es por eso que no aceptó ser imagen de Tiffany, marca que logró ser conocida mundialmente en buena parte gracias a ella. Por desgracia, nunca sabremos qué opina del uso que le están dando a su imagen en la actualidad. Con la aparición de su rostro en anuncios como el de la famosa marca de chocolate Galaxy, o la todavía más grave manipulación de un video suyo para el anuncio de Gap 2009 que puedes ver aquí. Aunque sus hijos justifican su colaboración por el amor que tenía su madre por el chocolate o su admiración por el baile, parece un acto que no sigue la línea protocolaria de la fallecida Audrey.

Su vestido en "Breakfast at Tiffany's" fue subastando por 807.000 $

Su vestido en “Breakfast at Tiffany’s” fue subastando por 807.000 $

Dedicó los últimos años de su vida a la ayuda humanitaria. En 1988 se convirtió en embajadora especial de UNICEF y viajó a África para ayudar con la malnutrición y la lucha contra el sida. Además, el American Film Institute considera que es la tercera mejor actriz de todos los tiempos, por detrás de Katharine Hepburn y Bette Davis. Se cierra así la vida de una estrella que cuanto más intenta ocultar su luz, más deslumbra a su público. Luz que perpetúa en todas sus obras y en la memoria de todos los que no pudimos conocerla. Digámosle adiós de la misma manera que se lo dijo Gregory Peck, recitando una estrofa de su poema favorito:

Ese amor,
el amor cotidiano de todos los hombres,
el amor del pasado, el amor de siempre,
el regocijo universal, la pena universal
la Vida misma,
la memoria de todos los hombres,
las canciones de todos los poetas
del pasado y de siempre,
se funden en ese Amor,
que es el Nuestro.

Rabindranath Tagore