China y el precio del triunfo

Hay demasiado énfasis en el éxito y en el fracaso y muy poco en cómo la persona progresa a través del esfuerzo. Disfruta del viaje, disfruta cada momento y deja de preocuparte por la victoria y la derrota. Matt Biondi.

Hace pocos meses, España se levantaba con las acusaciones realizadas por las pupilas de la exseleccionadora de natación sincronizada Anna Tarrés. Sorprendía lo que las jóvenes relataban sobre los duros entrenamientos y las más que reprochables formas de la entrenadora catalana. En Japón, las judocas del equipo olímpico denunciaron el sufrimiento causado por su entrenador, el cual llegaba a agredirlas físicamente y a obligarlas a competir lesionadas. Estos casos no son únicos, el deporte de élite ha sido cuestionado en numerosas ocasiones por el alto nivel de exigencia que lleva a producir trastornos psicológicos en sus deportistas. Pero hay un país que se lleva la palma en torturas relacionadas con el ámbito del deporte: China. China y su ansia de triunfar. Cuando se habla de China puede venir a la mente su número de habitantes, la seda, el confucionismo, los dragones o la dinastía Shang. Lo cierto es que el gigante asiático esconde muchas otras realidades, realidades que conviven entre una población entregada al trabajo y al esfuerzo, realidades que marcan tanto a los niños como al destino del país.

119. Tres dígitos que dan nombre al proyecto emprendido por el gobierno chino ya hace más de diez años. ¿Sus objetivos? Crear un programa de alto rendimiento deportivo que, imitando al modelo de la antigua Unión Soviética, entrenase a los niños para ser deportistas de récord, de medalla de oro. Así, nacieron en China los centros de alto rendimiento a los que llegaban los niños reclutados de colegios repartidos por todo el país. Un buen lavado de cerebro en el que sólo la palabra “ganar” tenía cabida y duros entrenadores sin ningún tipo de escrúpulo hacían el resto. Todo parecía perfecto. Padres anonadados con la idea de haber criado a futuros campeones, medallas de oro recompensadas con importantes cifras económicas y un gobierno cegado por superar a los gigantes europeos hicieron el resto. Podríamos estar hablando de deseos de superación personal, de competencia sana, de experiencias nuevas pero el Proyecto 119 chino estaba muy lejos de esas características. Allí sólo interesaba el 119, por las 119 medallas de oro a las que pretendían aspirar. Y, de esa forma, empezó el mecanismo. Un mecanismo cuyos exitosos resultados podemos ver hoy en día…¿Exitosos?

Sin título

Una niña china entrena en el Gimnasio Nanning | Fuente: Daily Mail

Gimnasio Nanning, provincia de Guangxi, sur de China. Este centro deportivo ha sido calificado como “el gimnasio de la tortura, del horror”. Las investigaciones realizadas por el periódico británico Daily Mail y un vídeo que circula por la red no dejan lugar a dudas. En el gimnasio más duro del mundo los niños son sometidos a terribles entrenamientos en los que los preparadores no dudan en forzar sus articulaciones y músculos para conseguir los resultados esperados. Niños colgados de una barra mientras las lágrimas resbalan desde sus ojos al suelo, entrenadores encima de espaldas todavía en desarrollo, entrenamientos eternos…y tristeza. Sobre todo, mucha tristeza en los ojos de los jóvenes. Lejos de mirar hacia otro lado, los medios asiáticos han denunciado en numerosas ocasiones el sufrimiento que se vive entre las paredes de los centros de alto rendimiento. También deportistas y exdeportistas europeos, como el inglés Matthew Pinsent, han hablado del afán de superar a los deportistas estadounidenses que tiene el gobierno chino, aunque sea a costa de la salud física y mental de los deportistas. Aun así, parece que nada cambia. ¿Por qué cambiar un sistema que funciona? Los últimos resultados olímpicos del país dan la razón a los métodos citados. Concretamente, 100 medallas en Pekín 2008 y 88 en Londres 2012 avalan un sistema que superó a Estados Unidos en número de medallas de oro en las olimpiadas organizadas por los asiáticos.

El dopaje también ha hecho su aparición en este entramado. Los antecedentes de dopaje en China se remontan a los años 80 y 90. Chen Zhanghao y Xue Yinxian, médicos acompañantes del equipo olímpico chino en numerosas ocasiones, han confirmado el verano pasado el uso de diversas técnicas con las que se pretendía mejorar el rendimiento de los deportistas. Hormona de crecimiento, sangre modificada o esteroides son algunas de las ayudas con las que contaban algunos de los participantes chinos. Haciendo un salto al 2008, nos encontramos con un documental realizado por la televisión alemana en el que un médico ofrecía doping genético a deportistas. La bomba de relojería consistía en una técnica que aumentaría la producción de EPO (hormona eritropoyetina), por lo que subiría el nivel de glóbulos rojos en sangre mejorando el rendimiento y disminuyendo la fatiga del deportista. En todo caso, hay que dejar claro que el posible uso de este método en China es sólo una sospecha. De hecho, las alarmas que saltaron en Londres 2012  por las increíbles marcas conseguidas por la nadadora Ye Shiwen ya han sido apagadas, ya que todos los controles realizados a la joven nadadora han descartado alteraciones en los parámetros.

Lo que sí se puede confirmar es la perturbación psicológica que afecta a algunos miembros de los equipos. Buen ejemplo de ello son la saltadora de trampolín Wu Minxia y la nadadora Liu Zige. A la primera de ellas, le ocultaron el cáncer contra el que estaba luchando su madre desde hacía ocho años, así como el fallecimiento de sus abuelos. La nadadora, por su parte, confesó la prohibición de ver a sus padres por parte de su entrenador. Este secretismo informativo tiene su razón de ser en el trastorno que ciertas noticias pueden llegar a ocasionar en la mente de un deportista. Al menos es la justificación que emplean entrenadores y padres ante las duras críticas recibidas desde diversas partes del mundo. El reclutamiento garantiza la concentración de los jóvenes en los centros deportivos y la prohibición de ver a la familia o de recibir noticias de ella hace que la palabra abandonar no se cuele por ninguna rendija. El Estado se encarga de recordarles continuamente a quién pertenecen. Son propiedad estatal, única y exclusiva. A su servicio.

La saltadora Wu Minxia recoge una medalla de oro durante los Juegos Olímpicos de Londres 2012 | Fuente: About.com

Y, las familias, contentas. El beneficio económico que puede aportar a una familia china tener a un campeón olímpico es considerablemente elevado. Una medalla de oro puede llegar a otorgar cerca del medio millón de euros. A esto hay que sumarle los contratos con los patrocinadores y las ayudas del gobierno. Según el exseleccionador español de tenis de mesa y de origen chino, Zhang Dongping, las ayudas iban desde dinero a coches y viviendas. Todo eso soluciona la situación económica de los deportistas y de sus familias para el presente y para el futuro. Tales cantidades hacen que se olviden tanto el sufrimiento como las renuncias que conlleva toda preparación de élite.

Conocer las vicisitudes que afrontan los jóvenes aspirantes al medallero provoca que se abra el debate sobre los valores del deporte. La superación y el esfuerzo quedan empañados cuando se llevan al extremo. La diversión y el compañerismo se muestran ausentes. Se deja así espacio a la tristeza y a la frustración. Pero esas dos palabras están muy alejadas del deporte. Deporte es luchar por ganar sabiendo que no van a faltar apoyos si no se consigue el primer puesto. Trabajar en equipo tanto en las pruebas individuales como colectivas, haciendo de los compañeros una segunda familia. Sentir el apoyo de una afición que se vuelca tanto en la derrota como en la victoria. Deporte es eso. Lo otro es un mal sueño.

Foto de portada: Daily Mail