Breve carta chipriota

De repente despertamos y ya no estábamos allí. Las olas habían crecido y se habían vuelto muros inexpugnables de color verde que nos impedían ver qué decían los demás de nosotros. No podíamos saber qué nos pasaba en realidad. Lejos, a través de los remolinos de la marea color verde, azul, amarillo y morado, algunas voces en varios idiomas lo comentaban; unas tensas y otras aliviadas. Éramos pobres. Escandalosamente pobres. Ofensivamente pobres.

E hicimos colas. Y en las colas aprovechábamos para comentar lo mal que estábamos. Que sí, que antes estábamos fatal, pero ahora peor. A dónde habíamos ido a parar: ella ya no puede pagarse la medicación, él vive en la calle. Y él, y ella. Y nosotros todavía podemos estar en la cola. Con dolor artrítico y una cartilla de racionamiento con los términos sin redactar llorábamos sin lágrimas, para mantener una pizca de orgullo. Éramos seres humanos transformándonos en cifras, en papel, en noticia, en indignación, en temor al contagio. Teníamos el dudoso honor de ser la primera peste del euro.

Y mientras se plantearon y nos planteábamos cambiar las primeras líneas de la Wikipedia e intentar ser lo que no pudimos ser, negociábamos con la cada vez más fría estepa y con nuestros antiguos amigos, que ahora tienen miedo de que les vean con nosotros. Nos ayudarán, sí. Nos ayudarán a pagar con lo que no tenemos durante más tiempo del que podemos imaginar. Pagaremos nosotros y los que no han nacido todavía. Pagaremos, y esa será su ayuda: que no nos parezcamos a ellos.

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